ITURRALDE: ¿ESCLAVIZAR EUROPA?"A las élites les interesa más espiar a sus ciudadanos que al enemigo"

El analista ve a la tecnología liderando en 2026, pero advierte de caídas relevantes en 2027 y de un plan de control interno en Occidente.

ITURRALDE: ¿ESCLAVIZAR EUROPA?"A las élites les interesa más espiar a sus ciudadanos que al enemigo"

El mercado vive una divergencia que ya no se explica por “ciclos”, sino por poder. Nasdaq fuerte; DAX e IBEX 35, atascados. Y la brecha no parece coyuntural. Alberto Iturralde sostiene que la tecnología seguirá mandando en 2026, antes del “fin de fiesta”. Lo más inquietante llega fuera del parqué: su tesis geopolítica apunta al Golfo y a la vigilancia masiva. “A las élites les interesa más espiar a sus ciudadanos que al enemigo”, resume.

Divergencia histórica: el Nasdaq corre y Europa no arranca

La fotografía es simple y, por eso, incómoda: Estados Unidos exhibe una fortaleza bursátil “inusual” mientras Europa se queda en una especie de pausa permanente. Iturralde enmarca esa diferencia en una lectura de fondo: el capital no solo busca rentabilidad, también busca dirección política, narrativa y capacidad tecnológica. Y ahí, el contraste resulta demoledor. En su diagnóstico, el Nasdaq no refleja únicamente resultados empresariales, sino un ecosistema que atrae liquidez, expectativas y “futuro” de forma recurrente. En el lado europeo, el DAX y el IBEX 35 aparecen como índices incapaces de enganchar una tendencia sostenida, más dependientes de sectores maduros y de un contexto estratégico menos favorable. La consecuencia es clara: la divergencia deja de ser una anécdota de mercado para convertirse en un síntoma de pérdida de tracción económica y, sobre todo, de influencia.

Tecnología como motor: el guion de 2026 según Iturralde

Iturralde sitúa la tecnología en el centro del tablero para 2026. No como una moda, sino como el vehículo más eficaz para mantener el optimismo inversor y justificar valoraciones elevadas. Su planteamiento es directo: mientras el mercado necesite un relato de crecimiento, la tecnología seguirá siendo la bandera. En esa lógica, el liderazgo no se reparte: se concentra. Por eso, insiste en que la fortaleza del Nasdaq no es casual, sino funcional. A partir de ahí, el analista sugiere una secuencia típica de “final de ciclo”: prolongar el tramo alcista, apurar el apetito por riesgo y, solo después, permitir que aparezca la corrección. En términos de mercado, equivale a un último impulso de 10%-12% en los segmentos dominantes antes de que el escenario cambie de tono. No es una promesa; es una advertencia sobre cómo suelen comportarse los finales.

El “fin de fiesta”: una ventana de 12 meses antes del giro

La idea de “fin de fiesta” no es retórica: es un aviso de calendario. Iturralde sugiere que el año siguiente al liderazgo tecnológico puede ser el punto de inflexión. En su lectura, 2027 abre la puerta a “caídas relevantes”, y esa expresión —en mercado— rara vez significa ajustes menores. El analista no habla de un susto puntual, sino de un movimiento capaz de reordenar carteras y narrativas. En esa transición, la ventana de 12 meses se convierte en el elemento clave: tiempo suficiente para que el mercado “termine” lo que está haciendo, pero no tanto como para pensar que el riesgo queda lejos. Lo más grave es la complacencia: cuando el liderazgo es demasiado evidente, el consenso se vuelve frágil. Y si Europa llega a ese giro sin motor propio, la vulnerabilidad se multiplica: menos crecimiento percibido, menos atractivo de capital y menos capacidad de marcar agenda.

Golfo Pérsico: la tesis de una destrucción paulatina de la producción

El análisis de Iturralde se desplaza del mercado a la geopolítica con una premisa contundente: la estrategia de Estados Unidos buscaría la destrucción paulatina de la producción en el Golfo para que, llegado el momento, Occidente pueda “administrar” esos recursos. No es una predicción técnica, sino una hipótesis de poder: quien controla el flujo, controla el precio, la estabilidad y los márgenes industriales del resto. En ese marco, la energía deja de ser un input económico para volver a ser un arma de orden mundial. El vínculo con los mercados es inmediato: un Occidente que administra recursos críticos gana capacidad de condicionar a sus aliados y, por extensión, de disciplinar a Europa. Este hecho revela una incomodidad estratégica: si Europa depende, Europa obedece. Y si obedece en energía, también termina obedeciendo en política industrial, regulación tecnológica y prioridades de seguridad.

Google, OpenAI y el Pentágono: el control interno como prioridad

La tesis más polémica de Iturralde no se centra en misiles, sino en datos. Señala que la colaboración de gigantes como Google y OpenAI con el Pentágono encaja en un plan de las élites para implementar un sistema de control total sobre la ciudadanía. El diagnóstico es inequívoco: el enemigo principal no estaría fuera, sino dentro. De ahí su frase más contundente, convertida en advertencia: “A las élites les interesa más espiar a sus ciudadanos que al enemigo”. La vigilancia interna aparece, en su marco, como el gran proyecto político de la próxima etapa: monitorizar comportamientos, anticipar disidencias y ordenar el espacio público con herramientas tecnológicas. En términos económicos, la consecuencia es doble: por un lado, se crea un “mercado” gigantesco de seguridad y datos; por otro, se normaliza un modelo en el que la innovación se alinea con objetivos de control. Europa, rezagada en plataformas, corre el riesgo de importar el sistema sin diseñarlo.

¿Esclavizar Europa?: soberanía, dependencia y el coste de quedarse atrás

La pregunta que lanza Iturralde —“¿esclavizar Europa?”— funciona como síntesis: una región sin liderazgo tecnológico y sin autonomía estratégica queda expuesta a decisiones ajenas. El mercado, en esta visión, solo está adelantando una realidad política: la potencia que fija estándares, fija también la dirección del crecimiento. Si la tecnología lidera en 2026 y el ajuste llega en 2027, Europa afronta el tramo más delicado en desventaja, con índices estancados y menor capacidad de absorber shocks. Y, además, con el riesgo de que el nuevo orden digital se construya fuera y se implante dentro. El contraste con Estados Unidos no se limita al Nasdaq: es un contraste de arquitectura. La consecuencia es clara: si Europa no define sus propias prioridades —energía, datos, seguridad—, acabará gestionando las prioridades de otros. Y en esa administración ajena, el margen económico se estrecha hasta convertirse en dependencia estructural.

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