Arabia Saudí derriba dos drones más en el este del país
La oleada de misiles y vehículos no tripulados vinculada a la guerra con Irán refuerza el miedo a un ataque exitoso contra las infraestructuras petroleras del Golfo.
La noche vuelve a ser larga sobre el cielo de Arabia Saudí. El Ministerio de Defensa saudí confirmó en la madrugada de este lunes la interceptación de dos nuevos drones en la región oriental, apenas minutos después de detectarlos sobrevolando el Reino. El anuncio llegó casi en tiempo real, subrayando la sensación de vigilancia permanente. Horas antes, las mismas fuerzas habían destruido un misil balístico dirigido hacia el este del país y abatido otros dos drones cerca de la gobernación de Al-Kharj, en el centro del territorio. No se han registrado víctimas ni daños materiales de envergadura, pero el mensaje es inequívoco: el espacio aéreo saudí se ha convertido en uno de los frentes más activos de la nueva guerra regional desatada tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. La cuestión, cada vez más inquietante para los mercados, es cuánto tiempo podrá el escudo saudí seguir aguantando.
Una noche más bajo fuego
Según el relato del Ministerio de Defensa, los dos drones derribados en la región oriental fueron neutralizados por las defensas antiaéreas poco después de cruzar el espacio aéreo saudí. El comunicado oficial, difundido en la red X por el portavoz militar, destacó que las aeronaves no tripuladas fueron destruidas “en vuelo” y que los restos cayeron en zonas despobladas, sin provocar daños relevantes en infraestructuras civiles o energéticas.
En paralelo, el mismo portavoz había informado horas antes de que las baterías de defensa habían destruido un misil balístico lanzado hacia el este del país y abatido dos drones adicionales en las inmediaciones de Al-Kharj, un eje estratégico que concentra bases militares y nodos logísticos en el centro del Reino. En un breve mensaje, las autoridades insistieron en que las fuerzas armadas “seguirán adoptando todas las medidas necesarias para proteger al Reino, su territorio y sus recursos”.
Aunque los partes oficiales mantienen un tono de aparente normalidad, la frecuencia de los anuncios —que se suceden casi cada pocas horas desde hace una semana— revela una realidad distinta: el cielo saudí está sometido a una presión constante, en un contexto de guerra abierta entre la coalición liderada por Washington y Tel Aviv e Irán y sus aliados regionales.
Un patrón de ataques crecientes
Los dos drones interceptados esta noche no son un episodio aislado, sino la continuación de una secuencia que se acelera. Solo desde mediados de la semana pasada, el Ministerio de Defensa saudí ha comunicado la destrucción de al menos nueve drones y dos misiles de crucero en la Provincia Oriental y en la zona de Al-Kharj, en una serie de operaciones anunciadas por oleadas en cuestión de horas.
A esos ataques se suman los tres misiles balísticos lanzados contra la base aérea de Prince Sultan, en Al-Kharj, también interceptados, y varias tandas de drones y misiles de crucero neutralizados en las proximidades de la capital y de instalaciones energéticas clave. La imagen que se dibuja es la de una campaña sostenida destinada a probar y saturar las defensas saudíes, más que a lograr una destrucción masiva inmediata.
Riad evita, de momento, señalar de forma explícita al agresor en cada comunicado. Sin embargo, los ataques se producen en paralelo a la oleada de drones y misiles que Irán ha lanzado contra Israel, bases estadounidenses y varios países del Golfo en respuesta a los bombardeos sobre su territorio y su liderazgo político. En este contexto, la interpretación en las cancillerías occidentales es clara: el territorio saudí se ha convertido de nuevo en pieza central del tablero de represalias cruzadas.
El objetivo: el corazón energético saudí
Más allá del impacto militar directo, la preocupación en Riad y en los mercados internacionales se centra en la puntería estratégica de los atacantes. En los últimos días, varios de los drones interceptados se dirigían hacia instalaciones petroleras de primer nivel. Entre ellas, el campo de Berri —con una producción en torno a 250.000 barriles diarios— y el yacimiento de Shaybah, en pleno desierto de Rub al-Khali, con una capacidad cercana al millón de barriles al día.
En todos los casos, según la versión oficial, las aeronaves fueron destruidas antes de alcanzar su objetivo, aunque en al menos una ocasión los restos provocaron daños menores en infraestructuras de Aramco, la petrolera estatal saudí. El mensaje político es evidente: quien diseña la campaña de ataques sabe dónde duele más a Arabia Saudí y al conjunto de la economía mundial.
La geografía refuerza esa vulnerabilidad. La Provincia Oriental concentra la mayor parte de las reservas de hidrocarburos saudíes, oleoductos, refinerías y terminales de exportación hacia el Golfo Pérsico. Cualquier impacto exitoso en ese entramado logístico podría traducirse, en cuestión de horas, en interrupciones de suministro a Asia y Europa, con un efecto inmediato sobre los precios.
Un mercado petrolero al límite
El timing de estos ataques no puede ser más sensible. Desde el inicio de la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, el mercado del crudo opera con una prima de guerra significativa. En apenas unos días, las referencias internacionales han registrado subidas de entre 8% y 13%, con el Brent acercándose o superando los 80 dólares por barril y algunos analistas proyectando escenarios de tres cifras si continúan las interrupciones en el Estrecho de Ormuz y en las infraestructuras del Golfo.
La propia crisis en Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, ya ha reducido drásticamente el tráfico de petroleros y obliga a largos desvíos mediante rutas alternativas. Si a esa tensión se sumara una paralización parcial de las exportaciones saudíes —aunque fuera temporal, como ya ha ocurrido con la refinería de Ras Tanura— el impacto sobre los precios podría ser aún más abrupto.
Para los grandes importadores asiáticos, pero también para la Unión Europea, cada salto de 10 dólares por barril se traduce en miles de millones de euros adicionales en la factura energética anual, presionando al alza la inflación y complicando las políticas monetarias. La consecuencia es clara: el margen de error que el mercado está dispuesto a admitir en Arabia Saudí es mínimo. Un solo misil que esquive el escudo de defensa puede cambiar el tono de toda la crisis.
La respuesta de Riad y Washington
Frente a la escalada, el Gobierno saudí intenta proyectar imagen de control y coordinación con sus aliados. El Ministerio de Defensa insiste en que las operaciones de interceptación se realizan “inmediatamente tras la detección de cualquier amenaza” y subraya que el sistema de defensa multicapa —basado en baterías Patriot, sistemas de defensa de corto alcance y aviación de combate— está operando a pleno rendimiento.
Estados Unidos, por su parte, ve en estos ataques una amenaza directa a sus propios activos en la región. La base aérea de Prince Sultan, en Al-Kharj, alberga tropas y material estadounidense y ha sido uno de los objetivos de los misiles interceptados. Además, la Embajada de EEUU en Riad ha sido atacada con drones en días recientes, causando daños materiales limitados pero reavivando los recuerdos del asalto al complejo diplomático estadounidense en Bagdad en 2020.
En este contexto, Washington ha reforzado sus despliegues navales y aéreos en el Golfo y ha reiterado su compromiso con la defensa del Reino. Sin embargo, la Casa Blanca también envía mensajes de contención: cualquier respuesta que implique ataques directos desde territorio saudí contra Irán podría convertir al país en un objetivo aún más central de la guerra, con consecuencias imprevisibles.
Precedentes que pesan: Aramco 2019 y la guerra de Yemen
La memoria de Riad está marcada por un precedente que hoy vuelve a sobrevolar cada parte oficial: el ataque de 2019 contra las instalaciones de Abqaiq y Khurais, cuando una combinación de drones y misiles dejó fuera de juego temporalmente 5,7 millones de barriles diarios de producción, aproximadamente la mitad del bombeo saudí y en torno al 5% del suministro mundial de crudo.
Entonces, el Reino tardó semanas en restablecer completamente la capacidad de producción, y los precios se dispararon de forma inmediata, aunque el shock se contuvo gracias a reservas estratégicas y a la rápida reacción de otros productores. Aquel episodio evidenció la vulnerabilidad de infraestructuras consideradas hasta entonces casi inexpugnables y abrió un debate sobre la capacidad real de los sistemas de defensa frente a enjambres de drones de bajo coste.
La guerra de Yemen, con años de ataques desde territorio controlado por los hutíes contra aeropuertos, oleoductos y refinerías saudíes, ya había sido un laboratorio de esa nueva forma de guerra asimétrica. La diferencia ahora es que el conflicto se ha internacionalizado y que la escala potencial del daño supera con creces la de aquellos ataques: ya no se trata solo de un frente periférico, sino de una guerra abierta entre grandes potencias regionales y globales, con las rutas energéticas del mundo en medio.

