El secretario del Tesoro convierte la supremacía aérea en mensaje político y de mercados mientras EEUU e Israel intensifican una campaña con más de 2.000 ataques sobre territorio iraní

Bessent proclama “control total” de los cielos de Irán

Bessent EPA/WILL OLIVER

La frase es tan contundente como calculada: Estados Unidos, “junto a Israel, ha tomado el control total de los cielos de Irán”. El mensaje, atribuido este miércoles al secretario del Tesoro, Scott Bessent, llega en pleno pico de la ofensiva aérea conjunta contra el país persa, después de días de bombardeos masivos que han destruido buena parte de las defensas antiaéreas iraníes y han acabado incluso con la vida del líder supremo, Alí Jamenei. No habla el Pentágono ni el mando de la Fuerza Aérea, sino el responsable de sanciones y mercados financieros. Y eso convierte el mensaje en algo más que una simple actualización militar: es una señal de poder dirigida a Teherán, pero también a los inversores que miran con inquietud al estrecho de Ormuz, por donde pasa en torno al 20% del petróleo mundial.

Que quien proclame el “control total” del cielo iraní no sea el jefe del Estado Mayor ni el secretario de Defensa, sino el secretario del Tesoro, no es un detalle menor. Bessent se ha convertido en el arquitecto de la campaña de “máxima presión” económica sobre Irán, con un objetivo declarado: “hacer que Irán vuelva a estar arruinado” hundiendo sus exportaciones de crudo y su moneda.

Ahora, el mismo responsable que diseña sanciones y bloqueos financieros acompaña la ofensiva militar con una narrativa de control absoluto, en línea con los mensajes del propio Donald Trump, que días atrás ya afirmó que EEUU tenía “control completo y total de los cielos sobre Irán”. En el tablero interno estadounidense, esa combinación de fuerza militar y asfixia económica alimenta el relato de que la Administración ha logrado una posición de ventaja estratégica que justificaría los costes de una operación sin precedentes desde 2003.

Sin embargo, el lenguaje elegido es, a la vez, un arma de doble filo. Hablar de “control total” implica asumir una responsabilidad total sobre lo que ocurra bajo ese cielo: desde los daños a infraestructuras civiles hasta posibles ataques contra terceros países, pasando por cualquier accidente en instalaciones sensibles como las nucleares, que el OIEA vigila con creciente preocupación. El mensaje de fuerza puede convertirse, llegado el caso, en una confesión de responsabilidad.

Qué significa realmente “control total del espacio aéreo”

En la jerga militar, los matices importan. Los manuales distinguen entre “superioridad aérea” —capacidad de operar con ventaja— y “supremacía aérea”, es decir, la práctica ausencia de oposición efectiva enemiga. En las últimas horas, mandos israelíes han presumido de haber alcanzado “supremacía” sobre Teherán y el oeste de Irán, tras destruir más de un centenar de lanzadores de misiles balísticos y buena parte de las baterías tierra-aire.

Pero incluso en ese escenario, hablar de “control total de los cielos de Irán” es, como mínimo, una simplificación. Irán sigue lanzando salvas de drones y misiles contra Israel, bases estadounidenses y países del Golfo; algunos son interceptados, otros han logrado impactar con resultados letales. Los analistas recuerdan que un país no pierde automáticamente su capacidad de respuesta porque su defensa aérea quede degradada: puede seguir empleando misiles de largo alcance, armas de crucero, fuerzas navales o ataques cibernéticos.

Además, el propio tamaño y relieve de Irán —un territorio casi tres veces mayor que España, con cordilleras y zonas desérticas— dificulta que ninguna fuerza aérea pueda vigilar y dominar cada kilómetro cubierto. Por eso, varios expertos hablan más bien de “corredores de supremacía”: zonas concretas donde Israel y EEUU pueden operar con libertad casi absoluta, especialmente sobre la capital y los principales nodos militares, pero no una cúpula perfecta e impenetrable sobre todo el país.

Bombardeos masivos y defensas aéreas degradadas

Lo que sí confirman datos independientes es la magnitud y eficacia de la campaña aérea. En apenas 24 horas, EEUU e Israel reconocieron cerca de 2.000 ataques, el doble del ritmo de la fase inicial de la invasión de Irak, dirigidos contra centros de mando, bases de la Guardia Revolucionaria, infraestructuras navales y sistemas de defensa aérea.

Fuentes militares hablan de centenares de bombas guiadas y misiles de crucero lanzados desde bombarderos B-2, cazas F-35 y F-15, buques en el Golfo y plataformas en el Mediterráneo oriental. La prioridad ha sido abrir “corredores” hacia Teherán, Isfahán y otras ciudades clave, destruyendo radares, baterías S-300 y sistemas nacionales de defensa. Medios israelíes hablan de hasta un tercio de los lanzadores balísticos iraníes neutralizados en los primeros compases de la ofensiva.

El coste humano es elevadísimo. Solo en Irán, las cifras de muertos superan ya el millar de personas, entre ellas decenas de menores, según recuentos de agencias internacionales y autoridades locales. A ello se suma el impacto de los ataques cruzados en Líbano, Siria, Irak y el mar Rojo. La guerra se ha convertido en un conflicto regional abierto, en el que la supremacía aérea de EEUU e Israel convive con un goteo continuo de misiles y drones lanzados desde tierra y mar.

Un mensaje a Teherán… y a los mercados financieros

La declaración de Bessent no está pensada solo para la audiencia iraní. El secretario del Tesoro viene repitiendo desde hace meses que el objetivo de Washington es “aplastar las exportaciones de petróleo iraní” y forzar una crisis fiscal que limite la capacidad del régimen para financiar a sus aliados —desde Hezbolá a los hutíes— y sostener el esfuerzo bélico.

En ese marco, proclamar el “control de los cielos” tiene una lectura financiera evidente: Estados Unidos quiere convencer a los mercados de que domina la dinámica del conflicto, de que puede proteger los corredores energéticos clave y de que cualquier subida del crudo será intensa pero acotada en el tiempo. No es casual que, en paralelo, la Administración haya anunciado escoltas navales y esquemas de seguro público para los petroleros que se aventuren en un estrecho de Ormuz prácticamente paralizado.

Sin embargo, los precios cuentan otra historia. El Brent ha escalado hasta los 83-84 dólares, máximos desde mediados de 2024, y los futuros de gas europeo suben más de un 30% ante el cierre de plantas clave en Qatar y otros productores del Golfo. La consecuencia es clara: por mucho que Washington proclame su control del cielo, los traders descuentan un escenario de riesgo creciente sobre el mar.

El cuello de botella de Ormuz: 20% del petróleo mundial en juego

La guerra aérea sobre Irán se superpone a un problema geográfico elemental: el estrecho de Ormuz, un pasillo de apenas 55 kilómetros de ancho en su punto más estrecho por donde transita alrededor del 20% del petróleo y del GNL que se consume en el mundo, unos 20 millones de barriles diarios.

En los últimos días, ataques cruzados y amenazas de Teherán han dejado el paso prácticamente cerrado. Grandes navieras y petroleras han suspendido operaciones en la zona, las aseguradoras han retirado coberturas de riesgo de guerra y más de 150 buques permanecen fondeados a la espera de claridad. Las tarifas de los grandes petroleros hacia Asia superan los 400.000 dólares diarios, frente a niveles habituales de 50.000-60.000 en periodos de normalidad, según los últimos datos de mercado.

Aquí el contraste con el mensaje de Bessent es evidente. Aunque EEUU e Israel hayan debilitado la defensa aérea iraní, no pueden garantizar el flujo de barcos en una zona donde proliferan minas navales, misiles antibuque y drones kamikaze. En términos económicos, el “control total del cielo” se diluye en cuanto se mira a ras de mar.

Efecto dominó: inflación, tipos de interés y riesgo para la recuperación

Para la economía global, la combinación de guerra aérea y bloqueo marítimo se traduce en un triple impacto. Primero, en el precio de la energía: un petróleo instalado por encima de los 80 dólares y un gas europeo con subidas de doble dígito pueden añadir entre 0,5 y 0,7 puntos a la inflación mundial si el shock se prolonga, según estimaciones de analistas citados por organismos internacionales.

Segundo, en las expectativas de tipos de interés. Varios bancos centrales habían empezado a abrir la puerta a recortes en 2026; un rebrote inflacionista ligado a la energía puede obligar a retrasar esas bajadas, encareciendo la financiación para empresas y Estados. Para economías con deuda elevada —como buena parte de la eurozona—, cada décima de interés cuenta.

Tercero, en la confianza de los inversores. La guerra ha sacudido las bolsas de EEUU, Europa y Asia, con caídas generalizadas de los índices y ampliaciones de las primas de riesgo en los países más dependientes de la energía importada. Aunque el mercado tiende a digerir las crisis geopolíticas una vez se estabiliza el flujo de noticias, la combinación de conflicto sostenido, cierre de un chokepoint crítico y retórica de “control total” incrementa la volatilidad de forma estructural.

Qué se juega Europa… y España

Para la Unión Europea, el mensaje de Bessent llega en un momento especialmente delicado. La UE ha reducido drásticamente su exposición al gas y al petróleo rusos, pero sigue dependiendo en gran medida del crudo y del GNL que sale precisamente por Ormuz, con Qatar y otros productores del Golfo como proveedores clave.

España, convertida en gran puerta de entrada de GNL a la UE, se encuentra en el centro de esa ecuación. Si el flujo de metaneros desde Qatar se mantiene paralizado o severamente restringido, las plantas regasificadoras españolas tendrán que recurrir a rutas más largas y caras, lo que encarecerá el mix energético y presionará los costes de la industria electrointensiva.

Al mismo tiempo, la retórica de “control total” puede generar falsas expectativas políticas en Europa: la idea de que la supremacía aérea de EEUU e Israel bastará para contener la crisis y proteger los intereses energéticos europeos sin necesidad de un esfuerzo diplomático propio. La experiencia de otros conflictos demuestra lo contrario: cuanto más se alarga una guerra con este nivel de intensidad, más se multiplican los shocks secundarios sobre comercio, inversión y precios.

En ese punto, la frase de “control total de los cielos” podría sonar menos a demostración de fuerza que a temeraria subestimación de un adversario que, aunque golpeado, conserva todavía capacidad de infligir daños profundos a la economía mundial.