Bessent blinda a Japón como pilar del poder de EEUU en Asia
La frase es corta, pero el mensaje es inequívoco. «When Japan is strong, the US is strong in Asia», sentenció el secretario del Tesoro, Scott Bessent, en una entrevista con Fox News tras el triunfo electoral de la primera ministra japonesa Sanae Takaichi. El contexto es igual de elocuente: el Partido Liberal Democrático (PLD) y sus aliados han asegurado más de 310 de los 465 escaños de la Cámara de Representantes de Japón, una supermayoría que permite revisar leyes clave e incluso la Constitución. Al mismo tiempo, Japón consolida su posición como quinta economía mundial, con un PIB cercano a los 4,1 billones de dólares y un comercio bilateral con Estados Unidos que ronda los 320.000 millones anuales.
Una frase que reordena el tablero asiático
La declaración de Bessent llegó en el programa Sunday Morning Futures de Maria Bartiromo, en la misma cadena donde el trumpismo ha construido buena parte de su relato económico y geopolítico. No fue una reflexión improvisada: se trata de una síntesis deliberada de la nueva doctrina de Washington hacia Japón.
El diagnóstico es inequívoco. Con un crecimiento modesto pero estable, un PIB que supera los 4 billones de dólares y un peso industrial aún decisivo en automoción, electrónica y tecnología de precisión, Japón es el socio del G7 que combina tamaño económico, estabilidad institucional y cercanía geoestratégica al principal desafío de EEUU: China.
A esa base económica se suma un dato militar: en territorio japonés se despliegan alrededor de 55.000 militares estadounidenses, el mayor contingente permanente de EEUU fuera de sus fronteras. Bases como Okinawa o Yokosuka constituyen el ancla logística de la Séptima Flota y del dispositivo de disuasión frente a Pekín y Pyongyang.
En ese contexto, la frase de Bessent no solo celebra la victoria de Takaichi; envía un mensaje a mercados, aliados y rivales: si Japón se consolida como potencia económica y militar “normalizada”, la posición de Washington en el Indo-Pacífico deja de depender exclusivamente de su propia proyección de fuerza. La fortaleza de Tokio se convierte en multiplicador del poder estadounidense.
Takaichi y la supermayoría que cambia Tokio
La victoria de Takaichi ha sido algo más que cómoda. Los resultados definitivos confirman una “supermayoría” del PLD y sus socios, con el partido de la primera ministra en torno a 316 escaños y la coalición por encima de los 350, en una Cámara de 465 asientos donde el umbral de dos tercios se sitúa en 310.
Este hecho revela tres tendencias de fondo. Primero, un aval ciudadano al giro conservador en política de seguridad y a la agenda de rearmamento. Segundo, una mayoría suficiente para abordar reformas estructurales —fiscales, energéticas o laborales— sin depender de pequeños partidos. Y tercero, el regreso de un PLD fuerte tras años de desgaste y escándalos.
Takaichi ha logrado movilizar a votantes jóvenes con una mezcla de discurso de orden, simbología de ruptura —primera mujer en liderar el país— y promesas de alivio al coste de la vida. Su campaña pivotó sobre un paquete de estímulo de 21 billones de yenes y una suspensión de dos años del impuesto sobre alimentos, pese a que la deuda pública japonesa ronda todavía el 240-260% del PIB, la más alta del mundo desarrollado.
Es esa combinación de músculo parlamentario, ambición fiscal y agenda de seguridad la que convierte el triunfo de Takaichi en una buena noticia para Washington… y en una señal de alarma para los mercados.
El cálculo político de Trump y su hombre en el Tesoro
La frase de Bessent no puede entenderse al margen de la Casa Blanca. Donald Trump lleva meses presentando a Takaichi como ejemplo de su “nuevo eje conservador” en el Pacífico, tras un viaje a Tokio en el que la primera ministra habló de inaugurar una “edad de oro” en las relaciones bilaterales.
Bessent, antiguo gestor vinculado a George Soros reconvertido en arquitecto del “trumpismo económico 2.0”, actúa como puente entre ese discurso político y el lenguaje de los mercados. Sus apariciones mediáticas insisten en que el triunfo de Takaichi garantiza tres cosas que gustan a Washington: continuidad en la alianza de seguridad, alineamiento en la confrontación comercial con China y predisposición a invertir masivamente en Estados Unidos aprovechando los nuevos acuerdos arancelarios.
La consecuencia es clara: Tokio deja de ser un socio “comodín” para convertirse en pieza central de la estrategia económica de la Casa Blanca. El acuerdo anunciado por Trump que combina aranceles del 15% a exportaciones japonesas con compromisos de inversión por 550.000 millones de dólares ilustra esa lógica de presión y recompensa.
Al elogiar públicamente a Takaichi, Bessent refuerza además el mensaje hacia otras capitales aliadas: quien se alinee con Washington en comercio, defensa y tecnología recibirá apoyo explícito… y acceso preferente al mercado estadounidense.
y la nueva arquitectura de seguridad
Si Bessent vincula la fuerza de Japón con la de Estados Unidos, es porque el centro de gravedad del riesgo geopolítico está cada vez más claro: el estrecho de Taiwán. Takaichi ha ido más lejos que muchos de sus predecesores al afirmar que Japón “no podría permanecer al margen” de un conflicto abierto entre Pekín y Taipéi, y ha respaldado explícitamente el refuerzo de capacidades de ataque de largo alcance.
En paralelo, Tokio acelera un aumento histórico de su presupuesto de defensa, que ya supera los 9 billones de yenes y aspira a alcanzar el 2% del PIB en apenas dos ejercicios, lo que colocaría al país como tercer mayor gasto militar del mundo tras EEUU y China. La doctrina pacifista de posguerra queda, en la práctica, superada.
Para Washington, esa transformación es oro estratégico. Un Japón más armado y con reglas de enfrentamiento menos restrictivas permite repartir costes de disuasión, reforzar el esquema de “hub and spokes” militar en Asia y enviar a Pekín la señal de que cualquier intento de cambiar por la fuerza el statu quo en Taiwán implicaría a varias potencias a la vez.
Sin embargo, lo más grave es el riesgo de escalada involuntaria. Un error de cálculo —un incidente aéreo, un choque naval en el mar de China Oriental— podría arrastrar a 55.000 soldados estadounidenses, a las Fuerzas de Autodefensa japonesas y, por extensión, a la OTAN a una crisis abierta. El coste económico de una interrupción prolongada de las rutas marítimas asiáticas sería incalculable.
Estímulo masivo, deuda récord: la apuesta económica japonesa
En el plano económico, la agenda de Takaichi supone un giro más nítido hacia el estímulo fiscal en un país que ya ha probado casi todas las combinaciones posibles de gasto, deuda y tipos ultrabajos. Con una deuda pública en torno al 240-260% del PIB y un Banco de Japón que ha empezado a normalizar tipos tras años de política ultraexpansiva, el margen para seguir gastando se reduce.
Pese a ello, el nuevo Gobierno apuesta por inyectar 21 billones de yenes en estímulos y aliviar temporalmente la presión sobre los hogares suspendiendo el impuesto a los alimentos. El objetivo es doble: sostener un crecimiento que en 2024 apenas superó el 0,1% y, al mismo tiempo, consolidar la legitimidad política de la rearmamentación.
Desde la perspectiva de Estados Unidos, un Japón que crece aunque sea moderadamente es preferible a un socio atrapado en la deflación y la parálisis inversora. Washington necesita una economía japonesa capaz de absorber exportaciones, coinvertir en proyectos tecnológicos y financiar parte de su propio gasto militar mediante compras de deuda estadounidense.
El contraste con la Unión Europea resulta demoledor: mientras Bruselas debate sobre reglas fiscales y mutualización de deuda, Tokio asume costes políticos y financieros para reforzar su papel como pilar regional. La gran incógnita es cuánto tiempo tolerarán los mercados niveles de deuda tan elevados en un entorno de tipos más altos.
Cadenas de suministro, chips y reordenación industrial
Donde la alianza Bessent-Takaichi puede tener efectos más tangibles es en la reconfiguración de cadenas de suministro. Japón es pieza crítica en semiconductores, baterías, materiales avanzados y componentes para automoción. El comercio bilateral de bienes y servicios con EEUU superó los 317.000 millones de dólares en 2024, con exportaciones estadounidenses por unos 80.000 millones y un déficit comercial en torno a 70.000 millones.
La Casa Blanca quiere transformar esa relación: menos dependencia de China para insumos clave, más producción “friend-shored” en aliados fiables y un reparto más equilibrado del valor añadido en sectores como el automóvil eléctrico o la electrónica de consumo. De ahí los paquetes arancelarios y los acuerdos de inversión anunciados por Trump, que combinan presión sobre las exportaciones japonesas con incentivos para que empresas niponas fabriquen dentro de EEUU.
Para Tokio, la ecuación también es compleja. Relocalizar parte de su industria hacia Estados Unidos puede ser una forma de asegurar acceso al mercado norteamericano en plena guerra de subsidios industriales. Pero supone aceptar una mayor dependencia de las decisiones regulatorias de Washington y una posible pérdida de base productiva interna si no se acompaña de políticas activas de reindustrialización en casa.
El diagnóstico, de nuevo, es claro: si Japón no aprovecha la ventana para reforzar su propio ecosistema tecnológico, corre el riesgo de convertirse en mero “subcontratista premium” del proyecto industrial estadounidense.
Qué se juega ahora Washington en Japón
Más allá de los titulares, la alianza Bessent-Takaichi abre un ciclo de oportunidades y riesgos para Estados Unidos. Entre las primeras, un socio con supermayoría parlamentaria, dispuesto a aumentar su gasto en defensa hasta el 2% del PIB, a asumir una postura más firme frente a China y a invertir cuantiosamente en territorio estadounidense.
Entre los riesgos, varios no menores: una escalada inadvertida en el estrecho de Taiwán; un deterioro de las cuentas públicas japonesas que obligue a recortes bruscos de gasto o subidas de impuestos; y un eventual giro del electorado nipón si las promesas de alivio al coste de la vida no se materializan.
También está el factor europeo. Mientras Washington y Tokio refuerzan su eje económico y militar, la Unión Europea aparece como actor reactivo, más preocupado por proteger su mercado interior que por anclar su presencia estratégica en el Indo-Pacífico. Para las empresas europeas —incluidas las españolas— esto puede traducirse en una pérdida de influencia normativa y de acceso preferente a proyectos industriales y tecnológicos en la región.
La frase de Bessent, en realidad, encierra una advertencia: si Japón no es fuerte, EEUU corre el riesgo de tener que sostener en solitario, y a un coste creciente, el equilibrio asiático. Pero si es demasiado fuerte y asume riesgos desproporcionados, la factura política, económica y militar también llegará a Washington.
Lo que ocurra en los próximos meses —en los presupuestos de defensa japoneses, en la evolución de la deuda, en la respuesta de China y en el ánimo de los mercados— dirá si el nuevo eje Trump-Takaichi consolida realmente la fortaleza de Estados Unidos en Asia… o si la frase de Bessent termina siendo recordada como la síntesis de un exceso de confianza.

