Bulgaria vota por octava vez en cinco años: Radev roza el 34%

La dimisión del gabinete de Rosen Zhelyazkov tras las protestas reabre el riesgo de bloqueo institucional en pleno estreno del euro.

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Ocho elecciones en cinco años. Un país que vota, pero no gobierna. Radev llega primero en sondeos, con una horquilla en torno al 32%-34%. La participación apunta a más del 50%. La pregunta es quién suma 121 escaños y con qué precio político.

Ocho elecciones y un país en modo interino

Las urnas se abren este domingo en Bulgaria con un dato que retrata la fatiga institucional: es la octava elección parlamentaria desde 2021, una sucesión que ha erosionado la confianza y ha normalizado la excepcionalidad del “gobierno en funciones”. En el papel, el sistema es nítido: 240 diputados, mayoría en 121, y un umbral del 4% que suele convertir cada décima en un escaño decisivo. En la práctica, el país se ha quedado atrapado en una aritmética imposible, con bloques que se vetan mutuamente y coaliciones que nacen débiles, cuando no efímeras.

El síntoma más visible está en la participación. En 2021 votó el 40,1%; en junio de 2024, en pleno “superdomingo” con europeas, el turnout cayó al 33%, mínimo desde 1989. Que ahora se espere un rebote por encima del 50% no es un alivio: es un aviso de que el malestar ha dejado de ser silencioso, y de que la gente vuelve a las urnas con la sensación de que el país se juega algo más que un reparto de escaños.

El detonante: presupuesto, protestas y dimisión

La convocatoria anticipada no llega por un accidente parlamentario, sino por una ruptura social. La dimisión del primer ministro Rosen Zhelyazkov, tras semanas de protestas masivas, fue el detonante que encendió de nuevo la mecha del bloqueo. Los manifestantes exigían reformas judiciales, una agenda anticorrupción creíble y el fin de un sistema que distintos analistas describen como un “Estado capturado”: instituciones permeables a redes clientelares, adjudicaciones opacas y un uso político de los resortes del Estado.

Lo más grave es el momento: la crisis se desencadena cuando el país intenta vender estabilidad hacia fuera. Bulgaria celebró la supresión de controles terrestres dentro de Schengen desde 1 de enero de 2025, una palanca para el comercio regional y la logística. Y, apenas unos meses después, estrena moneda: entró en el euro el 1 de enero de 2026. El mensaje a inversores y socios es contradictorio: integración europea, sí; gobernabilidad, en duda.

Radev capitaliza el hartazgo con un discurso antioligarquía

El gran protagonista de estos comicios es Rumen Radev, expresidente y exjefe militar, que renunció a la jefatura del Estado para liderar la coalición Bulgaria Progresista. Su apuesta es de alto voltaje: presentarse como el candidato capaz de “romper” con el régimen de pactos tácitos y combatir la corrupción con una narrativa de choque contra los oligarcas. Según sondeos citados por distintos medios, su lista se mueve en la horquilla del 32%-34%, por delante del bloque conservador.

Pero el éxito de Radev tiene una segunda lectura, más incómoda para Bruselas. Sus posiciones han sido calificadas de euroescépticas y, sobre todo, ambiguas con Rusia: condena la invasión de Ucrania, pero rechaza el envío de ayuda militar y pide “diálogo” con Moscú. Ese equilibrio le da votos en un electorado cansado, sin embargo complica el día después.

“La campaña se ha convertido en un plebiscito sobre corrupción… y sobre la brújula geopolítica del país”.

GERB–SDS y el retorno de Borísov, con la aritmética en contra

Detrás de Radev aparece el bloque GERB–SDS, asociado al ex primer ministro Boyko Borísov, un veterano que vuelve a ser pieza central incluso cuando no controla el tablero. Las encuestas lo sitúan alrededor del 19%-21%, una cifra que le permite resistir, pero no mandar. El contraste es demoledor: en un país con tanta fragmentación, ser segundo no es una ventaja; es una condena a pactar con quien te ha hecho campaña en contra.

La tercera fuerza —y ahí empieza el laberinto— es un arco de partidos bisagra, desde liberales proeuropeos hasta formaciones nacionalistas, con el riesgo añadido de la compra de votos y la desinformación en zonas vulnerables. La consecuencia es clara: incluso si Radev gana con holgura, la negociación para gobernar puede prolongarse semanas, con líneas rojas sobre corrupción, Rusia y euro. Y Bulgaria conoce de sobra ese calendario: semanas de tiras y aflojas que desembocan en un Ejecutivo frágil o, directamente, en otra convocatoria.

Euro, Schengen y credibilidad: lo que se juega la economía

La economía búlgara entra en campaña con dos “hitos” europeos que deberían ser ancla de estabilidad: Schengen y el euro. Sobre el papel, la nueva moneda promete menor coste financiero, más integración y un marco monetario más predecible. En paralelo, el fin de controles terrestres ha reducido fricciones logísticas y costes de transporte. Sin embargo, el ciclo interminable de elecciones introduce un coste menos visible pero determinante: incertidumbre regulatoria, presupuestos prorrogados y reformas que se aprueban tarde —o nunca—.

En un país que compite por atraer inversión industrial y relocalización de cadenas de suministro europeas, cada mes de interinidad se traduce en decisiones aplazadas: licitaciones que no salen, proyectos que se enfrían y administraciones que gestionan riesgo en vez de ejecutar políticas. Además, con el euro recién estrenado, cualquier episodio de ingobernabilidad se amplifica: afecta a la percepción de riesgo y a la capacidad del Estado de imponer disciplina sobre redes clientelares. No es un debate abstracto. Es reputación, capital y poder.

La noche del recuento: pactos, vetos y presión exterior

El recuento empezará a dibujar una realidad incómoda: el ganador no necesariamente gobierna. Radev necesitará socios y ha descartado acuerdos con figuras que identifica con la corrupción sistémica, un veto que puede chocar con la aritmética. La alternativa —un pacto transversal con fuerzas liberales y proeuropeas— exige concesiones en política exterior, euro y Ucrania, justo donde su electorado es más sensible. Si cede, puede perder impulso; si no cede, puede quedarse sin mayoría.

La presión, además, no vendrá solo de dentro. Bulgaria acaba de consolidar su encaje europeo con Schengen y el euro, y sus socios vigilarán de cerca cualquier giro que erosione el Estado de derecho o reabra la puerta a influencias rusas. En paralelo, el país se juega algo más elemental: demostrar que puede pasar de votar a gobernar. Porque, si no, lo siguiente no será una crisis puntual, sino una normalidad peligrosa.

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