La Casa Blanca crea un ‘Gobierno’ de Gaza con poder ejecutivo
La Casa Blanca ha dado un giro de enorme calado a la gestión de la posguerra en Gaza. Tras el alto el fuego entre Israel y Hamás, Washington ha anunciado la creación de una Gaza Executive Board, una Junta Ejecutiva que aspira a convertirse en el auténtico gobierno de facto del enclave para los próximos años. En ella sientan a la misma mesa a Jared Kushner, al enviado especial Steve Witkoff, al ministro de Exteriores turco Hakan Fidan, al ex primer ministro británico Tony Blair y al consejero delegado de Apollo, Marc Rowan, entre otros perfiles. La nueva estructura contará, además, con un alto representante para Gaza, el diplomático búlgaro Nickolay Mladenov, con experiencia directa en el proceso de paz de Oriente Medio.
Una Junta Ejecutiva para pilotar la posguerra
El llamado Gaza Executive Board nace con un mandato tan amplio como ambiguo. Según la Casa Blanca, su misión será “apoyar la gobernanza efectiva” del enclave y garantizar la entrega de “servicios de primera clase” en sanidad, energía, agua, educación y seguridad. Traducido a lenguaje político, se trata de un órgano de supervisión y decisión sobre los ejes centrales del día a día de más de 2,1 millones de habitantes, en un territorio devastado por meses de ofensiva y años de bloqueo.
La arquitectura es reveladora. Washington evita hablar de “administración internacional” al estilo de Kosovo o Bosnia, pero al mismo tiempo dota a la Junta de capacidad para marcar prioridades, supervisar presupuestos y coordinar actores locales y regionales. En la práctica, su influencia se extenderá sobre una reconstrucción que algunas estimaciones sitúan ya por encima de los 30.000 millones de dólares a diez años. La fórmula permite al Gobierno de Estados Unidos presentarse como garante de la “estabilidad” sin asumir formalmente la etiqueta de potencia ocupante, y desplaza el centro de gravedad de la toma de decisiones desde las instituciones palestinas hacia un tablero dominado por capitales extranjeras.
Kushner, Blair y Fidan: un elenco tan potente como polémico
La composición del órgano explica buena parte de las críticas que ya empiezan a escucharse en la región. Jared Kushner, yerno y asesor sénior de Donald Trump, reaparece como arquitecto político tras haber impulsado en 2020 el llamado “acuerdo del siglo” para Oriente Medio. Su regreso a un puesto de máxima influencia en Gaza se interpreta como el intento de resucitar una agenda de normalización regional en la que la cuestión palestina queda subordinada a los intereses estratégicos de Israel y sus aliados árabes.
Junto a él se sienta Tony Blair, ex primer ministro británico y antiguo enviado del Cuarteto para Oriente Medio, cuya figura arrastra el peso de la guerra de Irak y de una década de diplomacia que muchos palestinos perciben como estéril. La inclusión de Blair aporta experiencia, contactos y capacidad de mediación, pero también reabre el debate sobre la credibilidad de las élites occidentales como garantes imparciales del proceso.
El tercer vértice político lo aporta Hakan Fidan, ministro de Exteriores turco y pieza clave en la estrategia de Ankara para consolidarse como mediador indispensable en Gaza. Turquía ha mantenido canales simultáneos con Israel, Hamás y la Autoridad Palestina, y aspira a ser socio central en la reconstrucción de infraestructuras y en la gestión de los corredores marítimos y energéticos del Mediterráneo oriental. El diagnóstico es inequívoco: la Junta es también un mapa de la nueva geopolítica de la posguerra.
El peso de los fondos privados en la reconstrucción
La presencia del consejero delegado de Apollo Global Management, Marc Rowan, simboliza otra dimensión clave del diseño: la entrada por la puerta grande del capital privado global en la reconstrucción de Gaza. No es un detalle menor. Los planes preliminares que circulan entre gobiernos y grandes gestoras hablan de movilizar entre 10.000 y 20.000 millones de dólares en inversión público-privada para infraestructuras críticas, vivienda y redes energéticas, con retornos esperados a plazos de entre 15 y 25 años.
Sobre el papel, la fórmula permite acelerar el despliegue de proyectos que los presupuestos públicos difícilmente podrían financiar en solitario, desde plantas desalinizadoras hasta sistemas eléctricos inteligentes o corredores logísticos. Sin embargo, lo más delicado es el diseño de las condiciones y garantías: concesiones a décadas vista, tarifas reguladas sobre el consumo de agua y luz, o esquemas de “peajes en sombra” donde el riesgo real recae sobre el contribuyente internacional, mientras el inversor asegura una rentabilidad mínima.
La consecuencia es clara: si la población percibe que la reconstrucción se traduce en servicios caros y control externo, el modelo puede alimentar nuevas tensiones sociales. Gaza corre el riesgo de convertirse en un laboratorio de privatización extrema de la posguerra, en el que los grandes fondos internacionales fijan las reglas del juego a cambio de oxígeno financiero. El contraste con la retórica de “prosperidad para la gente de Gaza” resulta, como mínimo, incómodo.
Un alto representante con experiencia en crisis imposibles
Para intentar dotar de legitimidad y coherencia a este entramado, la Casa Blanca ha nombrado al diplomático búlgaro Nickolay Mladenov como alto representante para Gaza. Mladenov fue coordinador especial de Naciones Unidas para el proceso de paz de Oriente Medio y, antes, jefe de la misión de la ONU en Irak. Conoce de primera mano la lógica de los conflictos prolongados, las limitaciones de la ayuda internacional y la fragilidad de las instituciones en contextos de fragmentación territorial.
Su papel será, según el propio comunicado, “apoyar la supervisión por parte de la Junta de todos los aspectos de la gobernanza, la reconstrucción y el desarrollo de Gaza, garantizando la coordinación entre los pilares civiles y de seguridad”. En la práctica, actuará como nexo entre Washington, las capitales regionales y los actores locales, y como rostro visible ante la comunidad internacional.
«No habrá estabilidad duradera si los gazatíes no perciben que gobiernan su propio futuro», ha repetido en otras crisis. La incógnita es hasta dónde podrá llevar esa máxima en un esquema en el que las grandes decisiones estratégicas estarán, al menos inicialmente, en manos de potencias externas. Su margen de maniobra dependerá tanto del respaldo político real que reciba como de su capacidad para tejer alianzas con las escasas instituciones locales que aún conservan credibilidad sobre el terreno.
Los riesgos de un diseño ‘desde fuera’
La principal crítica que se abre paso entre analistas y organizaciones humanitarias es el riesgo de que Gaza se convierta en un protectorado diseñado desde despachos lejanos, con escaso margen para la participación real de la sociedad local. La Junta Ejecutiva agrupa a representantes de Estados poderosos, viejas figuras de la diplomacia occidental y grandes inversores, pero deja en un plano secundario a las estructuras palestinas que deberían asumir la responsabilidad última de gobernar el territorio.
La cuestión no es solo simbólica. Sin aceptación social interna, cualquier arquitectura de gobernanza corre el riesgo de quedarse en envoltorio. ¿Qué papel tendrá la Autoridad Palestina en Cisjordania? ¿Qué incentivos se ofrecerán a las facciones armadas para integrarse o al menos no sabotear el nuevo esquema? ¿Cómo se garantizará que los miles de comités de barrio, asociaciones y estructuras comunitarias que sostienen la vida diaria en Gaza no sean sustituidos por una administración tecnocrática sin raíces?
Este hecho revela un dilema de fondo: cuanto más se prioriza la eficiencia tecnocrática y la seguridad, más se diluye la dimensión política del conflicto. La tentación de algunos actores internacionales será presentar la Junta como solución “técnica” a un problema de gestión, cuando en realidad la crisis de Gaza es, ante todo, una crisis de derechos, representación y soberanía. La experiencia de otras misiones internacionales sugiere que, si esa dimensión se posterga, el vacío lo ocupan la frustración y, a medio plazo, la violencia.