La guerra en Ucrania ha dejado de ser solo un conflicto de fronteras para transformarse en una sangría financiera que ya supera los 1,5 billones de euros, una cifra que rebasa el Producto Interior Bruto anual de España. Juan Antonio de Castro, ex-funcionario de Naciones Unidas y experto en relaciones internacionales, advierte de que el continente europeo se asoma a una crisis de sostenibilidad sin precedentes, atrapado entre un gasto militar desbocado y la agresiva política arancelaria impuesta por Donald Trump desde el Despacho Oval. El diagnóstico es nítido: la vieja Europa está hipotecando su futuro competitivo en un tablero donde los intereses estratégicos de Washington y Moscú parecen haberla convertido en el gran perdedor económico de la década, condenándola a una irrelevancia industrial que el actual seguidismo diplomático de Bruselas solo contribuye a acelerar.
El abismo de los 1,5 billones de euros
El coste acumulado de cuatro años de conflicto en Ucrania ha alcanzado una magnitud que los analistas más pesimistas de 2022 no alcanzaron a vislumbrar. Según los datos analizados por Juan Antonio de Castro, la factura total que soporta la Unión Europea —sumando la ayuda financiera directa, el suministro armamentístico y los costes derivados de la acogida de refugiados— supera ya los 1.500.000 millones de euros. Este hecho revela una asimetría alarmante en el esfuerzo de guerra: mientras Estados Unidos utiliza el conflicto para renovar su propio arsenal y exportar gas natural licuado (GNL) a precios récord, Europa vacía sus reservas y asume una deuda estructural que compromete la viabilidad de sus servicios públicos en la próxima década.
La consecuencia de esta hemorragia de capital es una pérdida de soberanía económica de facto. El diagnóstico de De Castro es demoledor al comparar este esfuerzo con la riqueza nacional española; Europa ha inyectado en el conflicto el equivalente a toda la producción de bienes y servicios de la cuarta economía de la zona euro. Este esfuerzo, lejos de garantizar una resolución rápida, parece haber estabilizado un escenario de guerra de desgaste donde el contribuyente europeo es el principal pagador. El contraste con las economías emergentes, que han sabido mantener una neutralidad pragmática, sitúa a la Unión Europea en una posición de vulnerabilidad que debilita su capacidad de maniobra en otros frentes comerciales.
El arma arancelaria de Donald Trump
En paralelo a la asfixia bélica, Europa debe enfrentarse a la redefinición del comercio mundial impuesta por la Administración Trump. La activación de un arancel global del 10%, que podría escalar hasta el 15% según las últimas amenazas presidenciales, actúa como una pinza que estrangula las exportaciones europeas. De Castro sostiene que Trump ha entendido los aranceles no solo como un mecanismo de protección industrial, sino como una herramienta multifacética capaz de recaudar ingresos masivos y actuar como moneda de cambio diplomática. Este hecho revela un cambio de era: el fin de la globalización basada en reglas para entrar en un modelo de mercantilismo agresivo donde la lealtad política se paga con exenciones fiscales.
Lo más grave para la industria alemana y francesa es que trasladar estos costes fiscales a terceros países no solo modifica las reglas de juego, sino que tensiona la relación transatlántica hasta su punto de ruptura. El uso de los aranceles como «herramienta total» implica un riesgo sistémico para el Euro; si el flujo comercial con Estados Unidos se obstaculiza, el superávit comercial europeo —el gran pilar de la moneda única— podría evaporarse. El diagnóstico del ex-funcionario de la ONU es inequívoco: Washington está utilizando su hegemonía para forzar una relocalización industrial hacia suelo estadounidense, aprovechando que Europa se encuentra debilitada por los altos costes energéticos derivados de las sanciones a Rusia.
La trampa de la moneda diplomática
La política económica de Donald Trump ha transformado la balanza comercial en un tablero de ajedrez geopolítico. Al proponer que los ingresos aduaneros puedan sustituir sustancialmente el impuesto sobre la renta en Estados Unidos, Trump está lanzando un órdago a sus socios comerciales. Este hecho revela una voluntad de financiar el Estado americano a costa de los márgenes de beneficio de las empresas extranjeras, principalmente europeas y chinas. La consecuencia es que Europa se ve forzada a elegir entre aceptar un empobrecimiento de sus empresas exportadoras o iniciar una guerra comercial de represalias que solo incrementaría la inflación interna.
De Castro advierte de que el efecto recaudatorio de estos aranceles podría ser engañoso. Si bien el Tesoro estadounidense aumenta sus ingresos en el corto plazo, el aumento de costes para los consumidores y la erosión de las alianzas clave podrían provocar un estancamiento global. Sin embargo, para la Casa Blanca, el objetivo no es solo fiscal, sino de control estratégico. En este escenario, la Unión Europea aparece como el actor con menos «polvo seco» para responder, maniatada por una arquitectura institucional que exige unanimidad en las represalias y por una dependencia militar que le impide separarse de la hoja de ruta dictada por Washington.
Irán: el ajedrez nuclear en el punto de no retorno
Mientras Europa se desangra económicamente en el este, la inestabilidad en Oriente Medio añade una nueva capa de riesgo energético. Las tensiones en torno al programa nuclear iraní han alcanzado niveles que superan cualquier crisis previa de la última década. La presión combinada de Washington e Israel busca contener la ampliación de capacidades defensivas de Teherán, mientras el régimen iraní mantiene líneas rojas que De Castro considera inamovibles. Este hecho revela que nos encontramos ante un escenario de inminencia bélica donde el Estrecho de Ormuz podría quedar bloqueado en cualquier momento.
La consecuencia de un fracaso en las negociaciones de Ginebra sería un repunte del petróleo por encima de los 120 dólares, un precio que Europa, dada su precaria competitividad actual, no podría soportar sin entrar en una recesión técnica profunda. El diagnóstico de De Castro apunta a un juego de sombras donde cada movimiento tiene consecuencias de largo alcance: si Irán acelera su enriquecimiento nuclear como respuesta a la presión de Trump, la respuesta militar coordinada entre EE. UU. e Israel situaría a Europa en el centro de un conflicto regional que dispararía los costes de defensa y logística. La ventana para la diplomacia se cierra al ritmo que marcan los satélites espía sobre el Golfo.
El origen de la ineficiencia europea
La pérdida de competitividad de la Unión Europea tiene una causa raíz que De Castro identifica en la gestión de la crisis energética y militar. Al renunciar al gas ruso barato para sustituirlo por GNL estadounidense, que llega a costar hasta cuatro veces más en el mercado europeo, el continente ha destruido su ventaja comparativa manufacturera. Este hecho revela una ineficiencia estratégica monumental: Europa está financiando su propia desindustrialización al aceptar marcos de costes que sus rivales ignoran. La consecuencia es el cierre de plantas en el corazón industrial de Alemania y la fuga de capitales hacia mercados con energía más barata y menor presión regulatoria.
Lo más preocupante es el aumento del gasto público en defensa militar, que ha pasado de ser un objetivo secundario a una exigencia imperativa de la OTAN. Para alcanzar el 2% del PIB en gasto militar, muchas naciones europeas están recortando partidas de innovación e infraestructuras, sacrificando el crecimiento futuro en favor de la seguridad inmediata. El diagnóstico es nítido: Europa ha entrado en una espiral de economía de guerra defensiva que no genera retornos productivos. El contraste con China, que sigue invirtiendo el 3% de su PIB en I+D tecnológica, resulta demoledor para el futuro del bloque comunitario.
¿Ha calculado mal sus apuestas Bruselas?
Juan Antonio de Castro lanza una mirada crítica sobre la dirección política de la Comisión Europea. ¿Se ha evaluado correctamente el límite del esfuerzo que la sociedad europea puede soportar? La respuesta, a la luz de los datos, es inquietante. El sobrecoste de la guerra y la asfixia arancelaria han generado una pérdida palpable en la calidad de vida de las clases medias europeas, cuya renta disponible se ve erosionada por una inflación que, aunque se modera, ha dejado los precios de los productos básicos un 20% por encima de los niveles prepandemia. Este hecho revela una desconexión entre la agenda geopolítica de Bruselas y la realidad económica de los Estados miembros.
«Europa corre el riesgo de convertirse en un protectorado económico de Washington si no recupera su autonomía estratégica y energética», sentencian voces cercanas al análisis de De Castro. La consecuencia de este seguidismo es una Unión Europea que actúa como amortiguador de los conflictos de terceros, asumiendo los costes pero no los beneficios de las nuevas configuraciones de poder. El diagnóstico final es que el bloque ha calculado mal su capacidad de resistencia en una guerra larga, hipotecando su capacidad de competir con el bloque euroasiático liderado por China y Rusia en la próxima década.
las advertencias de Juan Antonio de Castro subrayan una verdad incómoda: el coste de la guerra en Ucrania es el certificado de defunción de la competitividad europea tal y como la conocíamos. El diagnóstico final es el de un continente que ha sacrificado su PIB en el altar de una geopolítica que no controla. Mientras Donald Trump reconstruye el muro arancelario y Vladimir Putin juega la carta nuclear, Europa descubre, con cuatro años de retraso, que en la mesa de las grandes potencias, quien no sabe defender su bolsillo termina pagando la cuenta de todos los comensales.