China presiona a Sánchez para tumbar el plan industrial europeo

Pekín pide a Madrid que frene el “Made in EU” mientras Moncloa busca inversiones, tecnología y un papel chino para desactivar la guerra con Irán.

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Foto de Nick Fewings en Unsplash
China Foto de Nick Fewings en Unsplash

La jugada es quirúrgica: China está “presionando” a España para que ayude a bloquear las nuevas reglas europeas que pretenden blindar a las empresas del bloque. Bruselas, por su parte, prepara un giro de calado: compras públicas con cupos “Made in EU” y filtros a la inversión extranjera en sectores estratégicos. En medio, Sánchez aterriza en Pekín con una mochila incómoda: 42.000 millones de déficit comercial con China en 2025. Y un tablero geopolítico más áspero: pide a Xi que use su influencia para frenar la guerra con Irán.

La ofensiva discreta de Pekín en Bruselas pasa por Madrid

El mensaje que llega desde Pekín a los despachos europeos no se limita a una queja formal por “proteccionismo”. Según fuentes citadas por Bloomberg, China trasladó a Sánchez su malestar por el endurecimiento regulatorio comunitario y le pidió a España que ayudara a descarrilar propuestas destinadas a reforzar la competitividad europea. Es un movimiento de manual: localizar el eslabón más proclive al diálogo —y con intereses industriales por atraer— para fracturar la posición común.

La clave es que el debate ya no va de aranceles puntuales, sino de diseño del mercado: quién puede vender, invertir y participar en la compra pública. España, que en los últimos años ha cultivado una relación menos confrontativa con China que otros socios, se convierte así en un objetivo natural. Lo más grave es el precedente: si Madrid actúa como “puente” para desactivar el giro industrial europeo, el coste político dentro de la UE puede multiplicarse.

El “Made in EU” que incomoda: cupos y filtros a la inversión

La Comisión ha puesto sobre la mesa el Industrial Accelerator Act, un paquete pensado para elevar el peso manufacturero en el PIB de la UE del 14,3% (2024) al 20% en 2035. El instrumento más sensible es, precisamente, el que China interpreta como una discriminación: requisitos de contenido europeo en compras públicas y ayudas, sobre todo en acero, cemento, aluminio, automóvil y tecnologías net-zero.

Los números explican la alarma: el borrador fija mínimos de 70% “Made in EU” en vehículos eléctricos, y 25% en aluminio y cemento para contratación pública, además de metas ligadas a productos “low-carbon”. Y añade un segundo candado: condiciones para grandes inversiones extranjeras en sectores estratégicos a partir de 100 millones de euros cuando el inversor controle más del 40% de la capacidad mundial; entre otros requisitos, se exige al menos un 50% de empleo de trabajadores de la UE.

El talón de Aquiles español: 58.000 millones de comercio, 42.000 de agujero

La dependencia comercial funciona como palanca. En 2025, el intercambio España–China superó 58.000 millones de euros, pero con una asimetría persistente: 50.000 millones fueron compras españolas de productos chinos. El resultado es un déficit que RTVE cifra en más de 42.000 millones. Y la fotografía es aún más incómoda: China ya representa un 11% de todas las importaciones españolas, mientras que solo el 2% de las ventas exteriores termina allí.

En Pekín, Sánchez verbalizó la tensión con una frase que retrata el dilema europeo:
“España necesita que China se abra para que Europa no tenga que cerrarse… el déficit es insostenible a medio y largo plazo.”

El diagnóstico es inequívoco: Madrid quiere corregir el desequilibrio sin incendiar la relación. Pero esa prudencia es, justamente, el espacio donde Pekín intenta colar su presión.

Tecnología a cambio de mercado: la transferencia como línea roja europea

La visita de Sánchez no se limita a la balanza comercial. España busca alianzas industriales y tecnológicas con empresas chinas que vayan más allá del simple “intercambio de productos”, en palabras del propio presidente en actos con compañías. Moncloa, además, ha oficializado memorandos para facilitar inversiones y acceso al mercado chino para bienes y servicios españoles.

El problema es que el nuevo marco europeo —y la experiencia acumulada— ha convertido la transferencia tecnológica en una obsesión defensiva. Bruselas intenta garantizar que la inversión extranjera deje “valor” dentro del bloque: empleo, conocimiento, capacidad productiva. China, en cambio, ve en esos requisitos una frontera a su expansión industrial y, por extensión, a su ventaja en precio y escala. No es casual que Pekín haya calificado el plan de barrera y discriminación institucional.

Irán como moneda diplomática en una negociación económica

La geopolítica no aparece como decorado: condiciona el margen de negociación. Sánchez ha pedido a China que use su influencia para contribuir a detener las guerras en Irán y Ucrania, apelando a sus vínculos con Teherán y Moscú. En paralelo, la relación de España con Washington se ha tensado por el rechazo explícito de Moncloa a la guerra en Irán y por restricciones al uso de espacio aéreo y bases vinculadas a ese conflicto, según AP.

Este hecho revela una ecuación incómoda: si China se ofrece como actor diplomático “útil”, Madrid podría sentirse tentada a bajar el tono en la agenda industrial europea para preservar canales. Sin embargo, lo que la UE discute no es un gesto retórico, sino una respuesta estructural a la competencia global y a la dependencia tecnológica.

El riesgo de fractura europea: lecciones recientes y coste reputacional

Europa ya ha vivido este pulso. En 2024, España pidió evitar una escalada “proteccionista” con China en el debate sobre medidas comerciales, una señal de su apuesta por el diálogo. Pero el contexto de 2026 es más severo: la Comisión no solo habla de comercio, sino de reindustrialización y de blindaje de sectores críticos.

La consecuencia es clara: si España aparece como el socio que diluye el “Made in EU”, el contraste con otras capitales (París, Berlín o Roma) resultará demoledor en los Consejos y en el Parlamento. Y hay un precedente que Bruselas no olvida: cuando un Estado miembro actúa como “válvula” para terceros países, el castigo suele llegar por la vía de la confianza política y la negociación presupuestaria. En un momento en que la UE intenta elevar su músculo industrial y su autonomía estratégica, el margen para ambigüedades se estrecha.

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