La Habana acusa a diez cubanos residentes en EEUU de intentar una infiltración armada con fines terroristas a menos de una milla de su costa

Cuba abate a cuatro exiliados armados llegados en lancha de Florida

La frontera más sensible de Cuba, el estrecho de Florida, volvió a cruzarse este miércoles por la vía más explosiva posible: a disparos. El Ministerio del Interior cubano asegura que una lancha rápida con matrícula de Florida y diez ocupantes armados abrió fuego contra una patrullera de las Tropas Guardafronteras a menos de una milla de la costa, cerca de Cayo Falcones, en la provincia de Villa Clara. El balance oficial es contundente: cuatro muertos, seis heridos y un oficial cubano ingresado. Según La Habana, todos los implicados son cubanos residentes en Estados Unidos y el grupo pretendía “realizar una infiltración con fines terroristas”. Entre los detenidos figuran Amijail Sánchez González y Leordan Enrique Cruz Gómez, ya reclamados por causas de terrorismo, y se señala a Duniel Hernández Santos como enlace enviado desde EEUU para asegurar la operación.

EPA/ERNESTO MASTRASCUSA
EPA/ERNESTO MASTRASCUSA

Diez hombres, una lancha y un tiroteo

Los hechos, tal y como los relata el Ministerio del Interior, se desarrollan de madrugada. Una embarcación rápida, un powerboat de 7,3 metros (24 pies) fabricado en 1981 y registrado en Florida, se aproxima a la zona del canal de El Pino, habitual corredor de vigilancia en la costa norte. Cuando la patrullera cubana intenta identificarla, la lancha maniobra evasivamente y, siempre según la versión oficial, sus ocupantes abren fuego contra los guardafronteras, hiriendo al jefe de la unidad.

La respuesta es inmediata: la tripulación cubana responde al fuego y se produce un intercambio de disparos que termina con cuatro ocupantes abatidos y seis heridos, todos ellos evacuados posteriormente a hospitales de la isla. El Gobierno ha identificado el hallazgo de fusiles de asalto, armas cortas, artefactos explosivos de fabricación casera, cócteles molotov, chalecos antibalas y ropa de camuflaje.

La operación se presenta como un éxito de “neutralización” en un escenario que combina disidencia política, exilio radicalizado y crimen transnacional. La consecuencia inmediata es clara: Cuba refuerza su relato de país asediado por acciones violentas organizadas desde territorio estadounidense, mientras Estados Unidos se ve obligado a reaccionar para aclarar hasta dónde llega la responsabilidad de personas que, aunque actuaran por cuenta propia, residían bajo su jurisdicción.

Los nombres que La Habana pone en la diana

En un movimiento poco habitual por su nivel de detalle, las autoridades cubanas han difundido la identidad de los seis supervivientes, todos nacidos en la isla pero residentes en Estados Unidos. Entre ellos, destacan Amijail Sánchez González y Leordan Enrique Cruz Gómez, a quienes el Gobierno sitúa en su lista nacional de buscados por delitos vinculados a “promoción, organización, financiamiento o ejecución de acciones terroristas”.

El relato oficial se completa con la detención en tierra de Duniel Hernández Santos, presentado como el hombre enviado desde Estados Unidos para asegurar la recepción de la infiltración. Según el Ministerio del Interior, Hernández se encontraría “confesando sus acciones”, un extremo imposible de verificar de manera independiente en este momento, pero clave para la narrativa de La Habana: la de una red coordinada entre territorio norteamericano y estructuras clandestinas dentro de la isla.

Lo más grave, desde la óptica cubana, es la conexión entre este episodio y un patrón más amplio de figuras del exilio dispuestas a pasar de la oposición política a la acción armada. Para Washington, en cambio, el foco se desplaza hacia otra pregunta: en qué medida las autoridades estadounidenses conocían los movimientos de individuos ya señalados por Cuba como terroristas y residentes en su territorio. Ese ángulo abre la puerta a reclamaciones diplomáticas, pero también a presiones internas en Florida, donde el voto cubanoamericano resulta decisivo en múltiples contiendas.

Una operación en plena tormenta política con Washington

El incidente se produce en el peor momento posible para la relación bilateral. Cuba atraviesa una crisis económica severa, con caídas del PIB acumuladas en torno al 10% en los últimos años, apagones recurrentes y una salida masiva de población hacia Estados Unidos. A la vez, Washington mantiene un régimen de sanciones reforzado, solo parcialmente modulado en materia energética para evitar un colapso humanitario total en la isla.

En este contexto, La Habana presenta la interceptación de la lancha como una prueba adicional de que “el territorio de Estados Unidos se utiliza como plataforma para organizar acciones armadas contra Cuba”. No es un argumento nuevo, pero gana tracción cuando se acompaña de nombres, armas incautadas y un escenario de tiroteo a escasos kilómetros del litoral.

Del lado estadounidense, el mensaje público –encabezado por el secretario de Estado, Marco Rubio, y por las autoridades de Florida– insiste en dos ideas: que no se trató de una operación del Gobierno de Estados Unidos y que será necesaria una verificación independiente de lo ocurrido antes de aceptar el relato cubano. El contraste con otras crisis recientes, como la operación militar estadounidense contra el régimen venezolano, aliado clave de La Habana, resulta inevitable. El resultado práctico es una escalada retórica que complica cualquier intento de distensión a corto plazo.

Exilio cubano: entre el activismo político y la violencia armada

El episodio de Villa Clara reabre una caja negra histórica: la de la violencia política ligada a sectores del exilio cubano. En los años 60 y 70, grupos de exiliados llegaron a protagonizar más de un centenar de atentados con bombas en Estados Unidos, hasta el punto de que el FBI llegó a calificar Miami como “capital del terrorismo” en aquel periodo. Entre los hitos más oscuros figura el atentado contra el vuelo 455 de Cubana de Aviación en 1976, en el que murieron 73 personas, muchos de ellos jóvenes deportistas.

Desde entonces, la mayor parte de la comunidad –hoy más de 1,3 millones de personas de origen cubano en Estados Unidos– ha transitado hacia formas de presión política, mediática y económica alejadas de la acción armada. Sin embargo, el incidente de la lancha demuestra que persisten núcleos minoritarios dispuestos a retomar la vía violenta, impulsados tanto por la radicalización ideológica como por la frustración ante la permanencia del régimen.

Para el Gobierno cubano, cada episodio de este tipo tiene un doble valor: permite reforzar la idea de “plaza sitiada” hacia dentro y proporciona munición diplomática hacia fuera. Para Washington y para el propio exilio moderado, en cambio, la consecuencia es corrosiva: cada nueva acción armada erosiona la legitimidad de las demandas democráticas y alimenta la narrativa oficialista de que toda oposición es terrorismo.

El ángulo jurídico: terrorismo, jurisdicción y responsabilidad internacional

Más allá del intercambio de acusaciones, el caso plantea un complejo entramado jurídico. Si se confirma que la lancha partió de Florida y que sus ocupantes residían legalmente en Estados Unidos, Washington podría enfrentarse a reclamaciones por no haber impedido la salida de una operación armada desde su territorio, especialmente cuando algunos de los implicados ya figuraban en listas de buscados del Estado receptor.

La tipificación de los hechos como terrorismo o simple crimen organizado tampoco es un matiz menor. Si la versión cubana es cierta –armamento de guerra, explosivos, objetivos políticos–, estaríamos ante una acción que encaja en las definiciones habituales de terrorismo internacional. Pero la falta de observadores independientes, la opacidad del sistema judicial cubano y el historial de causas políticas plantean dudas sobre la posibilidad de un juicio con garantías para los detenidos.

Por otro lado, la jurisdicción sobre un incidente ocurrido “a menos de una milla náutica” de la costa cubana refuerza el argumento de La Habana sobre la defensa de su soberanía, pero no elimina la necesidad de cooperación policial y judicial transfronteriza. El resultado más probable es una combinación de procesos penales en Cuba y causas abiertas en Estados Unidos, con escasas probabilidades de extradición pero alto impacto político.

Impacto económico: remesas, sanciones y riesgo país

Aunque el tiroteo se encuadra en la sección de Internacional, las derivadas económicas son ineludibles. Un aumento de la tensión entre Washington y La Habana puede traducirse en mayor presión sobre las remesas, que en los últimos años han supuesto entre el 6% y el 8% del PIB cubano, y que dependen en buena medida de la comunidad instalada en Florida. Cada vez que se estrechan los controles bancarios o se sancionan intermediarios financieros, el impacto sobre los hogares cubanos es inmediato.

Al mismo tiempo, el incidente refuerza a los sectores del Congreso estadounidense partidarios de endurecer aún más las sanciones y limitar cualquier flexibilización en materia de viajes, visados o comercio no humanitario. Para los inversores extranjeros, especialmente europeos y canadienses, el mensaje es claro: el riesgo político de operar en Cuba sigue al alza, con un entorno normativo volátil y una creciente exposición a sanciones secundarias.

En la isla, el Gobierno utilizará previsiblemente el episodio para justificar nuevas prioridades presupuestarias en defensa y seguridad interior, en un momento en que el país sufre carencias crónicas de combustible, medicamentos y alimentos básicos. La consecuencia es un círculo vicioso: más tensión política, más gasto militar relativo, menos margen para reformas económicas profundas.

Lo que no encaja en el relato oficial

Como en casi todos los episodios de alta intensidad política, abundan las zonas grises. No está claro, por ejemplo, cómo una embarcación de recreo registrada en Florida pudo salir cargada de rifles, explosivos y chalecos antibalas sin levantar sospechas en puertos o marinas. Tampoco se conocen los presuntos objetivos concretos de la acción: si se trataba de atentar contra infraestructuras, de introducir armas o de extraer a determinadas personas de la isla.

Las dudas se extienden asimismo al tratamiento de los detenidos. El anuncio de que uno de ellos “confiesa” su participación antes de que se conozca la mínima información procesal encaja con un patrón de procesos opacos en causas políticas en Cuba, documentado por organizaciones de derechos humanos tras las protestas de julio de 2021 y otras oleadas represivas.

El contraste con el escepticismo expresado desde Washington es demoledor. El secretario de Estado ha dejado claro que Estados Unidos no aceptará sin más la versión de los hechos proporcionada por La Habana, y que buscará reconstruir el incidente con sus propios medios de información e inteligencia. Entre tanto, el vacío de datos verificables abre espacio a la propaganda cruzada y a la construcción de relatos contrapuestos para consumo interno en ambos países.

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