Mientras la Casa Blanca presenta la isla como campo de batalla geopolítico entre Estados Unidos, China y Rusia

Dinamarca niega amenaza militar china en Groenlandia frente a Trump

EPA/SHAWN THEW

El ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen, salió este miércoles al paso de una de las tesis favoritas de la Casa Blanca de Donald Trump: la supuesta amenaza china sobre Groenlandia. Desde Washington, y tras reunirse con altos cargos estadounidenses, el jefe de la diplomacia danesa fue categórico al afirmar que la isla ártica no está bajo presión estratégica de Pekín.

«No hay buques de guerra chinos frente a la costa de Groenlandia ni inversiones masivas de Pekín en la isla», declaró Rasmussen ante los periodistas, desmontando la imagen de una presencia militar oriental al acecho.

Sus palabras chocan frontalmente con el discurso del propio Trump, que ha justificado reiteradamente su interés en hacerse con Groenlandia por el temor a la influencia de China y Rusia.

El choque de relatos se visualizó de forma cruda cuando la propia Casa Blanca difundió una imagen propagandística: trineos tirados por perros, banderas groenlandesas rasgadas hacia dos direcciones y una pregunta directa: «¿Hacia dónde, hombre de Groenlandia?».

El contraste es evidente: mientras Washington dramatiza un pulso a tres bandas, Copenhague insiste en que el riesgo hoy no procede de fragatas chinas, sino de la escalada verbal del aliado estadounidense.

Un mensaje directo a Washington

El desmentido de Rasmussen no es una matización técnica, sino una señal política dirigida a la Casa Blanca y al propio Trump. El ministro danés no niega la creciente relevancia estratégica del Ártico ni el interés de China por la región, pero se resiste a aceptar que Groenlandia se utilice como pretexto para una campaña de anexión de facto.
Dinamarca recuerda que Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino, con apenas 56.000 habitantes, mayoritariamente inuit, y que cualquier decisión sobre su futuro debe pasar por Copenhague y Nuuk, no por un despacho en Washington.
El mensaje es doble: por un lado, desmontar la narrativa de emergencia militar que Trump repite —alertando de supuestos movimientos chinos y rusos en torno a la isla—; por otro, dejar claro que ni Dinamarca ni Groenlandia son un “activo” negociable.
Este hecho revela la grieta que se abre dentro de la propia OTAN: mientras Estados Unidos invoca la seguridad nacional para justificar un cambio de estatus de la isla, un aliado histórico —Dinamarca— replica que la amenaza está sobredimensionada y que las reglas del juego siguen siendo las del derecho internacional. La consecuencia es clara: si Washington insiste en el relato de “rescate” frente a China, puede acabar aislando a uno de sus socios más cercanos en el norte de Europa.

Más símbolos que buques de guerra

La frase de Rasmussen sobre la ausencia de buques chinos frente a Groenlandia no es retórica; responde a un dato tangible: no existe, a día de hoy, despliegue naval chino permanente en torno a la isla ni bases militares de Pekín en territorio groenlandés.
Eso no implica que el Ártico esté desmilitarizado. Estados Unidos mantiene desde la Segunda Guerra Mundial una presencia consolidada, con la base espacial y de alerta temprana de Pituffik —antigua Thule— como piedra angular de su sistema de defensa de misiles y vigilancia espacial.
Tampoco Dinamarca se queda cruzada de brazos: el Gobierno ha anunciado el refuerzo de capacidades árticas con patrulleras, vigilancia aérea y drones, en coordinación con otros aliados como Noruega o Suecia.
Lo que plantea Rasmussen, en el fondo, es una cuestión de proporciones. Frente a la imagen de una Groenlandia cercada por flotas chinas y submarinos rusos, la realidad es que el actor militar dominante sigue siendo Estados Unidos, y que el debate actual gira más en torno a quién controla la narrativa —y eventualmente la soberanía— que a un equilibrio real de fuerzas sobre el terreno. El diagnóstico es inequívoco: el riesgo no es una invasión silenciosa de Pekín, sino una escalada política interna en el seno de la Alianza Atlántica.

La huella económica real de China en la isla

Donde China sí ha intentado avanzar es en el terreno económico, especialmente en minería e infraestructuras. En la última década, empresas chinas han participado o intentado participar en al menos cuatro grandes proyectos mineros en Groenlandia, centrados en tierras raras, hierro y metales básicos, clave para la transición energética y la industria militar.
Asimismo, hubo un intento de entrada en la ampliación de tres aeropuertos estratégicos —incluido el de la capital, Nuuk— que disparó las alarmas en Copenhague y Washington, hasta el punto de que Dinamarca intervino con financiación pública para excluir a las constructoras chinas.
Sin embargo, la foto de 2026 es muy diferente a la que describe la Casa Blanca. Varios de esos proyectos han quedado congelados, bien por decisiones políticas groenlandesas —como la prohibición de la minería de uranio—, bien por la retirada de capital chino ante las crecientes tensiones geopolíticas. Hoy, el único vínculo relevante es una participación minoritaria china en un proyecto de tierras raras en el sur de la isla, también paralizado.
Lo más grave, desde la óptica danesa, es que se utilice esa huella económica limitada para justificar una narrativa de “colonización” china que no se corresponde con los datos. Pekín está presente, pero muy lejos del escenario de inversiones “masivas” que vende Washington.

El legado de los intentos frustrados de compra

Trump no es nuevo en su fijación por Groenlandia. Ya en su anterior etapa en la Casa Blanca puso sobre la mesa la idea de comprar la isla, provocando un choque diplomático que Dinamarca calificó de “absurdo”. Ahora, el discurso regresa con un tono más agresivo: se mezcla la idea de adquirir el territorio con insinuaciones sobre el uso de la fuerza si la negociación fracasa.
En paralelo, la Casa Blanca recurre a una iconografía simplificada: Groenlandia aparece como una encrucijada entre dos polos, el occidental y el asiático, donde sus habitantes deben elegir bando. La imagen del trineo desgarrado entre banderas estadounidense, china y rusa sintetiza esa visión de “o con nosotros o contra nosotros”.
Este hecho revela una estrategia más amplia: transformar un problema de gobernanza ártica —cómo gestionar recursos, rutas marítimas y seguridad— en una prueba de lealtad geopolítica. El contraste con la posición danesa resulta demoledor. Copenhague insiste en que Groenlandia no está en venta y que cualquier intento de imponer cambios de estatus sería una vulneración directa de la soberanía del Reino.
El riesgo es que la insistencia de Trump en “conquistar” la isla convierta la cooperación en el Ártico en un nuevo frente de fricción permanente dentro de la OTAN.

Groenlandia, punto ciego de la OTAN

Groenlandia ocupa una posición estratégica única: situada en el llamado corredor GIUK (Groenlandia–Islandia–Reino Unido), es un punto de paso obligado para submarinos, bombarderos y comunicaciones entre el Atlántico Norte y el Ártico.
Desde la Guerra Fría, la isla ha sido pieza central del dispositivo de defensa norteamericano, pero paradójicamente ha quedado en un segundo plano en el debate público europeo. Solo ahora, con el deshielo acelerando nuevas rutas y la rivalidad con China y Rusia en aumento, Bruselas empieza a mirar al mapa y a reconocer que el flanco ártico es tan sensible como el oriental.
La OTAN se encuentra ante una paradoja incómoda. Por un lado, comparte el diagnóstico de que el Ártico se ha convertido en un espacio de competencia estratégica global. Por otro, debe gestionar que uno de sus miembros impulse un relato de amenaza que el aliado directamente afectado —Dinamarca— desmiente de forma tajante.
Si la Alianza se alinea sin matices con la narrativa de Washington, corre el riesgo de legitimar una escalada que las propias autoridades groenlandesas no consideran necesaria. Si, por el contrario, respalda la visión danesa, podría alimentar la sensación en la Casa Blanca de que Europa no se toma en serio la rivalidad con China. La tensión, de momento, queda sin resolver.

Minerales críticos y rutas del deshielo

Más allá de la geopolítica inmediata, Groenlandia concentra dos activos que explican el interés de las grandes potencias: minerales críticos y nuevas rutas marítimas. La isla alberga importantes reservas de tierras raras, uranio, zinc y níquel, recursos esenciales para la electrificación, las baterías y los sistemas de armas avanzados.
El deshielo del casquete polar —que cubre alrededor del 80% del territorio groenlandés— abre además la puerta a rutas de navegación más cortas entre Europa y Asia, así como a una explotación más intensiva de esos recursos.
En este contexto, no sorprende que China haya intentado posicionarse como socio económico de Groenlandia: acceso a minerales a largo plazo, contratos de infraestructuras y presencia en un corredor marítimo emergente. Pero tampoco sorprende que Estados Unidos y la UE quieran evitar que ese espacio se convierta en una prolongación de la Ruta de la Seda Polar.
El problema es que la lógica de la competencia estratégica se ha impuesto a la de la gobernanza compartida. En lugar de discutir cómo regular la explotación de recursos o cómo proteger ecosistemas frágiles, el debate se centra en quién “pierde” Groenlandia si el otro se acerca. El resultado es un clima de sospecha mutua donde los matices —como el que introduce Rasmussen al negar una amenaza militar china inmediata— quedan arrasados.

El tablero interno: Dinamarca, Groenlandia y la UE

La posición de Rasmussen también refleja equilibrios internos delicados. Dinamarca necesita demostrar a su opinión pública que no se inclina ante las presiones de Washington, mientras gestiona una relación compleja con un Gobierno groenlandés que aspira a un mayor grado de autodeterminación pero que, al mismo tiempo, depende de la ayuda financiera danesa, que ronda el 20% del PIB de la isla según estimaciones de analistas.
Por su parte, Groenlandia juega su propia partida. Ha coqueteado en el pasado con la idea de atraer capital chino como palanca para reducir la dependencia de Copenhague, pero el endurecimiento del contexto geopolítico y las movilizaciones locales contra ciertos proyectos mineros han frenado esa estrategia.
La UE, mientras tanto, intenta no quedar fuera de juego. Bruselas ha comenzado a hablar de “soberanía estratégica” en minerales críticos y mira a Groenlandia como parte de una posible solución europea a la dependencia de China en tierras raras. Pero para ello necesita coordinarse con Dinamarca y, por extensión, con Estados Unidos, lo que convierte cada declaración sobre la isla en una pieza más de un puzzle diplomático extremadamente delicado.