Dinamarca choca con Trump y Francia abre consulado en Nuuk: pulso por Groenlandia

Groenlandia, autonomía danesa, es foco de tensión entre EEUU y Europa por seguridad, rutas, minerales y control del Ártico.
Greenland cc pexels-denis-ovsyannikov-1411283-3670415
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En plena reconfiguración del tablero internacional, una isla cubierta de hielo se ha convertido en uno de los puntos más sensibles de la geopolítica contemporánea. Groenlandia, territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, está en el centro de un pulso directo entre Estados Unidos y Europa. El Gobierno danés habla ya sin rodeos de un “desacuerdo fundamental” con Donald Trump, mientras Francia acelera la apertura de un consulado en Nuuk como “señal política” frente a las ambiciones de la Casa Blanca. Detrás del choque diplomático hay mucho más que retórica: seguridad, rutas marítimas, minerales críticos y el control del Ártico del siglo XXI.

Un desacuerdo que ya es estructural

Tras las esperadas conversaciones en Washington con el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio, el ministro de Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen, fue cristalino: persiste un “desacuerdo fundamental” con el presidente Trump sobre Groenlandia. Estados Unidos no esconde su objetivo: Trump sostiene que “la OTAN debería ayudar” a que la isla pase a manos estadounidenses y califica como “inaceptable” cualquier escenario que no implique el control directo de Washington.

La reunión, de aproximadamente una hora, terminó con la creación de un grupo de trabajo para explorar vías de cooperación que “atiendan las preocupaciones de seguridad estadounidenses respetando al mismo tiempo las líneas rojas del Reino de Dinamarca”. Traducido: Copenhague acepta hablar de seguridad, pero no de soberanía. Dinamarca recuerda además que ya existe un tratado de 1951 que permite a EE. UU. establecer bases militares en la isla con consentimiento danés y groenlandés. Washington puede reforzar presencia, pero no “comprar” o “conquistar” el territorio.

El problema, como admitió Løkke Rasmussen, es que “sigue siendo claro que el presidente tiene ese deseo de hacerse con Groenlandia”, algo que choca frontalmente con los intereses de Copenhague y con la propia voluntad de los groenlandeses.

El Ártico se militariza: más banderas, más barcos

Mientras se trenzan argumentos diplomáticos en Washington y Bruselas, en el mapa del Ártico se mueven piezas muy concretas. Dinamarca ha anunciado un aumento de su “presencia militar y actividad de ejercicios” en el Ártico y el Atlántico Norte, en cooperación con aliados de la OTAN. El mensaje es doble: a Trump, que no habrá vacío de seguridad que justificaría una “tutela” estadounidense; a Rusia y China, que Copenhague y sus socios no piensan dejar el flanco norte desprotegido.

El ministro de Defensa Troels Lund Poulsen ha sido explícito: en un entorno en el que “nadie puede predecir qué va a pasar mañana”, habrá más aviones, más buques y más soldados “en y alrededor de Groenlandia”, incluidos efectivos de otros aliados. Suecia ya ha anunciado el envío de oficiales en el marco del ejercicio danés “Operation Arctic Endurance”, y Noruega ha hecho lo propio con personal destinado a evaluar nuevas fórmulas de cooperación.

En paralelo, Trump repite que Groenlandia es “vital” para el programa de defensa antimisiles Golden Dome y para la seguridad nacional estadounidense frente a hipotéticas maniobras rusas y chinas. Pero el aumento de actividad militar aliada sugiere otro ángulo: la OTAN ya está allí; lo que está en disputa no es la seguridad, sino quién manda sobre el territorio y sus recursos.

Los groenlandeses hablan: entre la defensa social y el hartazgo

Mientras en Washington se discuten conceptos estratégicos y en Copenhague se diseñan despliegues, la conversación en Nuuk es mucho más directa. En la calle principal de la capital, los testimonios recogidos reflejan una mezcla de desconcierto e irritación. Vecinos como Lars Vintner ironizan con que “los únicos chinos” que ve son los del fast food del barrio y aseguran no haber visto jamás barcos rusos o chinos en sus salidas a navegar o cazar.

Para muchos residentes, la narrativa de Trump sobre una Groenlandia amenazada por flotas enemigas es poco más que fantasía útil para justificar un plan de adquisición. “La seguridad es solo una excusa”, deslizan voces locales que sospechan que el verdadero interés pasa por explotar de forma directa los recursos minerales y energéticos que afloran a medida que el hielo retrocede.

Hay también una dimensión social nada menor. Estudiantes como Mikaelsen recuerdan que la pertenencia al Reino de Dinamarca garantiza sanidad gratuita, educación y apoyo económico durante los estudios. Esa red de bienestar es percibida como un pilar de estabilidad que no quieren perder bajo una hipotética administración estadounidense. En palabras sencillas: los groenlandeses se saben estratégicamente valiosos, pero no están dispuestos a convertirse en botín de un regateo geopolítico.

Francia entra en escena: un consulado como mensaje

El dossier Groenlandia ya no es solo un asunto bilateral entre Copenhague y Washington. París ha decidido incorporarse al tablero con un gesto cargado de significado: el ministro de Exteriores Jean-Noël Barrot ha confirmado que Francia abrirá su primer consulado en Nuuk el 6 de febrero, una decisión que define abiertamente como “señal política”.

La medida venía anunciada desde la visita de Emmanuel Macron a Groenlandia en junio, pero se acelera ahora en pleno ruido por las amenazas de Trump de “quedarse” con la isla. El propio Elíseo ha criticado abiertamente “las ambiciones” de Washington sobre el territorio danés. Un alto cargo del Quai d’Orsay ya explicó en el Senado que la apertura de la legación responde a un cálculo “geoestratégico” destinado a contrarrestar las pretensiones de la Casa Blanca.

Con un coste estimado de 500.000 euros y apoyo logístico de Dinamarca, el consulado se suma a la presencia de Estados Unidos e Islandia y al próximo desembarco de Canadá. Europa, en suma, se niega a mirar hacia otro lado mientras el Ártico se transforma en un espacio de competencia abierta entre potencias.

Lo que realmente está en juego en Groenlandia

Más allá de la escenografía de declaraciones y de los cruces verbales, el núcleo del problema es simple: el deshielo del Ártico está redibujando el mapa económico y estratégico del planeta. El retroceso del hielo abre rutas marítimas más cortas hacia Asia y facilita el acceso a reservas de minerales críticos esenciales para la transición digital y tecnológica. El que controle Groenlandia no solo gana posición en la OTAN; gana un asiento privilegiado en la economía del futuro.

Trump formula el asunto en términos de seguridad nacional: o Estados Unidos controla la isla o lo harán Rusia y China. Pero para Copenhague, para los groenlandeses y ahora también para París, el dilema es otro: cómo responder a las nuevas amenazas sin convertir un territorio autónomo en objeto de una subasta geoestratégica.

Entre un presidente estadounidense que habla sin ambages de “conquistar” Groenlandia, una Dinamarca que refuerza su presencia militar y unos aliados europeos que empiezan a plantar bandera, el mensaje que sale de Nuuk es inequívoco: la población quiere seguridad y desarrollo, sí, pero sin renunciar a su vínculo con Dinamarca ni a su derecho a decidir su futuro.

Que ese deseo se respete o no será una de las pruebas más claras de hasta qué punto las grandes potencias están dispuestas a aceptar límites en la pugna por el último gran espacio virgen del planeta. El Ártico deja de ser periferia para convertirse en centro. Y Groenlandia, en su termómetro.

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