Dmitriev cifra en 3 billones la factura europea por vetar el gas ruso
El enviado económico de Putin atribuye a la ruptura energética el malestar industrial alemán y busca foto con la AfD en el foro de San Petersburgo.
“Colapso”. Esa es la palabra que Moscú vuelve a poner sobre la mesa. Kirill Dmitriev, hombre fuerte del RDIF y enviado de Putin, asegura que Europa se ha infligido una herida que ya suma €3 billones. Lo más sensible: señala a Alemania, al desgaste de Merz y a la energía como detonante. Y remata con un gesto político: cita con la AfD en el SPIEF, en pleno pulso por las sanciones.
La cifra de los €3 billones y la narrativa de Moscú
Dmitriev presenta la ruptura energética como una bomba de relojería: Europa habría perdido €3 billones por rechazar los hidrocarburos rusos, y países como Alemania estarían “tomando conciencia” de ello. El planteamiento busca un culpable único —el veto político— y una consecuencia automática —el hundimiento económico—. Sin embargo, el propio giro europeo muestra un paisaje más complejo: la UE ha reducido drásticamente su exposición, no sin costes, pero con una sustitución real de volúmenes. La Comisión cifra la caída de importaciones de gas ruso desde 150 bcm (2021) a 52 bcm (2024) y una reducción del peso del gas ruso del 45% al 19%.
Ese contraste es clave. El diagnóstico de “colapso” funciona como eslogan, pero choca con la evidencia de que el sistema no se ha apagado: ha reconfigurado rutas, contratos y precios. La consecuencia es clara: Moscú intenta traducir la fatiga social por la energía en una grieta política utilizable dentro de la UE.
El verdadero termómetro es Alemania, no el titular
El ataque retórico apunta al corazón industrial europeo. Dmitriev enlaza la “crisis energética” con la erosión del Gobierno alemán y subraya que el canciller Friedrich Merz registra mínimos históricos de apoyo. Encuestas citadas por Morning Consult sitúan su aprobación en torno al 19%, un dato extraordinariamente bajo para un líder europeo en ejercicio.
Pero el deterioro político no equivale a derrumbe macroeconómico. La propia Comisión Europea prevé para Alemania un avance contenido tras años débiles: 0,2% en 2025 y 0,6% en 2026, con mejora gradual en 2027. Y los datos de actividad muestran pulsos irregulares, no un apagón: el PIB alemán habría crecido 0,3% en el primer trimestre de 2026, por encima de lo esperado.
Lo más grave, por tanto, no es el “colapso” en sí, sino el desgaste: energía más cara y volatilidad prolongada que se convierten en munición para el debate interno.
La factura energética sigue abierta, aunque cambie el origen
Europa ha conseguido diversificar, pero no blindarse. El precio vuelve a ser el nervio. En los últimos días, los futuros europeos del gas (TTF) se han acercado a 49 €/MWh, impulsados por tensiones geopolíticas y miedo a interrupciones de suministro. Euronews advierte de un repunte fuerte en 2026 y de un riesgo de repetir episodios de tensión “tipo 2022” si coinciden inventarios ajustados y shocks externos.
Ese matiz cambia el foco: la volatilidad no depende solo de Rusia, sino del mapa global del gas, del LNG y de conflictos que encarecen el transporte o alteran flujos. En paralelo, el termómetro social se recalienta: el coste energético se filtra a precios y salarios, y condiciona la política monetaria. En la eurozona, el paro se mantiene en 6,3%, pero el debate se desplaza a inflación y poder adquisitivo.
En otras palabras: Europa no se hunde, pero paga un “premium” de riesgo que erosiona competitividad y paciencia ciudadana.
Bruselas endurece el veto y convierte la energía en norma
Lejos de abrir la puerta al regreso del gas ruso, Bruselas ha ido en dirección contraria. El Consejo de la UE reconoce que la cuota rusa (sumando gasoducto y LNG) rondaba aún el 12% en 2025, pese al desplome del gas ruso por tubería hasta aproximadamente el 6%. Y el giro regulatorio se acelera: según la misma fuente, en enero de 2026 se adoptó un marco para prohibir importaciones de gas ruso con inicio el 18 de marzo de 2026 y la prohibición total antes de finales de 2027.
Este hecho revela una estrategia política: convertir la energía en un campo de cumplimiento, auditoría y sanción, no solo de mercado. Es el blindaje jurídico de una decisión geoestratégica. Para Moscú, ese cierre alimenta el relato del daño autoinfligido; para la UE, es la respuesta a un riesgo percibido como estructural.
“Al renunciar a la energía rusa, la UE se ha disparado tantas veces en el pie que ya no le quedan pies.”
AfD, SPIEF y la diplomacia paralela del Kremlin
El último movimiento de Dmitriev no es económico: es político. Ha confirmado un encuentro con representantes de Alternativa para Alemania (AfD) durante el Foro Económico Internacional de San Petersburgo (SPIEF). La invitación a diputados del partido —según informaciones que citan a POLITICO y fuentes internas de la AfD— encaja con un patrón: usar el malestar por costes y sanciones para legitimar interlocutores que cuestionan la línea dura europea.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras la UE intenta cerrar la puerta al gas ruso por norma, Rusia ensaya una apertura política por la rendija de los partidos antisistema. No se trata solo de una foto. Se trata de introducir la idea de que el “precio” de la estrategia europea se paga en empleo, industria y urnas.
Para Alemania, el riesgo es doble: la presión sobre el Gobierno y la tentación de soluciones simples. Para Europa, el riesgo es el efecto dominó: que la energía deje de ser política común y se fracture por dentro.
Competitividad, industria y el coste oculto de la volatilidad
El debate real no es si Europa “colapsa”, sino qué parte de su tejido productivo resiste peor un mercado energético más incierto. Alemania lo vive como dilema industrial; Bruselas, como prueba de cohesión. La Comisión admite que el shock de precios ha presionado costes y márgenes, enfriando inversión y consumo. Y, aun con precios más bajos que los picos de 2022, la volatilidad obliga a compensaciones públicas y a rediseñar ayudas.
No es casual que en Alemania se hable de planes de alivio y recortes de costes energéticos a varios años vista; el mensaje implícito es que la normalidad no volverá sola. En paralelo, el mercado del LNG sigue teniendo un componente ruso relevante en Europa, lo que complica el relato de “desconexión total”.
El diagnóstico es inequívoco: la energía se ha convertido en un factor de gobernabilidad. Dmitriev explota esa debilidad; la UE intenta cerrarla con regulación. Entre ambos, la industria europea paga la prima.