ITURRALDE alerta al Dow Jones: ¿Cómo usa Trump la guerra de Irán para manipular las bolsas de valores?
La tensión entre Estados Unidos e Irán vuelve a cruzarse con los mercados financieros, el petróleo y la guerra en Ucrania. El análisis de Alberto Iturralde, experto en Operativa DAX, plantea una lectura especialmente incómoda: las escaramuzas entre Washington y Teherán no serían episodios aislados, sino movimientos calculados dentro de una guerra de baja intensidad capaz de modular el miedo inversor sin romper del todo el equilibrio energético global.
La tesis es dura. Iturralde se pregunta, “¿Cómo usa Trump la guerra de Irán para manipular las bolsas de valores?”, el conflicto se administra con una precisión quirúrgica: suficiente tensión para sacudir las bolsas, pero no tanta como para destruir infraestructuras petroleras críticas o disparar el crudo hasta niveles inasumibles. En ese margen estrecho, los grandes fondos encuentran volatilidad, correcciones y oportunidades de entrada.
Mercados bajo tensión calculada
El mercado financiero reacciona de forma casi automática a cada titular sobre Irán. Sube el petróleo, caen los futuros, se activan coberturas, aumenta la demanda de activos refugio y los índices entran en fases bruscas de corrección. Después, si la tensión no escala, llega el rebote.
Iturralde sitúa ahí el núcleo de su crítica: el miedo se convierte en una herramienta de mercado. No porque cada caída sea artificial, sino porque determinados actores saben aprovecharla con precisión. La guerra de baja intensidad genera ventanas de compra para quienes tienen liquidez, paciencia y capacidad de interpretar el ruido geopolítico.
En este contexto, las bolsas no solo descuentan beneficios empresariales o tipos de interés. También descuentan misiles, declaraciones, sanciones y amenazas sobre el Golfo Pérsico. El precio de los activos se convierte así en un reflejo de la percepción del riesgo.
Irán y el petróleo
El petróleo es la pieza decisiva. Una guerra abierta contra Irán podría tensionar el Estrecho de Ormuz, disparar los seguros marítimos y colocar el crudo en niveles difíciles de sostener para la economía global. Sin embargo, Iturralde sostiene que las maniobras se mueven dentro de un límite: presión suficiente para condicionar el mercado, pero sin dañar de forma irreversible la infraestructura petrolera.
La razón es evidente. Estados Unidos no puede reemplazar de un día para otro todo el flujo energético que podría verse afectado por un corte en el Golfo. Un barril instalado por encima de 80 o 90 dólares ya presiona inflación, transporte, industria y consumo. Un salto desordenado sería mucho más peligroso.
Por eso, la clave no estaría en destruir, sino en administrar la tensión. El petróleo funciona como termómetro y como arma psicológica.
Bolsas, miedo y grandes fondos
El pequeño inversor suele interpretar estas crisis como una amenaza inmediata. Vende cuando ve caídas, reduce exposición cuando los titulares se endurecen y vuelve tarde cuando el mercado rebota. Los grandes fondos, en cambio, trabajan con otra escala.
El diagnóstico de Iturralde es duro: los episodios de pánico permiten comprar compañías sólidas a precios más bajos. Energía, defensa, banca, materias primas e incluso tecnología pueden moverse con fuerza cuando la tensión parece descontrolarse y después se modera.
Este patrón no exige una conspiración perfecta. Basta con una dinámica conocida: los mercados sobrerreaccionan al miedo y corrigen cuando comprueban que el peor escenario no llega. Quien sabe esperar gana ventaja.
La lectura más severa apunta a Europa. Según Iturralde, la Unión Europea vuelve a aparecer como actor subordinado a Washington, especialmente en materia militar y tecnológica. El gasto en defensa aumenta, pero una parte relevante termina orientándose hacia proveedores estadounidenses.
Europa paga más seguridad, pero no siempre gana más autonomía. El posible freno a proyectos propios de misiles de medio y largo alcance encaja en una tendencia preocupante: dependencia exterior, menor músculo industrial y pérdida de soberanía tecnológica.
En términos económicos, esto también afecta a los mercados europeos. Las empresas de defensa pueden beneficiarse, pero la industria continental queda atrapada entre energía cara, bajo crecimiento y falta de liderazgo tecnológico.
Ucrania como segundo frente
El análisis conecta además Irán con Ucrania. Para Iturralde, Moscú habría dejado de ver incentivos claros para negociar, especialmente ante una posición estadounidense cada vez más rígida. Esto abre la puerta a una prolongación del conflicto y a nuevas tensiones en regiones estratégicas como Odesa o Nicolaiev.
Si la guerra continúa, Europa afronta más gasto militar, más presión energética y más dependencia de Estados Unidos. El contraste resulta demoledor: Washington gana influencia, su industria de defensa se fortalece y Europa asume buena parte del coste económico y político.
La tesis final es incómoda, pero necesaria para entender la nueva fase global. Las guerras ya no se libran solo en el frente. También se libran en los mercados, en el petróleo, en los contratos de defensa, en las bolsas y en la deuda.
Iturralde plantea una advertencia: cuando la geopolítica se convierte en mecanismo de volatilidad, el inversor debe mirar más allá del titular. La pregunta no es solo si habrá guerra. La pregunta es quién gana dinero cada vez que el mercado cree que la habrá.