EE.UU abre salida parcial de su embajada en Israel
La Embajada de Estados Unidos en Jerusalén ha dado un paso que, en el lenguaje diplomático, equivale a encender la luz roja. El Departamento de Estado ha autorizado la salida de parte del personal destinado en Israel ante el aumento de los riesgos de seguridad, al tiempo que advierte a los ciudadanos estadounidenses de que pueden valorar abandonar el país mientras sigan operativas las rutas comerciales. La medida llega en paralelo al refuerzo militar estadounidense en Oriente Medio y a la llegada a aguas cercanas de la USS Gerald R. Ford, el mayor portaaviones del mundo. Sobre el terreno, Washington evita concretar las amenazas, pero la combinación de evacuación parcial, restricciones de movimiento y despliegue naval sugiere que el escenario de una escalada con Irán ya no es teórico. La incógnita, ahora, es hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos.
La fórmula utilizada por Washington —“authorized departure” de parte del personal— es técnica, pero el mensaje político es claro: la seguridad de los diplomáticos deja de darse por garantizada. No se trata aún de una evacuación total, sino de permitir que empleados catalogados como no esenciales y familiares salgan del país con el respaldo del Departamento de Estado. Este tipo de decisión suele tomarse tras evaluaciones de inteligencia que apuntan a riesgos crecientes y poco previsibles, y encaja con un patrón que Estados Unidos ha seguido en otras crisis recientes en Irak o Líbano.
La embajada en Jerusalén advierte, además, de que puede restringir o prohibir sin aviso previo los desplazamientos de sus propios empleados a zonas especialmente sensibles: partes de Israel, la Ciudad Vieja de Jerusalén y la mayor parte de Cisjordania. Ese tipo de restricciones ya aparecían en anteriores avisos de viaje, que recomendaban reconsiderar los desplazamientos a Israel y el West Bank y prohibían viajar a Gaza. La diferencia ahora es el contexto: un entorno militarizado en rápida transformación.
Autorización de salida: qué implica realmente
La autorización de salida es una figura intermedia entre la normalidad y la evacuación forzosa. De cara al interior, permite a los funcionarios más expuestos abandonar el país sin penalizaciones laborales ni económicas. De cara al exterior, lanza una advertencia a las empresas y a los ciudadanos: si Washington empieza a sacar gente, el umbral de tolerancia al riesgo se ha superado.
La embajada, en su mensaje, sugiere que las personas que se encuentren en Israel “pueden considerar abandonar el país mientras haya vuelos comerciales disponibles”. No es una orden, pero sí una forma velada de decir que las ventanas logísticas pueden cerrarse de golpe, como se vio durante la pandemia o en episodios de ataques masivos con misiles.
Para las compañías estadounidenses con presencia en Israel —desde tecnológicas a fondos de inversión— la señal es doble: por un lado, conviene revisar planes de continuidad de negocio; por otro, los seguros de riesgo político y de crédito pueden empezar a encarecerse si las aseguradoras perciben que la crisis se prolonga. La consecuencia es clara: el coste de operar en el país aumenta incluso antes de que caiga un solo misil.
La llegada del mayor portaaviones del mundo
El contexto de seguridad se agrava con la llegada a la región de la USS Gerald R. Ford (CVN-78), el mayor buque de guerra jamás construido. Este portaaviones de propulsión nuclear desplaza más de 100.000 toneladas y supera los 330 metros de eslora, con capacidad para embarcar entre 75 y 90 aeronaves y una dotación total que roza los 4.500 efectivos entre tripulación y ala aérea.
La presencia de un buque de estas características frente a las costas de Israel no es un gesto simbólico: es una plataforma de ataque y disuasión capaz de sostener cientos de salidas aéreas diarias y lanzar misiles de crucero desde sus escoltas. Según análisis de defensa, la clase Ford puede realizar hasta un 25% más de despegues por día que los portaaviones Nimitz, con un 25% menos de personal gracias a la automatización.
Este hecho revela la apuesta de Washington por una estrategia de presión máxima sobre Irán sin desplegar grandes contingentes terrestres. El contraste con otras crisis anteriores, en las que el foco estuvo en el envío de tropas de tierra, resulta elocuente: el objetivo es proyectar fuerza desde el mar y el aire, manteniendo a la vez un margen político para seguir negociando.
El mayor despliegue estadounidense en décadas
La Ford no llega sola. Estados Unidos ha conformado en las últimas semanas el que diversos analistas describen como el mayor despliegue militar en Oriente Medio en décadas, con dos grupos de portaaviones, destructores y más de 100 cazas avanzados en la región.
A esta acumulación naval se suma el envío de al menos 150 aeronaves adicionales a bases de Europa y Oriente Medio, incluidas instalaciones en Jordania y Arabia Saudí, según fuentes abiertas. Solo en torno a Israel se han concentrado más de 300 aviones militares estadounidenses, entre F-22, F-35 y bombarderos estratégicos, según medios estadounidenses.
La consecuencia es clara: Washington quiere disponer de capacidad para lanzar desde operaciones quirúrgicas contra infraestructuras nucleares iraníes hasta una campaña aérea de varias semanas, sin renunciar por ahora al discurso de que la vía preferente es la diplomática. Para los mercados, el mensaje es ambiguo: por un lado, la disuasión puede contener a Teherán; por otro, un error de cálculo podría desencadenar una escalada difícil de controlar.
Riesgos para Israel, la región y los ciudadanos
Para Israel, la combinación de evacuación parcial de personal extranjero y despliegue militar masivo tiene un efecto paradójico. Refuerza su sensación de respaldo estratégico, pero también lo convierte, de nuevo, en epicentro de una posible confrontación regional. El riesgo no solo proviene de Irán, sino de sus aliados y milicias en Líbano, Siria, Irak o Gaza, capaces de llevar a cabo ataques asimétricos contra intereses estadounidenses o israelíes lejos del frente principal.
Para los ciudadanos —israelíes, palestinos y expatriados— la incertidumbre se traduce en un aumento de las restricciones de movimiento, controles y posibles cierres de aeropuertos. La propia embajada estadounidense recuerda que episodios de tensión han provocado en el pasado cancelaciones masivas de vuelos y cierres fronterizos sin previo aviso.
En términos humanitarios, cualquier escalada que afecte a infraestructuras civiles, puertos o redes eléctricas podría replicar escenarios vistos en conflictos anteriores, con cientos de miles de desplazados internos en cuestión de semanas. La comunidad internacional observa con inquietud cómo la diplomacia se ve cada vez más condicionada por la lógica de los despliegues militares.
Impacto potencial en energía y mercados globales
Aunque el movimiento de la embajada y la llegada del portaaviones parecen asuntos estrictamente de seguridad, el impacto económico puede ser significativo. Un aumento de la probabilidad de conflicto con Irán reaviva de inmediato el riesgo sobre el estrecho de Ormuz, por donde pasa aproximadamente un 20% del petróleo comercializado por mar en el mundo, según estimaciones de organizaciones energéticas.
En los últimos episodios de tensión con Teherán, bastó un incremento moderado en la presencia militar estadounidense para que el Brent repuntara varios puntos porcentuales en pocas sesiones. Analistas de materias primas advierten de que un escenario de ataques a infraestructuras o bloqueo parcial del estrecho podría llevar el crudo de nuevo a precios de tres dígitos durante varios meses, con impacto directo en inflación, costes de transporte y márgenes industriales en Europa y Asia.
Los mercados financieros ya descuentan prima de riesgo geopolítico en las divisas de la región y en los bonos de países más expuestos. Para Israel, con un sector tecnológico muy integrado en el capital global, una prolongación de la crisis podría provocar retrasos en inversiones, relocalizaciones temporales de equipos y encarecimiento del capital.

