EE.UU se plantea permitir a Irán un “enriquecimiento simbólico”
La Casa Blanca ha comenzado a explorar un giro de enorme calado en su estrategia hacia Irán: aceptar que Teherán mantenga una capacidad de “enriquecimiento nuclear simbólico” siempre que no exista ninguna posibilidad técnica de fabricar una bomba atómica, según una filtración a Axios. El mismo paquete de opciones que se maneja en Washington incluye propuestas radicales, entre ellas una operación para asesinar al líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y a su hijo. En paralelo, el presidente Donald Trump ha ordenado reforzar el despliegue militar estadounidense en Oriente Medio y se reserva la opción de ataques limitados contra instalaciones nucleares iraníes. Mientras tanto, el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, promete responder en “dos o tres días” a la última propuesta nuclear norteamericana, en un contexto de máxima presión económica y riesgo real de descontrol regional.
Del “cero enriquecimiento” al gesto simbólico
El elemento más novedoso de la filtración es el reconocimiento de que Washington estaría dispuesto a tolerar un “enriquecimiento simbólico” en suelo iraní, siempre que quede blindada la imposibilidad de fabricar un arma nuclear. Se trataría de pasar del dogma del “cero enriquecimiento” proclamado en público por Trump –“Irán no podrá enriquecer ni un átomo de uranio”, llegó a asegurar el presidente– a un modelo de concesión mínima, pensado más para salvar la cara política de Teherán que para alterar el equilibrio estratégico.
En la práctica, ese “token enrichment” podría equivaler a permitir un número muy limitado de centrifugadoras y niveles de enriquecimiento por debajo del 5%, claramente insuficientes para uso militar pero compatibles con aplicaciones civiles bajo supervisión del OIEA. El precedente del acuerdo de 2015 (JCPOA) ya fijaba un techo del 3,67% y un stock máximo de 300 kilos de uranio enriquecido, con inspecciones intrusivas.
Lo más delicado no es tanto el parámetro técnico como el mensaje político. Para Teherán, conservar su “derecho al enriquecimiento” es una cuestión de soberanía y prestigio nacional. Para Estados Unidos, admitirlo supone romper un tabú que buena parte del establishment republicano había elevado a línea roja irrenunciable. El contraste entre las declaraciones públicas de Trump negando cualquier enriquecimiento y un borrador que lo contempla, aunque sea de forma acotada, deja en evidencia una diplomacia de doble carril en la que la narrativa para consumo interno no siempre coincide con la letra fina de las propuestas.
La sombra de la opción Jamenei
Si el “enriquecimiento simbólico” representa la cara pragmática del nuevo enfoque, su reverso es la opción más extrema: el asesinato del líder supremo, Alí Jamenei, y de su heredero designado. Axios asegura que esta posibilidad figura entre los escenarios presentados a Trump junto a ataques selectivos sobre la infraestructura nuclear y energética iraní.
No sería la primera vez que un plan así llega a la mesa del presidente. El año pasado, varios medios revelaron que Israel planteó a Washington una oportunidad operativa para matar a Jamenei y que Trump la vetó personalmente, temiendo una guerra regional incontrolable. El hecho de que ahora esa opción reaparezca en la conversación interna estadounidense ilustra hasta qué punto la dinámica de escalada ha ido normalizando ideas que hace una década se habrían considerado impensables.
Las consecuencias de un ataque de ese tipo serían imprevisibles. La estructura de poder iraní está diseñada precisamente para sobrevivir a la desaparición física de sus líderes, pero el impacto simbólico sería enorme. Un asesinato atribuible a Estados Unidos –o percibido como tal– podría desencadenar respuestas asimétricas contra bases, buques y aliados de Washington en toda la región, desde Irak hasta el Mediterráneo, así como intentos de sabotaje y ciberataques contra infraestructuras energéticas globales. El diagnóstico es inequívoco: se abriría la puerta a una inestabilidad de años, con un coste económico y humano difícil siquiera de estimar.
Araghchi entre la presión económica y la legitimidad interna
Mientras en Washington se manejan escenarios límite, en Teherán Araghchi intenta cuadrar un círculo casi imposible: lograr alivio de sanciones sin aparecer ante la opinión pública iraní como el negociador que “vendió” el programa nuclear. La economía del país lleva años encadenando contracciones, con estimaciones del FMI que apuntan a caídas del 3,9% del PIB en 2018 y del 6% en 2019, coincidiendo con la retirada estadounidense del JCPOA y la reimposición de sanciones.
El castigo no se limita al crecimiento: la inflación se ha instalado por encima del 40% y aproximadamente un tercio del presupuesto anual previsto no llega nunca a materializarse, según cálculos recientes sobre las cuentas públicas iraníes. La consecuencia es clara: caída de poder adquisitivo, fuga de capitales y un malestar social que se ha traducido en protestas masivas y una creciente erosión de la legitimidad del régimen.
En este contexto, Araghchi insiste en que Irán no renunciará a su “derecho” al enriquecimiento, pero se muestra abierto a fórmulas de reducción de niveles y de stock, así como a reforzar los mecanismos de verificación. El problema es que cualquier concesión será explotada por los sectores más duros del sistema como una capitulación ante la presión occidental. El negociador jefe camina sobre una cuerda floja: si cede demasiado, se arriesga a una reacción interna; si se mantiene inflexible, puede precipitar una nueva ronda de sanciones y potencialmente un conflicto abierto.
El precedente del JCPOA y las lecciones de 2015
La experiencia del acuerdo nuclear de 2015 sobrevuela cada conversación actual. Aquel pacto limitó de forma drástica el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento parcial de sanciones, y fue respaldado tanto por la Unión Europea como por Rusia y China. Sin embargo, la decisión de Trump de retirarse unilateralmente en 2018 y reimponer sanciones devolvió la relación a una lógica de máxima presión.
Los efectos sobre el sector energético iraní fueron inmediatos. Las exportaciones de crudo y condensados, que habían alcanzado picos de 2,7–2,8 millones de barriles diarios, se hundieron por debajo de los 500.000 barriles diarios en el año siguiente, empujando la economía a la recesión y obligando a Teherán a buscar canales opacos de venta principalmente hacia Asia.
Para Europa, ese precedente deja una doble lección. Por un lado, el JCPOA demostró que es posible encauzar el programa nuclear iraní mediante compromisos verificables, reduciendo riesgos de proliferación. Por otro, evidenció la vulnerabilidad de la diplomacia multilateral europea cuando la Casa Blanca decide romper unilateralmente el marco pactado. Hoy, muchos socios europeos temen verse arrastrados de nuevo a un escenario en el que dependen de decisiones internas estadounidenses pero pagan el precio económico de las sanciones secundarias y de la volatilidad energética.
Riesgos de cálculo erróneo en un Golfo armado
Mientras se cruzan borradores y amenazas, el mapa militar en la región se densifica. Estados Unidos ha desplegado activos adicionales en el Mediterráneo y el Golfo, incluida la presencia reforzada de un portaaviones como el USS Gerald R. Ford, y ha incrementado la defensa antimisiles para proteger bases y aliados. Irán, por su parte, mantiene una red de milicias aliadas y capacidades de misiles balísticos y drones que pueden golpear objetivos a cientos de kilómetros.
El Estrecho de Ormuz sigue siendo el punto más delicado: por allí transita alrededor del 20% del petróleo que se comercia en el mundo, según estimaciones recientes, lo que convierte a cualquier incidente en un potencial disparador de precios. En junio de 2025, los mercados ya vivieron un anticipo cuando los bombardeos sobre instalaciones iraníes elevaron temporalmente el Brent casi un 6%, hasta superar los 80 dólares por barril, antes de que se calmaran los temores.
Lo más grave es que, en un entorno tan cargado, basta una mala interpretación de los movimientos del otro para desencadenar una espiral de acción-reacción. Un dron derribado, un ataque atribuido (con razón o sin ella) a una milicia proiraní, o un incidente naval menor pueden convertirse en el detonante de una escalada que nadie controla. La historia reciente de la región demuestra que las guerras nunca empiezan el día de la gran decisión, sino tras una acumulación de pequeños pasos mal calculados.