Teherán acelera una propuesta de acuerdo atómico mientras Estados Unidos refuerza su despliegue en Oriente Medio

Irán promete un borrador nuclear en 72 horas mientras aumenta la presión militar

La diplomacia nuclear entre Estados Unidos e Irán entra en una fase crítica. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, ha asegurado en una entrevista con MSNBC que Teherán tendrá listo “en los próximos dos o tres días” un borrador de propuesta para un nuevo acuerdo nuclear. El documento deberá ser validado por la cúpula del régimen antes de remitirse a Washington, en un contexto de segunda ronda de negociaciones en Ginebra, despliegue de un segundo portaaviones estadounidense en la zona y maniobras militares iraníes en el Estrecho de Ormuz.
Araghchi subraya además un cambio clave: en las conversaciones de esta semana, Estados Unidos no ha exigido el llamado “enriquecimiento cero” de uranio, una línea roja que hasta ahora había bloqueado cualquier acercamiento. El mensaje es claro: Teherán no renuncia a enriquecer, pero quiere demostrar que su programa sigue siendo “pacífico”. El resultado de este pulso marcará no solo el equilibrio estratégico en Oriente Medio, sino también la evolución de los mercados energéticos y el futuro de unas sanciones que han estrangulado la economía iraní durante casi una década.

EPA/MARTIAL TREZZINI
EPA/MARTIAL TREZZINI

Un borrador contrarreloj en Ginebra

El compromiso de Araghchi de presentar un borrador “en dos o tres días” coloca un plazo inmediato sobre unas negociaciones que, hasta ahora, avanzaban a trompicones. La segunda ronda celebrada esta semana en Ginebra terminó sin un gran avance, pero con un consenso mínimo: ambas delegaciones se han dado unos días para poner por escrito propuestas concretas antes de un tercer encuentro aún sin fecha.

Según fuentes diplomáticas citadas por medios internacionales, la reunión se alargó más de tres horas y concluyó con una lista de “principios orientadores”, pero sin cerrar los puntos más espinosos: niveles de enriquecimiento, calendario de inspecciones y secuencia de levantamiento de sanciones.

Lo que añade presión es el contexto. Washington ha reforzado su presencia militar con un segundo grupo de portaaviones en Oriente Medio, mientras Irán responde con maniobras de la Guardia Revolucionaria en el Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del petróleo que se comercia en el mundo.
La diplomacia se ve así rodeada por un paisaje de misiles, fragatas y amenazas cruzadas que convierte ese borrador en algo más que un simple documento técnico: es, de facto, una carrera para evitar un error de cálculo con consecuencias regionales.

El pulso por el enriquecimiento: la línea roja que resiste

El mensaje más llamativo de Araghchi en su entrevista ha sido la insistencia en que, en Ginebra, Estados Unidos no ha planteado el “enriquecimiento cero” como condición. Durante meses, altos cargos norteamericanos repitieron que la única garantía absoluta contra un Irán nuclear era el desmantelamiento total de sus capacidades de enriquecimiento, una posición respaldada con entusiasmo por Israel.

Teherán, sin embargo, nunca ha aceptado ese punto. El propio Araghchi ha reiterado en otros foros que Irán “nunca dejará de enriquecer uranio”, aunque esté dispuesto a limitar niveles y cantidades, y a someterse a inspecciones más intrusivas de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA).

En la práctica, el debate se está desplazando desde el “cero enriquecimiento” hacia un modelo más parecido al del JCPOA de 2015, que permitió a Irán enriquecer a niveles bajos (hasta 3,67%) y redujo en torno al 98% su stock de uranio enriquecido, a cambio de un levantamiento parcial de sanciones.

La diferencia ahora es el clima político: hay menos confianza, más cicatrices –incluido un reciente ataque israelí a infraestructura iraní– y una carrera armamentística regional en marcha. Renunciar por completo al enriquecimiento es, para Irán, sinónimo de capitulación. Aceptarlo, para Washington, implica diseñar mecanismos de verificación más duros que los de 2015 y un “freno de emergencia” claro en caso de incumplimiento.

La economía iraní busca oxígeno bajo sanciones

Detrás de cada frase pronunciada en Ginebra late una realidad económica tozuda. Desde la reimposición de sanciones estadounidenses, la economía iraní ha acumulado una caída cercana al 10% del PIB en términos reales y una inflación que en algunos años ha superado el 40-45%, con desplomes sucesivos de la moneda local y restricciones severas a las importaciones esenciales.

Las exportaciones de petróleo, principal fuente de divisas, llegaron a hundirse por debajo de 1 millón de barriles diarios, frente a los más de 2,5 millones previos a las sanciones, obligando a Teherán a recurrir a ventas opacas a través de intermediarios y descuentos agresivos hacia China y otros compradores dispuestos a asumir el riesgo.

En este contexto, el propio Araghchi ha admitido en varias ocasiones que el objetivo central de las negociaciones es “un alivio significativo de sanciones” a cambio de límites verificables a su programa nuclear. Una reapertura parcial de los mercados financieros y energéticos podría liberar decenas de miles de millones de dólares en ingresos petroleros bloqueados, aliviar la presión sobre el rial y ofrecer al régimen margen de maniobra ante un descontento social que se ha traducido en olas de protestas esporádicas.

La consecuencia es clara: para Teherán, el borrador que se escriba en estos tres días no es solo un documento diplomático, sino una posible hoja de ruta para evitar que la economía siga erosionándose y con ella la estabilidad interna del régimen.

El Estrecho de Ormuz, el “interruptor” del precio del petróleo

Mientras los negociadores discuten porcentajes de enriquecimiento en salas cerradas, los analistas energéticos miran sobre todo a un punto del mapa: el Estrecho de Ormuz. En las últimas semanas, Irán ha repetido maniobras navales y simulacros de cierre del estrecho, enviando un mensaje directo a Washington y a los mercados: si la presión militar y económica se intensifica, el tránsito de buques petroleros dejará de ser seguro.

Desde una perspectiva estrictamente económica, el mero riesgo de interrupción del flujo por Ormuz –por donde pasa aproximadamente un quinto del crudo mundial– es suficiente para añadir una prima de riesgo de entre 10 y 15 dólares al barril de Brent en escenarios de tensión máxima, según estimaciones de bancos de inversión y agencias de energía. Si las amenazas se materializaran en incidentes concretos, el impacto sería aún mayor, con un probable repunte de la inflación importada en Europa y Asia.

Este hecho revela por qué los aliados de Estados Unidos en la región, especialmente los productores del Golfo, miran las negociaciones con una mezcla de inquietud y esperanza. Un acuerdo sólido reduciría el riesgo de cierres o ataques a buques. Un fracaso, unido al despliegue militar actual, podría convertir Ormuz en el epicentro de la próxima crisis energética global.

Europa, de actor secundario a posible garante

Aunque las conversaciones actuales son fundamentalmente bilaterales entre Washington y Teherán, Europa se mantiene a la expectativa y trata de influir desde la segunda fila, como ya hizo en 2025 en sus propios contactos con Irán. Entonces, varias capitales europeas defendieron una propuesta escalonada que contemplaba avanzar gradualmente hacia un enriquecimiento casi nulo a cambio de alivios parciales de sanciones y garantías de seguridad regional.

Hoy, la situación es más delicada. La UE necesita estabilidad en los mercados energéticos tras los sobresaltos vividos por la guerra de Ucrania y la reducción del gas ruso. Un nuevo choque en Oriente Medio dispararía la factura energética y complicaría aún más la lucha contra la inflación en países ya castigados por la subida de tipos de interés.

Europa puede jugar dos cartas. La primera, ofrecer incentivos económicos adicionales –financiación, inversión, mecanismos de pago– que complementen el levantamiento de sanciones estadounidenses. La segunda, actuar como garante político y técnico del acuerdo, reforzando el papel de la AIEA y proporcionando un marco de supervisión más amplio que el bilateral. El contraste con la etapa del JCPOA es demoledor: donde antes había multilateralismo y consenso, hoy hay fragmentación y desconfianza, pero Bruselas sigue siendo uno de los pocos actores con canales abiertos con ambas partes.

Las lecciones del JCPOA que nadie quiere repetir

El precedente del JCPOA de 2015 pesa como una losa sobre las negociaciones actuales. Aquel acuerdo logró, durante varios años, limitar de forma efectiva el programa nuclear iraní, reducir existencias de uranio enriquecido y someter instalaciones clave a un régimen estricto de inspecciones. A cambio, Irán vio levantadas muchas de las sanciones más duras, incrementó sus exportaciones de crudo y recuperó parte del acceso a los mercados financieros internacionales.

Sin embargo, la retirada unilateral de Estados Unidos y la reimposición de sanciones rompieron la confianza y reforzaron a los sectores más duros dentro del régimen iraní, que hoy señalan aquel episodio como prueba de que Washington no es un socio fiable. Para la administración estadounidense, en cambio, el JCPOA demostró que limitar el programa sin atacar otras dimensiones –misiles balísticos, actividad regional, apoyo a milicias– era insuficiente.

La lección central es incómoda para ambas partes: un acuerdo técnicamente sólido puede fracasar políticamente si no se percibe como sostenible y equilibrado. Por eso, el borrador que Teherán promete en cuestión de días tendrá que ir más allá de los números de centrifugadoras y niveles de enriquecimiento. Deberá ofrecer garantías creíbles de cumplimiento, mecanismos de respuesta en caso de violaciones y, sobre todo, una narrativa que permita a los gobiernos venderlo internamente como una victoria relativa y no como una capitulación.

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