Rusia se alinea con Irán tras la última ronda de conversaciones en Ginebra, mientras Washington acelera el pulso diplomático y militar en Oriente Medio

Lavrov blinda a Araghchi en plena cuenta atrás nuclear

La llamada telefónica entre Serguéi Lavrov y Abbas Araghchi este viernes no es un mero gesto protocolario. Llega justo después de la nueva ronda de contactos indirectos entre Irán y Estados Unidos en Ginebra y en plena advertencia del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) de que “no queda mucho tiempo” para cerrar un acuerdo. Teherán acumula ya más de 400 kilos de uranio enriquecido al 60% y un stock total superior a 9.000 kilos, más de 45 veces el límite pactado en el acuerdo nuclear de 2015. Rusia se presenta como garante de una “solución justa” que respete los derechos de Irán bajo el Tratado de No Proliferación, pero también como socio estratégico en plena tormenta de sanciones. Lo más delicado: mientras Moscú habla de diplomacia, Washington despliega portaaviones y fija un plazo de apenas 10 días para saber si habrá acuerdo o choque abierto.

EPA/RAMIL SITDIKOV / REUTERS / POOL
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Una llamada clave tras Ginebra

Según el Ministerio de Exteriores ruso, Lavrov y Araghchi abordaron por teléfono el estado del programa nuclear iraní después de las conversaciones celebradas esta misma semana en Ginebra entre Teherán y Washington, mediadas por Omán. La parte iraní informó a Moscú de los últimos contactos con las potencias europeas y con Estados Unidos, mientras que Rusia reiteró su apoyo a un proceso negociador que, en palabras del propio Lavrov, debe evitar “cualquier escalada descontrolada”.

El mensaje oficial es claro: Rusia respalda una salida “política y diplomática” que preserve los “derechos legítimos de Irán” dentro del marco del Tratado de No Proliferación. Tras meses de silencio relativo, Moscú recupera así el papel de actor imprescindible en cualquier arquitectura de seguridad en torno al dossier iraní. Al mismo tiempo, el Kremlin se asegura de que ninguna fórmula de acuerdo —ni un endurecimiento de sanciones— se diseñe al margen de sus intereses.

La llamada, iniciada a petición de la parte iraní, encaja en una secuencia muy cuidada: primera ronda de contactos en Omán, segunda fase en Ginebra, declaración de “principios generales” del posible acuerdo y, acto seguido, consulta con el aliado ruso para coordinar posiciones.

Moscú se erige en garante del equilibrio

Para Moscú, el expediente iraní es mucho más que un tema nuclear. Es una palanca de influencia en Oriente Medio, un instrumento de presión frente a Occidente y una pieza central de su estrategia de desdolarización y desvío de flujos energéticos hacia Asia. Rusia ha invertido durante décadas en el programa nuclear civil iraní —incluida la central de Bushehr— y mantiene una coordinación militar y tecnológica cada vez más estrecha con Teherán desde el inicio de la guerra de Ucrania.

En público, Lavrov repite que “nadie quiere ver una escalada con Irán” y que Moscú considera “sincero” el deseo de Teherán de resolver el conflicto nuclear. En privado, el cálculo es más frío: una Irán al borde, pero no dentro, del club nuclear mantiene alta la tensión con Estados Unidos e Israel, sin cruzar el umbral que obligaría a Moscú a tomar partido de forma abierta.

La diplomacia rusa se ha especializado en ese equilibrio inestable. Presentarse como garante del cumplimiento del TNP mientras denuncia las sanciones unilaterales occidentales le permite ocupar un espacio que ni la Unión Europea ni China han sabido consolidar. Al mismo tiempo, Ankara, Riad y Abu Dabi observan cómo Rusia se sienta en todas las mesas: la de la OPEP+, la del conflicto en Ucrania y ahora, de nuevo, la del futuro nuclear iraní.

Lo que está en juego para Teherán

Si Irán busca la llamada de Moscú es porque el margen de error se estrecha. Según los últimos informes, el país dispone ya de unos 408 kilos de uranio enriquecido al 60% y de un inventario total de 9.247 kilos de material enriquecido, cifras que suponen más de 45 veces el límite previsto en el acuerdo de 2015. Diversas estimaciones apuntan a que, si decidiera dar el salto definitivo al 90%, Teherán podría acumular material suficiente para varias cargas nucleares en cuestión de semanas.

El OIEA recuerda que Irán es el único Estado no nuclear del mundo que enriquece a niveles del 60%, muy por encima de lo necesario para usos civiles. Al mismo tiempo, Teherán ofrece —condicionado al levantamiento de sanciones— diluir parte de ese stock altamente enriquecido, un gesto que convierte el programa nuclear en moneda de cambio directa por alivio económico.

En el frente político, el régimen afronta una presión inédita: la UE ha designado a la Guardia Revolucionaria como organización terrorista, acompañando esa decisión de nuevas sanciones contra altos cargos y entidades iraníes. Las protestas internas, la caída del rial y el aislamiento financiero hacen que Araghchi llegue a la negociación con una mezcla de urgencia económica y límites ideológicos muy rígidos. De ahí la importancia simbólica y práctica de la foto —aunque sea telefónica— con Lavrov.

El pulso con Washington y las nuevas líneas rojas

Al otro lado de la mesa, Estados Unidos también ha endurecido su posición. Tras la segunda ronda de contactos en Ginebra, Teherán habla de un acuerdo sobre “principios generales” del futuro pacto, pero la Casa Blanca mantiene el silencio mientras refuerza su despliegue militar en la región.

El vicepresidente JD Vance ha fijado como “línea roja” el desmantelamiento efectivo del programa nuclear y balístico iraní, mientras que el presidente Donald Trump ha sugerido que la situación “se aclarará en unos diez días”, coincidiendo con la llegada de un segundo grupo de portaaviones y bombarderos estratégicos al entorno del Golfo. El mensaje es inequívoco: diplomacia sí, pero bajo la sombra explícita de una opción militar.

Teherán responde a ese lenguaje con su propio guion. Araghchi ha descartado de forma tajante cualquier diálogo directo con Washington “bajo presión, amenazas o sanciones”, insistiendo en que las conversaciones seguirán siendo indirectas y mediadas por terceros. La consecuencia es clara: cuanto más se hable de plazos y ultimátums, más necesitará Irán exhibir respaldo de socios como Rusia y China para no aparecer aislado ante su propia opinión pública.

Europa endurece el tono mientras Rusia se acerca

En este tablero, la Unión Europea ha quedado en una posición ambivalente. Por un lado, ha endurecido de forma notable su política hacia Teherán: además de la designación de la Guardia Revolucionaria como grupo terrorista, los Veintisiete acumulan ya casi 300 personas y medio centenar de entidades sancionadas por violaciones de derechos humanos y proliferación.

Por otro, Bruselas carece de la palanca estratégica que sí tienen Washington y Moscú: no puede ofrecer garantías de seguridad ni amenazar con acciones militares, y su capacidad de incentivos económicos está condicionada por la extraterritorialidad de las sanciones estadounidenses. El contraste con Rusia resulta demoledor. Mientras la UE recurre a declaraciones y sanciones adicionales, Moscú ofrece a Teherán algo mucho más valioso a corto plazo: un paraguas diplomático en el Consejo de Seguridad y un circuito financiero y energético alternativo para sortear parte de las restricciones occidentales.

Este hecho revela la creciente desconexión entre la retórica europea y la realidad del poder efectivo en la región. A medida que la presión normativa de la UE aumenta, Irán profundiza su alineamiento con Rusia y, en menor medida, con China, reforzando un eje euroasiático que complica cualquier estrategia occidental de contención.

Riesgos para la estabilidad energética global

Más allá del juego diplomático, la crisis tiene una dimensión económica evidente. Cerca de un 20% del petróleo que se comercia en el mundo atraviesa el estrecho de Ormuz, vigilado de cerca por la Marina iraní y por las fuerzas estadounidenses. Cualquier escalada militar ligada al programa nuclear —un ataque preventivo contra instalaciones en Natanz o Fordow, o una respuesta iraní contra buques en el Golfo— tendría un impacto inmediato en los precios de la energía y en la inflación global.

Rusia, gran exportador de crudo y gas, juega aquí con doble baraja. Por un lado, necesita evitar un conflicto descontrolado que arrastre a sus propios activos y socios en la región. Por otro, unas tensiones crónicas que mantengan el barril por encima de los 90 dólares resultan funcionales para sus finanzas públicas y para la financiación de la guerra en Ucrania.

Para Europa, todavía convaleciente del shock energético de 2022, un repunte prolongado del precio del petróleo y del gas natural licuado reabriría viejas heridas: encarecimiento del transporte, presión sobre la industria electrointensiva y nuevas tensiones sociales por el coste de la vida. La llamada Lavrov-Araghchi debe leerse también en esa clave: cada gesto que reduzca —o incremente— el riesgo de choque directo se traduce en volatilidad en los mercados energéticos.

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