EEUU anuncia ataques cada vez más profundos en territorio iraní
La guerra entre Estados Unidos e Irán entra en una fase más peligrosa. El presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, ha confirmado que el Ejército estadounidense empezará a golpear “progresivamente más al interior” del territorio iraní, ampliando una campaña que ya ha devastado bases militares, radares y centros de mando desde que comenzaron los bombardeos conjuntos de EEUU e Israel el 28 de febrero. Según el Pentágono, los lanzamientos de misiles balísticos de teatro de Irán se han desplomado un 86% respecto al primer día de combates, con una caída adicional del 23% solo en las últimas 24 horas, mientras los ataques con drones kamikaze se han reducido un 73%. El mensaje oficial es claro: la capacidad ofensiva iraní se erosiona. Sin embargo, la advertencia de Caine es igual de contundente: «esta operación es peligrosa y está lejos de haber terminado».
El anuncio de Caine supone un cambio cualitativo en la ofensiva. Hasta ahora, la mayor parte de los ataques estadounidenses se concentraban en sistemas de defensa aérea, radares costeros, bases navales y lanzaderas de misiles próximas al Golfo Pérsico. El nuevo mandato es atacar más al interior, sobre infraestructuras estratégicas, centros de mando y logística militar en profundidad.
El mensaje pretende ser doble. Hacia dentro, la Administración Trump busca demostrar que no se trata de una operación simbólica, sino de una campaña diseñada para degradar de forma duradera las capacidades iraníes tras el asesinato del líder supremo Ali Jamenei en un ataque israelí. Hacia fuera, el Pentágono lanza una señal a los aliados del Golfo, a Israel y a los mercados: EEUU está dispuesto a asumir el coste político de una escalada sostenida.
La apuesta no es menor. El propio Caine ha insistido en que «no es una operación de una sola noche» y que el trabajo será “largo, difícil y áspero”, en contraste con el optimista cálculo de Donald Trump, que habló de una guerra de “cuatro semanas”. Lo más relevante es que el general reconoce que el riesgo sigue siendo “alto” pese a la aparente caída de la capacidad de fuego iraní. El diagnóstico implícito es inequívoco: la fase más peligrosa puede estar todavía por delante.
Misiles y drones: la capacidad de Teherán se erosiona
El Pentágono exhibe números para justificar el giro estratégico. Según Caine, los disparos de misiles balísticos iraníes se han reducido un 86% desde el inicio de la guerra y un 23% solo en la última jornada. Los lanzamientos de drones unidireccionales han caído un 73% frente a los primeros días. Aunque las cifras proceden de fuentes militares y no pueden verificarse de forma independiente, apuntan a un patrón claro: las infraestructuras de lanzamiento y los arsenales iraníes están siendo golpeados de forma sistemática.
A ello se suma otro dato estratégico: tras apenas dos días de operaciones, EEUU afirma haber logrado una “superioridad aérea local” sobre Irán, lo que permite intensificar los bombardeos con menor riesgo para sus aviones. La combinación de plataformas tripuladas, bombarderos estratégicos y misiles de crucero de largo alcance ha permitido atacar simultáneamente múltiples objetivos repartidos por toda la geografía iraní.
Sin embargo, la experiencia de otras campañas –desde Irak en 2003 hasta Siria– demuestra que la reducción de salvas de misiles no implica que el adversario haya sido neutralizado. Irán conserva capacidades de guerra asimétrica, redes de milicias en toda la región y herramientas para seguir golpeando intereses estadounidenses y aliados a bajo coste. El Pentágono lo sabe y, por eso, evita hablar de victoria, limitándose a calificar la operación como “peligrosa y lejos de su fin”.
El giro estratégico de Washington y sus riesgos
La decisión de atacar más profundo dentro de Irán plantea un triple riesgo: militar, político y económico. En el plano militar, cuanto más se alejan los objetivos de la costa y de las zonas ya degradadas, mayor es la necesidad de inteligencia precisa, reabastecimiento en vuelo y coordinación con Israel y los aliados del Golfo. Cualquier error puede traducirse en bajas civiles masivas o en la destrucción de infraestructuras críticas, alimentando la narrativa de Teherán y elevando la presión sobre las capitales europeas.
En el plano político interno, la estrategia abre una brecha creciente en Washington. Mientras el secretario de Defensa, Pete Hegseth, respalda una campaña prolongada, sectores demócratas denuncian una guerra sin autorización explícita del Congreso, con solo un 25% de apoyo entre la opinión pública estadounidense, según sondeos recientes.
Pero es en el frente económico donde el giro puede tener consecuencias más duraderas. La amenaza de una guerra larga en el corazón de Oriente Medio ya se traduce en un repunte de la prima de riesgo geopolítico sobre el petróleo, en la retirada de aseguradoras del Golfo y en la reorganización apresurada de rutas comerciales globales. La paradoja es evidente: aunque EEUU golpea a Irán para “proteger” el flujo energético, el resultado inmediato es justo el contrario.
La respuesta de Irán y el tablero regional
Teherán, pese a la aparente reducción en su cadencia de fuego, ha optado por una estrategia de máximo impacto político con recursos decrecientes. Ha extendido la guerra al conjunto del Golfo con ataques contra infraestructuras en Arabia Saudí, Qatar, Emiratos, Kuwait y Bahréin, mientras utiliza a sus milicias aliadas en Líbano, Irak y Yemen para abrir múltiples frentes simultáneos.
La pieza central de esa respuesta está en el estrecho de Ormuz. La Guardia Revolucionaria ha declarado que ninguna nave tiene garantizado el paso y ha respaldado la amenaza con ataques a petroleros y buques gaseros, dejando el tráfico prácticamente en cero y con más de 150 buques bloqueados a uno y otro lado del estrecho.
El contraste con conflictos anteriores es demoledor. En la “guerra de los petroleros” de los años 80, EEUU y sus aliados pudieron escoltar convoyes y mantener el flujo de crudo. Hoy, las amenazas de misiles antibuque, drones y minas navales convierten esa operación en mucho más costosa y arriesgada. Además, la implicación directa de Israel y la muerte del líder supremo iraní elevan la dimensión existencial del conflicto para Teherán, reduciendo los incentivos a la contención.
Mercados de energía en vilo y rutas comerciales amenazadas
La consecuencia inmediata de la escalada es un shock energético de alcance global. El estrecho de Ormuz concentra alrededor del 20% del crudo y del gas natural licuado transportados por mar en el mundo. Su cierre de facto ha disparado los precios del Brent, que se mueven ya en la horquilla de 82-85 dólares por barril, con subidas de entre el 15% y el 20% en apenas unas semanas, y con analistas advirtiendo de escenarios próximos a los 100 dólares si el bloqueo se prolonga.
La presión no se limita al petróleo. Las tarifas de los grandes petroleros hacia Asia superan los 400.000 dólares diarios, mientras navieras como Maersk o Hapag-Lloyd desvían sus buques alrededor del cabo de Buena Esperanza, alargando rutas varias semanas y multiplicando los costes de flete. A la vez, miles de contenedores, productos farmacéuticos, componentes electrónicos y fertilizantes quedan atrapados en puertos del Golfo o en rutas alternativas saturadas, lo que anticipa nuevas tensiones inflacionistas a escala global.
Para Europa y, en particular, para España, el contexto es especialmente delicado. Pese al avance de las renovables, la economía española mantiene una dependencia energética exterior superior al 65%, muy por encima de la media europea, lo que la hace vulnerable a cada repunte del crudo y del gas. La consecuencia es clara: el conflicto en Irán puede convertirse en un nuevo shock de precios energéticos cuando aún no se han absorbido del todo los efectos de la guerra de Ucrania.
La batalla política en Washington y la opinión pública
Mientras el Pentágono habla de “progresar” en los objetivos militares, la batalla política en Washington se recrudece. El secretario de Defensa, Hegseth, evita fijar plazos y se niega a ratificar las estimaciones del propio Trump sobre una guerra “de cuatro o cinco semanas”, consciente de que las operaciones sobre un país de casi 90 millones de habitantes y con una red extensa de aliados regionales difícilmente pueden resolverse de forma exprés.
En el Capitolio, los demócratas reclaman una votación para limitar los poderes de guerra del presidente, mientras parte de los republicanos se debate entre el respaldo a la línea dura y el temor a un conflicto largo e impopular. El dato clave es que apenas uno de cada cuatro estadounidenses apoya la guerra, un nivel de respaldo que recuerda a las fases más impopulares de Irak y Afganistán.
Lo más grave para la Casa Blanca es el potencial efecto boomerang: si la ofensiva más profunda en Irán no logra resultados visibles en semanas, el coste político podría dispararse justo cuando la economía estadounidense encara un ciclo de tipos altos, presión sobre el déficit y una inflación que podría reactivarse con el nuevo shock energético. La guerra deja, así, de ser un asunto de política exterior para convertirse en un factor central de la campaña electoral.

