La operación Epic Fury desmantela la capacidad militar de Teherán

EEUU arrasa 3.000 objetivos en Irán y hunde 43 buques

EPA/US NAVY HANDOUT

Más de 3.000 objetivos militares bombardeados y 43 buques iraníes destruidos o gravemente dañados en apenas una semana.

Es el balance que el Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) atribuye a Operación Epic Fury, la campaña aérea y naval que Washington dirige contra el régimen de Teherán junto a Israel. Al mismo tiempo, el Estado Mayor israelí asegura haber neutralizado más del 60% de los lanzadores de misiles balísticos y alrededor del 80% de las defensas aéreas iraníes, lo que le otorga una casi total superioridad en el cielo iraní.

Sobre el tablero político, el shock es aún mayor: los bombardeos han acabado con la vida del líder supremo, Ali Jamenei, confirmada por la propia televisión estatal iraní tras los ataques conjuntos de EEUU e Israel. La consecuencia es clara: un Irán militarmente desangrado, un vacío de poder sin precedentes y un mercado energético mundial que empieza a descontar un escenario de guerra larga y de petróleo por encima de los 90 dólares el barril.

Epic Fury: la semana que ha cambiado el equilibrio militar

Centcom lanzó Epic Fury de madrugada, el 28 de febrero, con un primer golpe diseñado para paralizar la capacidad de respuesta iraní. El parte oficial de las primeras 72 horas ya hablaba de más de 1.700 objetivos alcanzados dentro de Irán, desde centros de mando de la Guardia Revolucionaria a baterías de misiles y bases aéreas. En los días siguientes, el ritmo no solo no se redujo, sino que se aceleró hasta superar los 3.000 ataques en la primera semana, una intensidad que no se veía desde las fases iniciales de la guerra de Irak.

El catálogo de medios empleados ilustra la escala del esfuerzo: bombarderos B-1 y B-2, cazas furtivos F-22 y F-35, misiles de crucero lanzados desde destructores y submarinos, drones de gran autonomía y sistemas de guerra electrónica operando de forma coordinada. Este despliegue no solo busca destruir capacidades, sino enviar un mensaje inequívoco de superioridad tecnológica y logística.

Lo más grave, desde la perspectiva de Teherán, es la velocidad con la que esa campaña ha erosionado activos acumulados durante décadas. “Estamos despojando al régimen de sus capacidades militares y llevándolo a un punto de debilidad que nunca ha experimentado”, se jactaba el jefe del Estado Mayor israelí, Eyal Zamir, en su primera comparecencia pública sobre la guerra.

Un catálogo de objetivos: misiles, mando y centros neurálgicos

Más allá de la cifra total de blancos, lo relevante es qué se está golpeando. Los partes de Centcom y del Pentágono insisten en tres prioridades: el programa de misiles balísticos, la red de mando y control del régimen y la infraestructura de defensa aérea.

En la práctica, eso se traduce en ataques repetidos contra cuarteles generales de la Guardia Revolucionaria (IRGC), centros de comunicaciones estratégicas, radares y baterías antiaéreas, así como depósitos y silos de misiles. Según Israel, sus pilotos han realizado alrededor de 2.500 salidas y lanzado más de 6.000 municiones guiadas desde el inicio de la campaña, destruyendo más del 60% de los lanzadores de misiles balísticos iraníes.

Este hecho revela un objetivo político más ambicioso que en anteriores crisis con Irán: no solo frenar un ataque puntual, sino desmontar la arquitectura militar que sustentaba al régimen y devolver al país a una situación de vulnerabilidad estructural. El contraste con otras operaciones limitadas de años anteriores resulta demoledor: donde antes se buscaba “gestionar la escalada”, ahora se persigue abiertamente cambiar el equilibrio interno de poder en Teherán.

El golpe al poder naval de Teherán y al Estrecho de Ormuz

Uno de los elementos más llamativos del parte de Centcom es la cifra relativa a la Armada iraní: 43 buques destruidos o seriamente dañados, incluidos corbetas, barcos de apoyo y unidades asociadas a drones navales. En los primeros dos días, los ataques se concentraron en bases como Bandar Abbas y Chabahar, así como en submarinos y embarcaciones equipadas con misiles antibuque.

La consecuencia es clara: Irán ve mermada de forma drástica su capacidad para amenazar el Estrecho de Ormuz, el chokepoint por el que transita alrededor del 20% del petróleo que se mueve por mar en el mundo. Sin embargo, la ofensiva no ha evitado la disrupción. La Guardia Revolucionaria ha declarado el Estrecho “cerrado” y ha advertido de que cualquier buque occidental puede ser objetivo. El resultado es un bloqueo de facto: a 3 de marzo apenas cuatro barcos cruzaron Ormuz, frente a una media semanal de unos 77 tránsitos diarios.

Al mismo tiempo, las aseguradoras marítimas han empezado a cancelar coberturas de riesgo de guerra y a imponer recargos que, en algunos casos, multiplican por dos las primas para buques que se acerquen a la zona. Para un petrolero de 100 millones de dólares de valor, esto implica pagar del orden de 375.000 dólares extra por viaje solo en seguro, un coste que inevitablemente se trasladará a los fletes y, más tarde, al precio final de la energía.

Jamenei, asesinado en su propio bastión

Si la dimensión militar es enorme, la política es directamente histórica. El líder supremo, Ali Jamenei, fue alcanzado en su propio complejo en Teherán durante los primeros bombardeos, en lo que fuentes occidentales describen como una operación de “decapitación” cuidadosamente planificada. La televisión estatal iraní tardó horas en admitirlo, pero finalmente confirmó su muerte y anunció 40 días de duelo nacional, siguiendo la liturgia chií.

Las informaciones coinciden en que varios altos cargos de seguridad, incluido el ministro de Defensa y el jefe de la Guardia Revolucionaria, habrían muerto en ataques paralelos. De momento, la República Islámica ha optado por una dirección colegiada provisional mientras se organiza la elección de un nuevo líder supremo, pero las luchas de facciones entre clérigos conservadores y mandos de la Guardia Revolucionaria parecen inevitables.

Desde Washington, Donald Trump ha elevado aún más el listón político al exigir a Irán lo que define como “rendición incondicional” y al dejar claro que no contempla una simple vuelta al statu quo anterior. El diagnóstico es inequívoco: o el régimen acepta una transformación profunda de su estructura de poder o se enfrenta a una campaña militar prolongada con costes crecientes.

Mercados en shock: petróleo por encima de 90 dólares

El impacto económico se ha materializado con una rapidez inusual. En una sola semana, el Brent ha subido cerca de un 28% hasta rozar los 93 dólares, mientras que el WTI estadounidense ha escalado un 36% hasta superar los 90 dólares, en el mayor repunte semanal desde la década de 1980.

Las bolsas han reaccionado en modo aversión al riesgo: el Dow Jones ha llegado a caer más de 450 puntos en una sola sesión, lastrado por el temor a una inflación renovada y a una posible recesión si el bloqueo de Ormuz se prolonga. Europa también ha encajado el golpe: el FTSE 100 británico ha firmado su peor semana en casi un año y los bonos soberanos han visto repuntar sus rentabilidades ante la expectativa de que los bancos centrales retrasen los recortes de tipos previstos para 2026.

Lo más preocupante, sin embargo, es el efecto de segunda ronda sobre combustibles refinados y transporte. El gasóleo —el combustible de la industria y el camión— se está encareciendo incluso más deprisa que el crudo, con subidas próximas al 20% en algunos mercados de referencia. Esa presión llega en un momento en el que muchas economías aún no han digerido por completo el shock energético de 2022-2023, lo que aumenta el riesgo de una segunda ola inflacionista global.

Europa y España ante un nuevo test energético

Para Europa, y en particular para países altamente dependientes de las importaciones de hidrocarburos como España, la guerra abre un escenario incómodo. Alrededor de una quinta parte del crudo mundial que se mueve por mar pasa por el Estrecho de Ormuz; cualquier disrupción sostenida implica más competencia por cargamentos procedentes de otros orígenes y un encarecimiento del mix energético.

En el caso español, aunque el peso del gas natural ha sido parcialmente mitigado por las regasificadoras y por el suministro argelino, más del 70% de la energía primaria sigue procediendo de fuentes fósiles, y una parte relevante del petróleo y combustibles refinados llega indirectamente del Golfo. Un Brent estabilizado por encima de los 90-100 dólares durante varios meses tendría casi con total seguridad impacto directo en los precios de los combustibles y, por extensión, en la inflación y en el poder adquisitivo de los hogares.

El contraste con otras regiones resulta revelador: mientras algunos países productores pueden beneficiarse de una renta petrolera inesperada, la UE se enfrenta a la disyuntiva de acelerar aún más la transición energética —con la inversión y el coste político que ello implica— o resignarse a convivir con un nuevo régimen de energía estructuralmente más cara. En España, la discusión sobre nuevas ayudas al combustible, revisión de impuestos especiales y posible extensión de las rebajas fiscales a la electricidad reaparece con fuerza sobre la mesa.