EEUU asegura haber golpeado 11.000 objetivos en Irán en un mes

CENTCOM eleva el balance de la operación militar iniciada el 28 de febrero y exhibe una campaña de desgaste masivo, pero el volumen de ataques no despeja ni la capacidad de respuesta iraní ni el riesgo de una sacudida energética global.

CENTCOM (Courtesy Photo)
CENTCOM (Courtesy Photo)

La cifra impresiona por sí sola: más de 11.000 objetivos atacados y más de 150 embarcaciones iraníes dañadas o destruidas en apenas 30 días de guerra. Ese es el balance que ha hecho público el Mando Central de Estados Unidos sobre la operación lanzada por la Administración de Donald Trump contra Irán. Sin embargo, lo verdaderamente relevante no es solo la dimensión del esfuerzo militar, sino lo que ese dato sugiere: una campaña de altísima intensidad que todavía no ha conseguido disipar la incertidumbre estratégica.

Lo más grave es que, mientras Washington presume de volumen, distintos informes apuntan a que Teherán conserva una parte sustancial de su capacidad misilística y que el estrecho de Ormuz sigue siendo el gran detonante económico del conflicto.

Una campaña de escala extraordinaria

La secuencia de datos revela una aceleración clara. El 23 de marzo, la ficha oficial de la operación hablaba de 9.000 objetivos golpeados, 9.000 vuelos de combate y 140 buques iraníes dañados o destruidos. Solo unos días después, el balance difundido por CENTCOM y recogido por varios medios internacionales elevó el recuento hasta más de 11.000 objetivos y más de 150 embarcaciones.

La progresión es relevante porque indica que, lejos de entrar en una fase de estabilización, la campaña siguió intensificándose en su cuarta semana. Traducido a ritmo operativo, la media supera los 360 ataques diarios desde el inicio de la ofensiva el 28 de febrero. Es una cadencia que sitúa la operación en una escala extraordinaria para un solo mes de guerra y que apunta a un patrón de desgaste continuado más que a una acción quirúrgica puntual.

Este hecho revela una estrategia de saturación: elevar el coste material para Irán, comprimir sus márgenes de reacción y proyectar la idea de superioridad abrumadora. Pero el diagnóstico no puede quedarse en la cantidad. En conflictos de esta naturaleza, golpear más no siempre equivale a neutralizar mejor.

Los objetivos que Washington ha puesto en la diana

El catálogo de blancos ayuda a entender la lógica militar de la Casa Blanca. Según la documentación oficial de CENTCOM, los ataques han priorizado centros de mando y control, sedes del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, instalaciones de inteligencia, sistemas integrados de defensa aérea, emplazamientos de misiles balísticos, buques y submarinos, posiciones de misiles antibuque, redes de comunicación militar, fábricas y búnkeres de armas, así como infraestructuras logísticas de apoyo.

No se trata, por tanto, de un castigo difuso, sino de una campaña pensada para degradar simultáneamente el mando, la movilidad, la cobertura aérea y la capacidad de proyección marítima de Teherán. La relación de medios empleados también es reveladora. El Pentágono ha desplegado bombarderos B-1, B-2 y B-52, cazas F-15, F-16, F-18, F-22 y F-35, aeronaves de guerra electrónica, aviones de reabastecimiento, drones MQ-9, sistemas Patriot, THAAD, HIMARS y plataformas navales de propulsión nuclear.

“CENTCOM forces are striking targets to dismantle the Iranian regime’s security apparatus”, resume la propia operación en su explicación oficial. La consecuencia es clara: Washington no está describiendo una mera represalia, sino una arquitectura militar diseñada para desmontar nodos críticos del aparato de seguridad iraní.

El dato que enfría el triunfalismo

Sin embargo, el contraste con otras evaluaciones resulta demoledor. Un informe basado en inteligencia estadounidense sostiene que solo alrededor de un tercio del arsenal iraní de misiles y drones ha sido destruido. Otro tercio estaría dañado o sepultado bajo túneles y búnkeres subterráneos, lo que significa que una parte importante del inventario seguiría existiendo, aunque no siempre sea accesible de inmediato.

Ese matiz cambia por completo la lectura política del balance de CENTCOM. Porque una cosa es castigar infraestructuras y otra muy distinta eliminar de forma irreversible la capacidad ofensiva del adversario. Lo más llamativo es que esa valoración contradice de forma implícita el discurso más optimista de Trump y de otros portavoces estadounidenses.

Mientras el presidente ha llegado a decir que Irán tenía “very few rockets left”, los datos filtrados desde inteligencia sugieren un escenario bastante menos concluyente. De ahí que la campaña pueda entrar en una fase incómoda para Washington: cuanto más se prolongue, más difícil será vender el volumen de ataques como sinónimo de victoria estratégica. Y cuanto más sobreviva la red subterránea iraní, más probable será que el conflicto derive hacia una guerra de desgaste prolongada.

Ormuz, el cuello de botella que multiplica el riesgo

El frente decisivo ya no está solo en los cielos de Irán, sino en el estrecho de Ormuz. La Agencia de Información Energética de Estados Unidos calcula que por ese paso transitaron en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. La Agencia Internacional de la Energía añade que por allí pasa alrededor del 25% del comercio marítimo mundial de petróleo, mientras que la propia EIA subraya que más del 20% del comercio global de GNL también depende de ese corredor.

El margen para sustituir esa ruta de forma rápida es limitado. Aquí es donde la dimensión económica del conflicto adquiere un peso mucho mayor que el estrictamente militar. Tras el anuncio iraní de cierre del paso el 2 de marzo, el tráfico de salida del Golfo Pérsico quedó casi completamente paralizado, con una ruptura simultánea en los flujos de crudo, gas natural licuado y productos ligados a fertilizantes.

Es decir, no hablamos solo de petróleo caro. Hablamos de un shock potencial sobre energía, transporte, agricultura e inflación importada. El diagnóstico es inequívoco: si Ormuz sigue tensionado, el coste global del conflicto puede superar con creces el balance táctico de los bombardeos.

El precio de la operación también lo paga Washington

Estados Unidos también empieza a acumular costes propios. El último balance situaba en 13 los militares norteamericanos muertos y en 303 los heridos desde el inicio de la guerra. A ello se suma el despliegue adicional de tropas en la región, incluidos 2.500 marines y efectivos aerotransportados, en un momento en el que el Pentágono intenta sostener la presión sin confirmar abiertamente una invasión terrestre.

La cifra de bajas estadounidenses no cambia el signo militar del conflicto, pero sí altera el marco político: deja de ser una campaña lejana y se convierte en una guerra con factura humana directa para Washington. Ese desgaste importa porque la legitimidad interna de una operación de esta escala depende tanto de los resultados visibles como de la sensación de control.

Y hoy esa sensación no existe del todo. La región se ha convertido en un teatro multipolar con ataques iraníes sobre instalaciones y bases aliadas, con los hutíes reabriendo presión sobre el tráfico marítimo y con los mercados reaccionando a cada mensaje sobre Ormuz o sobre un posible alto el fuego. El contraste con otras crisis recientes es evidente: la superioridad tecnológica de EEUU sigue intacta, pero la estabilidad política del resultado está mucho menos garantizada.

La economía global entra en una zona de fragilidad

La advertencia más seria no llega de los cuarteles, sino de los organismos económicos. La UNCTAD sostiene que el shock actual golpea a economías en desarrollo que ya arrastran menor espacio fiscal, mayor carga de deuda y poca capacidad para absorber nuevas subidas de precios. La FAO, por su parte, ha avisado de que si la disrupción en Ormuz se prolonga tres meses o más, los riesgos para la seguridad alimentaria mundial crecerán de forma significativa y podrían afectar a decisiones de siembra de 2026 y años posteriores.

Aunque el índice global de precios alimentarios sigue alrededor de un 21% por debajo del pico de marzo de 2022, ese colchón no inmuniza frente a una interrupción larga en energía y fertilizantes. La consecuencia es clara: el conflicto ya no puede medirse solo en términos de objetivos destruidos. También debe leerse como una amenaza a cadenas logísticas, aseguramiento marítimo, costes industriales y precios agrícolas.

Este hecho revela una paradoja incómoda para la Casa Blanca. Puede destruir radares, buques y centros de mando a un ritmo récord; pero si no consigue reabrir con normalidad el principal cuello de botella energético del planeta, la operación corre el riesgo de transformar una victoria táctica en una perturbación económica mundial. Y esa factura, a diferencia del parte militar, no la firma solo Irán.

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