EEUU completa nueve noches de ataques a Irán

El Pentágono amplía su ofensiva sobre centros de mando, radares, misiles y capacidades navales mientras el estrecho de Ormuz se convierte en el principal foco de riesgo para la energía mundial.

Drones
Drones

Estados Unidos ha completado su novena noche consecutiva de ataques contra Irán, una ofensiva que ya no persigue únicamente objetivos tácticos, sino el deterioro sistemático de la capacidad militar iraní en torno al estrecho de Ormuz. El Mando Central estadounidense, CENTCOM, asegura haber golpeado centros de mando, defensas aéreas, instalaciones de vigilancia costera, redes de comunicaciones y plataformas de lanzamiento de misiles y drones.

La escalada coincide con nuevas amenazas sobre una ruta por la que circula aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido en el mundo. El crudo Brent ha superado los 90 dólares por barril, reflejo de un conflicto que comienza a trasladarse de los frentes militares a la economía global.

Nueve noches de ofensiva

CENTCOM presenta la operación como una campaña destinada a reducir la capacidad de Irán para atacar buques comerciales y marineros civiles. Sin embargo, la amplitud de los objetivos revela una estrategia más profunda: degradar simultáneamente los sistemas de detección, respuesta y coordinación militar.

Los ataques han alcanzado instalaciones de defensa aérea, puestos de vigilancia costera, infraestructuras logísticas y emplazamientos vinculados con misiles y drones. También se han golpeado capacidades marítimas iraníes, consideradas esenciales para bloquear, hostigar o condicionar el tráfico en Ormuz.

Donald Trump afirmó que Irán había sido golpeado «muy duramente», mientras Washington insiste en que las operaciones continuarán mientras persistan las amenazas contra la navegación. La consecuencia es clara: cada nueva oleada reduce el margen de respuesta iraní, pero eleva el riesgo de una represalia menos controlada.

Ormuz, el verdadero objetivo

El centro de gravedad del conflicto no se encuentra únicamente en las bases militares iraníes. Está en el estrecho de Ormuz, un corredor de apenas unos 50 kilómetros de anchura en sus puntos más sensibles, decisivo para las exportaciones energéticas del Golfo.

Irán ha amenazado con impedir el paso de petróleo y gas si continúan los ataques estadounidenses. Al mismo tiempo, el tráfico marítimo se ha ralentizado y varias compañías analizan rutas, coberturas de seguros y protocolos de seguridad.

Lo más grave es que una interrupción prolongada no afectaría solo a Estados Unidos. Asia, Europa y las economías importadoras de energía asumirían una parte sustancial del coste mediante mayores precios del combustible, inflación y deterioro industrial.

La presión sobre la energía

El Brent ha rebasado los 90 dólares, con una subida cercana al 23% durante el mes, según datos recogidos por el Financial Times. El movimiento demuestra que el mercado ya no interpreta la crisis como un episodio limitado.

Una escalada sostenida podría encarecer el transporte marítimo, elevar las primas de riesgo y trasladarse rápidamente al precio de la gasolina, el gasóleo y la electricidad. Para Europa, todavía dependiente de importaciones energéticas, el golpe llegaría en un momento de crecimiento débil y escaso margen presupuestario.

El efecto dominó alcanzaría también a los bancos centrales. Una nueva presión inflacionista dificultaría futuras bajadas de tipos y encarecería la financiación de empresas y familias.

Irán responde en la región

Teherán ha contestado mediante ataques y amenazas contra posiciones estadounidenses y países aliados del Golfo. Kuwait y Baréin han activado sus defensas aéreas ante la detección de drones y misiles, mientras aumentan las alertas en instalaciones militares y energéticas.

Desde el inicio del conflicto, Estados Unidos ha confirmado 17 militares fallecidos, mientras Irán sostiene que los últimos bombardeos han causado al menos 50 muertos y 517 heridos. Estas cifras, sujetas a la información proporcionada por cada parte, evidencian que la confrontación ha superado la fase de presión simbólica.

Cada víctima reduce el espacio político para una desescalada inmediata y aumenta la probabilidad de nuevos ataques de represalia.

Una estrategia de desgaste

Washington parece haber descartado, por ahora, una intervención terrestre. Su estrategia se apoya en aviación, buques de guerra, municiones de precisión y drones, incluidos sistemas navales no tripulados utilizados durante las primeras fases de la campaña.

El propósito es imponer un desgaste progresivo sin asumir el coste político y militar de una ocupación. El diagnóstico, sin embargo, no está exento de riesgos. Destruir radares, centros de mando o lanzaderas puede limitar la capacidad convencional iraní, pero también incentivar operaciones asimétricas contra petroleros, bases regionales o infraestructuras críticas.

La superioridad tecnológica estadounidense no garantiza el control de todas las consecuencias.

El coste de prolongar la guerra

La novena noche de ataques confirma que la ofensiva ya no puede considerarse puntual. Estados Unidos está construyendo una campaña sostenida cuyo éxito dependerá tanto de los daños infligidos como de su capacidad para mantener abierto Ormuz.

El contraste resulta inquietante: Washington pretende proteger la navegación mediante bombardeos que, al mismo tiempo, incrementan la inseguridad sobre esa misma ruta. Cuanto mayor sea la presión militar, mayor será también el incentivo iraní para convertir el estrecho en un instrumento de negociación.

La batalla decisiva puede acabar librándose lejos de los objetivos atacados: en los mercados energéticos, las cadenas de suministro y el bolsillo de los consumidores.

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