EEUU despliega aviones espía y cisterna rumbo a Irán
La detección pública de un avión cisterna Boeing KC-135 Stratotanker de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y de un E-3 Sentry de alerta temprana en ruta hacia Oriente Próximo ha encendido todas las alarmas entre analistas militares y operadores de materias primas. Los datos de plataformas de seguimiento de vuelos situaban este lunes al E-3 operando sobre el sur y el este de Turquía, mientras el KC-135 se dirigía hacia la costa de Israel tras despegar de Creta. Al mismo tiempo, el portaaviones nuclear USS Gerald R. Ford, el mayor buque de guerra del mundo, era localizado en aguas cercanas a esta isla del Egeo. La conclusión es inmediata: EEUU está reforzando, paso a paso, su despliegue militar en el entorno de Irán.
Un puente aéreo que no es rutinario
Los vuelos de aviones cisterna y de alerta temprana sobre el Mediterráneo oriental no son, por sí mismos, una novedad. Forman parte del día a día de la OTAN desde hace décadas. Sin embargo, la combinación concreta de medios, rutas y timing que se ha observado en las últimas horas dibuja un patrón distinto. Un E-3 Sentry —la “torre de control voladora” de la Fuerza Aérea estadounidense— ha sido detectado haciendo órbitas prolongadas sobre el sur y este de Turquía, un punto ideal para vigilar tanto el espacio aéreo del norte de Siria como los accesos al Mediterráneo desde el Levante.
En paralelo, un KC-135 Stratotanker abandonaba Creta rumbo al litoral israelí, un corredor aéreo que conecta directamente con los posibles escenarios de un conflicto con Irán: desde el Golfo Pérsico hasta los cielos de Siria e Irak. La presencia simultánea de estos dos activos y de un grupo de combate de portaaviones al norte del canal de Suez sugiere algo más que ejercicios rutinarios. El movimiento es coherente con una fase avanzada de preparación operativa: capacidad de vigilancia permanente y autonomía de combustible para cazas y bombarderos durante horas. Para los mercados, la lectura es inmediata: si Washington se prepara para algo más que disuasión, la prima de riesgo geopolítico en la región se dispara.
Qué aportan un E-3 Sentry y un KC-135 en la región
El perfil de los aviones implicados ayuda a entender la escala del mensaje. El E-3 Sentry es la plataforma de alerta temprana por excelencia de EEUU y la OTAN: su enorme radar en forma de disco puede vigilar el espacio aéreo en un radio de más de 400 kilómetros, coordinando en tiempo real a decenas de aeronaves de combate y defensa aérea. En la práctica, significa que un solo aparato puede controlar gran parte del Mediterráneo oriental o del norte del Golfo desde una posición segura.
El KC-135 Stratotanker, por su parte, es el eslabón imprescindible de cualquier operación aérea a larga distancia. Este veterano cisterna, en servicio desde 1957, es capaz de transferir hasta 200.000 libras de combustible, unos 90.000 kilos, a otros aviones en vuelo, permitiendo que cazas y bombarderos multipliquen su radio de acción y su tiempo de permanencia sobre el objetivo. Sin esta pieza, un eventual ataque limitado sobre infraestructuras iraníes —nucleares, de misiles o de drones— sería mucho más complejo de sostener.
En conjunto, E-3 y KC-135 conforman un binomio crítico: uno ve y coordina; el otro mantiene a los reactores en el aire. Su despliegue hacia el entorno de Israel y Turquía, combinado con activos navales de gran tamaño, no encaja con un simple gesto simbólico: apunta a que el Pentágono quiere tener disponible, en cuestión de horas, un paraguas aéreo integral sobre Oriente Próximo.
El portaaviones ‘Gerald R. Ford’ entra en escena
El tercer vértice de este triángulo es el USS Gerald R. Ford (CVN-78), joya de la Marina estadounidense. Con una eslora de más de 330 metros y un desplazamiento superior a las 100.000 toneladas, es el buque de guerra más grande jamás construido y puede embarcar al menos 75 aeronaves entre cazas F/A-18, F-35, aviones de guerra electrónica y helicópteros. Su mera presencia cerca de Creta introduce una variable radical en cualquier cálculo de Teherán.
La ubicación es significativa. Desde el Egeo oriental, el grupo de combate del Ford puede proyectar poder hacia el Mediterráneo oriental, el mar Rojo o el norte del mar Arábigo con relativa facilidad, sin necesidad de cruzar de inmediato el canal de Suez. Es una posición de espera: lo bastante cercana como para actuar, pero lo bastante alejada como para rebajar, sobre el papel, la escalada.
En términos militares, un portaaviones de este tipo no solo aporta capacidad ofensiva, sino una plataforma flotante de mando, defensa antimisiles y proyección de poder blando. En términos económicos, significa otra cosa: si el escenario se deteriora, asegura la libertad de navegación de los petroleros que abastecen a Europa y Asia, pero también aumenta el riesgo de incidentes en un mar saturado de buques militares.
Impacto inmediato en el petróleo y los mercados
Cada vez que el Golfo Pérsico entra en los titulares, los operadores miran al gráfico del Brent, referencia para Europa. En las últimas sesiones, el crudo se movía en torno a los 70-72 dólares por barril, y episodios de tensión similares han provocado subidas puntuales del 1%-3% en cuestión de horas, como se ha visto recientemente tras anuncios de refuerzo militar estadounidense en la región.
Más allá del precio del petróleo, el efecto se extiende a toda la curva de tipos y al coste de la financiación soberana de los importadores netos de energía. La Unión Europea depende del exterior para cerca del 97% de su consumo de crudo y derivados, lo que convierte cada sobresalto en Oriente Próximo en una factura adicional para los Estados y las empresas.
Los inversores, además, descuentan el riesgo de sanciones adicionales, interrupciones en rutas marítimas y primas de seguro más altas para los cargueros que atraviesan zonas de riesgo. La consecuencia es clara: una escalada sostenida entre EEUU e Irán no solo encarecería el combustible, sino que podría reactivar la inflación en Europa justo cuando el BCE trata de dar por cerrada la crisis energética iniciada en 2022.
El riesgo para el Estrecho de Ormuz y el comercio global
Toda la geopolítica del petróleo en Oriente Próximo converge en un punto: el Estrecho de Ormuz. Por ese corredor marítimo, de apenas 55 a 95 kilómetros de ancho, transitan unos 20 millones de barriles diarios, aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo y cerca de un cuarto del comercio marítimo global de crudo. A ello se suma alrededor de una quinta parte de las exportaciones mundiales de gas natural licuado, principalmente de Qatar y Emiratos.
Irán ha amenazado en múltiples ocasiones con cerrar o bloquear el estrecho como respuesta extrema a presiones occidentales. Nunca lo ha hecho de forma sostenida, pero cada movimiento de buques y aviones en la zona reabre el debate sobre la vulnerabilidad de este “arteria” energética. Un cierre total, incluso de pocos días, obligaría a redirigir el tráfico por rutas más largas y costosas, dispararía los precios del transporte y podría provocar subidas del Brent de 20 a 50 dólares por barril en escenarios de estrés, según estimaciones de casas de análisis.
Para Europa, China e India —grandes consumidores y dependientes de ese flujo— el impacto sería inmediato: inflación importada, deterioro de la balanza por cuenta corriente y presión sobre las divisas de los países más frágiles. Por eso, cada nuevo despliegue militar estadounidense alrededor de Irán se lee también como una operación para garantizar la seguridad de ese chokepoint, incluso a costa de elevar el riesgo de accidente o enfrentamiento directo.
Europa, Turquía e Israel: aliados en una posición incómoda
El mapa de los vuelos detectados revela otra dimensión: la utilización de espacio aéreo de Turquía e Israel, dos aliados clave pero con agendas propias. Desde bases turcas y del Mediterráneo oriental, EEUU puede sostener operaciones de vigilancia y reabastecimiento sobre Siria, Irak y el propio Golfo sin depender exclusivamente de las monarquías del Golfo, cada vez más abiertas a jugar su propia partida con China y Rusia.
Turquía, miembro de la OTAN pero con relaciones complejas con Washington, se convierte así en pieza central de cualquier dispositivo de presión sobre Irán, al tiempo que mantiene sus propios canales con Teherán y Moscú. Israel, por su parte, ve reforzada su capacidad de acción en un momento en que el intercambio de ataques con milicias aliadas de Irán en Líbano, Siria o Irak se ha intensificado.
Para la UE, el equilibrio es delicado. Necesita la cobertura de seguridad de EEUU para proteger las rutas energéticas, pero intenta preservar un espacio mínimo para la diplomacia con Irán con el fin de evitar un nuevo ciclo de sanciones y contra-sanciones que vuelva a sacudir los precios del gas y el petróleo.