Washington asegura haber neutralizado centros de mando, defensas aéreas y lanzadores de misiles mientras promete “acción decisiva” contra cualquier amenaza inminente del régimen iraní

EEUU seguirá golpeando a Irán tras destruir bases del IRGC

Estados Unidos ha hecho algo poco habitual: verbalizar en público que la campaña militar contra Irán no solo continúa, sino que se prolongará todo lo que considere necesario. El Mando Central de EEUU (CENTCOM) ha confirmado que sus fuerzas han destruido centros de mando y control de la Guardia Revolucionaria (IRGC), sistemas de defensa aérea, lanzadores de misiles y drones y varios aeródromos militares en una serie de operaciones recientes. En un mensaje en X, el mando con sede en Tampa ha ido más allá del parte clásico de daños para lanzar un aviso directo: “seguiremos tomando medidas decisivas contra las amenazas inminentes que plantee el régimen iraní”. La declaración llega en plena guerra abierta con Teherán, después de semanas de bombardeos conjuntos de EEUU e Israel sobre infraestructuras estratégicas iraníes que ya han causado al menos 555 muertos, según la Media Luna Roja iraní.

X.COM/@CENTCOM
X.COM/@CENTCOM

El comunicado de CENTCOM no es un parte rutinario más. El mando responsable de todas las operaciones estadounidenses en Oriente Medio ha querido subrayar que la campaña contra la arquitectura militar iraní no ha concluido, sino que se ha convertido en una operación sostenida. El mensaje, difundido en X y amplificado por medios internacionales, insiste en el carácter “decisivo” de las acciones y en el concepto de “amenaza inminente” para justificar nuevos ataques preventivos.

En la práctica, Washington está marcando tres líneas rojas. Primera, que considera legítimo atacar no solo a las milicias aliadas de Teherán, sino directamente a infraestructura militar iraní en su territorio. Segunda, que la operación no está ligada a un calendario político, sino a una evaluación continua de riesgos. Y tercera, que el umbral de lo que se considera “inminente” se ha relajado de forma drástica tras las últimas oleadas de misiles y drones iraníes contra bases estadounidenses y ciudades aliadas en la región.

El propio comandante de CENTCOM, el general Michael “Erik” Kurilla, había advertido en su último informe al Congreso de que el área de responsabilidad del mando vive su periodo “más cinético” en una década, con casi 400 drones, 350 cohetes, 50 misiles balísticos y 30 misiles de crucero lanzados en un año contra tropas norteamericanas por grupos respaldados por Irán.

Los objetivos: centros de mando, defensas y bases aéreas

La lista de objetivos divulgada por CENTCOM revela la lógica de la operación. Según el mando, las fuerzas estadounidenses han impactado centros de mando y control del IRGC, nodos esenciales que conectan la cadena de mando política de Teherán con las unidades encargadas de lanzar misiles y drones.
Se trata de instalaciones con alto valor estratégico, porque permiten coordinar ataques simultáneos desde distintos puntos del país y de la red de milicias asociadas.

Junto a esos centros, el Pentágono asegura haber neutralizado “capacidades de defensa aérea” iraníes, así como plataformas de lanzamiento de misiles y drones y varios aeródromos militares utilizados para operar aparatos de combate y aparatos no tripulados.
No se han ofrecido cifras, pero fuentes aliadas hablan de decenas de emplazamientos golpeados en un arco que va desde el litoral del Golfo hasta el interior del país.

La lógica es clara: degradar la capacidad del régimen para responder de forma coordinada y, sobre todo, mermar su arsenal de largo alcance, el mismo que ha sido empleado para atacar ciudades en Israel, bases estadounidenses en Irak y Jordania y, más recientemente, instalaciones diplomáticas como la embajada de EEUU en Riad, impactada por dos drones esta semana.
En paralelo, la destrucción de defensas aéreas abre a EEUU e Israel una ventana más amplia para seguir operando en el espacio aéreo iraní con menor riesgo para sus aparatos.

Escalada tras semanas de guerra abierta con Irán

El comunicado de CENTCOM no puede entenderse aislado de la secuencia de los últimos días. La ofensiva actual se inscribe en una campaña mucho más amplia, en la que EEUU e Israel han ejecutado varias oleadas de ataques masivos contra objetivos militares e infraestructuras críticas iraníes desde finales de febrero, en un contexto de ruptura total de las negociaciones nucleares y de represalias cruzadas sin precedentes.

Según fuentes estadounidenses citadas por medios locales, los primeros bombardeos habrían causado la muerte del líder supremo, Alí Jamenei, y de alrededor de 40 altos cargos iraníes, un golpe político e institucional de enorme calado que Teherán trata de gestionar mientras mantiene la ofensiva retórica y militar.
El régimen ha respondido con salvas de misiles y drones contra Israel, bases estadounidenses y ciudades del Golfo, incluyendo Riad y Abu Dabi, en ataques que han obligado a activar defensas antiaéreas en cadena y han provocado ya la muerte de varios militares de EEUU.

En ese contexto, la frase del comunicado —“seguiremos tomando medidas decisivas contra las amenazas inminentes que plantee el régimen iraní”— tiene una lectura inequívoca: Washington se reserva el derecho de seguir golpeando mientras considere que Teherán mantiene capacidad ofensiva significativa, tanto directa como a través de sus milicias aliadas. La consecuencia es clara: la guerra entra en una fase de desgaste prolongado, con un riesgo creciente de desbordamiento regional.

El frente energético: petróleo en máximos y rutas en peligro

Donde el impacto se está viendo de forma inmediata es en los mercados energéticos. El temor a una interrupción de suministros desde el Golfo Pérsico ha impulsado el precio del Brent, que encadena tres sesiones al alza: el contrato de referencia llegó a tocar los 82,37 dólares por barril, máximo desde enero de 2025, antes de moderarse en torno a 78,83 dólares, un 1,4% más en la sesión y tras un salto previo del 6,7%.
El West Texas Intermediate siguió una trayectoria similar, con avances de más del 6% en un solo día.

La sensibilidad del mercado tiene explicación. Por el Estrecho de Ormuz transitan cada día entre 20 y 21 millones de barriles de crudo y derivados, alrededor del 20-30% del comercio mundial de petróleo y una quinta parte del gas natural licuado (GNL) que se mueve por mar.
Cualquier alteración, real o percibida, en esa arteria se traduce de inmediato en primas de riesgo y en nerviosismo en las mesas de negociación.

A ello se suma el impacto en el tráfico aéreo y marítimo: solo desde el sábado se han cancelado más de 11.000 vuelos en Oriente Medio, afectando a más de un millón de pasajeros, mientras que navieras y aseguradoras revisan rutas y pólizas ante la posibilidad de nuevos ataques a buques civiles.
En términos macroeconómicos, el choque todavía es manejable, pero el contraste con otras crisis energéticas recientes —de Ucrania a los ataques hutíes en el mar Rojo— resulta demoledor: la economía mundial vuelve a depender de la estabilidad de un estrecho de apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto.

Un Irán militarmente debilitado, pero aún peligroso

Los propios mandos estadounidenses reconocen que, pese al daño infligido, Irán conserva “capacidades tácticas considerables”. La destrucción de baterías antiaéreas, radares y plataformas de lanzamiento reduce su margen de maniobra, pero no lo elimina. En los últimos meses, el régimen ha demostrado que puede lanzar oleadas de decenas de misiles y drones en cuestión de horas y a varios teatros a la vez: Israel, bases en Irak, el Golfo e incluso objetivos diplomáticos.

Además, la amenaza no se limita al territorio iraní. La red de milicias y organizaciones aliadas —desde Hezbolá en Líbano hasta los hutíes en Yemen, pasando por grupos en Irak y Siria— sigue siendo un multiplicador de fuerza, capaz de hostigar a EEUU y a sus socios en múltiples puntos de los grandes “chokepoints” marítimos: Ormuz, Bab el-Mandeb, el golfo de Adén.
La experiencia reciente en el mar Rojo, donde los ataques hutíes llegaron a desviar tráfico masivo hacia el cabo de Buena Esperanza, es un recordatorio de hasta qué punto un actor no estatal, armado y financiado por Teherán, puede alterar rutas globales.

El diagnóstico es inequívoco: Irán está más aislado, con su aparato militar estratégico seriamente golpeado, pero todavía es capaz de infligir daño considerable y de elevar el coste económico del conflicto para Occidente. Ahí reside, precisamente, el peligro de una escalada de represalias sin horizonte político claro.

Riesgo de error de cálculo y guerra regional

Más allá de los partes oficiales y las curvas del Brent, la gran incógnita es si la estrategia de “acción decisiva” logrará disuadir a Teherán o, por el contrario, empujará al régimen a redoblar la apuesta. Washington insiste en que sus ataques buscan “eliminar amenazas inminentes” y “restaurar la disuasión”, mientras que Irán califica la ofensiva de “agresión ilegítima” y promete una respuesta “devastadora” contra bases y aliados de EEUU en la región.

En esa tensión permanente, el riesgo de error de cálculo es evidente. Una salva de misiles que impacte de lleno en una infraestructura crítica —una gran refinería saudí, una terminal de GNL en Qatar, un puerto petrolero en Emiratos— podría desencadenar presiones internas y externas para una respuesta aún más contundente. Del mismo modo, un ataque que provoque un número elevado de víctimas civiles en Irán o en otro país de la zona alimentaría la contestación internacional a la campaña y estrecharía el margen diplomático de Washington y de sus aliados europeos.

Mientras tanto, en el Consejo de Seguridad de la ONU se cruzan acusaciones de agresión “no provocada” y de “terrorismo de Estado”, con Rusia y China denunciando un intento de cambio de régimen y EEUU defendiendo que la operación responde al historial de ataques iraníes y a su programa nuclear.
El tablero recuerda, salvando las distancias, a otras fases de la historia reciente en las que el uso acumulativo de la fuerza acabó arrastrando a las potencias a guerras más amplias de lo previsto.

Comentarios