Estados Unidos delega la contención de Corea del Norte a Seúl
La nueva Estrategia de Defensa Nacional (National Defense Strategy, NDS) del Pentágono certifica un giro que muchos aliados temían: Estados Unidos quiere hacer menos fuera para concentrarse más dentro. El documento sitúa la defensa del territorio y del hemisferio occidental por delante de cualquier otro frente, relegando a un segundo plano el papel tradicional de “policía global”. Al mismo tiempo, ordena reforzar las capacidades militares en el Indo-Pacífico para impedir que China pueda bloquear el acceso estadounidense a la región. Lo más llamativo, sin embargo, está en la península de Corea. La estrategia afirma que Corea del Sur es “capaz de asumir la responsabilidad primaria” de disuadir a Corea del Norte, con un apoyo estadounidense “crítico, pero más limitado”. En un momento en el que Washington mantiene unos 28.500 militares en el país y Seúl ha aumentado su presupuesto de Defensa en torno a un 7,5% este año, el mensaje es inequívoco: más carga para los aliados, menos exposición directa para Estados Unidos.
Un giro histórico hacia el frente doméstico
La NDS llega después de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que ya adelantó el mantra de “homeland first, hemisphere next”: primero el territorio, después el hemisferio, y solo en tercer lugar el resto del mundo. El Pentágono traduce ahora ese marco político en líneas de fuerza militares muy concretas: reordenar despliegues, reducir la presencia permanente en escenarios lejanos y priorizar capacidades centradas en la defensa del espacio aéreo, cibernético y marítimo que rodea a Estados Unidos.
Este giro no significa aislamiento, sino recalibrar el coste-beneficio de cada compromiso exterior. En un contexto en el que el gasto militar mundial alcanzó los 2,72 billones de dólares en 2024, con Estados Unidos concentrando el 37% de ese total y el 66% del gasto de la OTAN, la presión presupuestaria es evidente. El Pentágono asume que mantener ese nivel de esfuerzo indefinidamente es políticamente insostenible y económicamente arriesgado frente a retos internos como la deuda, la polarización social o la modernización de infraestructuras críticas.
El mensaje a los aliados es incómodo pero transparente: no habrá más cheques en blanco. La NDS repite que “no es deber de Estados Unidos actuar en todas partes en solitario”, y deja claro que Washington no compensará por sistema las carencias derivadas de decisiones políticas de otros gobiernos. Detrás de la retórica, el cálculo es frío: si los socios quieren seguir beneficiándose del paraguas de seguridad estadounidense, deberán aportar más recursos, asumir más riesgo político y soportar el coste de sus propias decisiones estratégicas.
El retorno de la doctrina del hemisferio
La otra gran pieza del documento es la resurrección explícita de una versión aggiornada de la Doctrina Monroe. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 ya habló de un “corolario Trump” destinado a “restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental” y a impedir que potencias externas posicionen fuerzas o controlen activos estratégicos en la región. La NDS convierte esa declaración política en una guía operativa para el Pentágono.
En la práctica, esto significa reforzar el control sobre puntos clave como el Caribe, el golfo de México, Panamá y el Ártico, así como sobre infraestructuras estratégicas –puertos, cables submarinos, instalaciones energéticas– donde China y, en menor medida, Rusia han incrementado su huella en la última década. La idea no es solo evitar bases militares de terceros países, sino bloquear adquisiciones de activos críticos por parte de empresas consideradas cercanas a gobiernos rivales.
Los datos de gasto dan contexto: los países de América representan ya en torno al 40% del gasto militar mundial, una cifra que refleja tanto el peso de Estados Unidos como el rearme paulatino de varios países latinoamericanos. Para las economías de la región, este “regreso del hemisferio” abre un espacio de presión añadida: unos querrán aprovechar la rivalidad entre Washington y Pekín para atraer inversiones; otros se verán forzados a elegir. El diagnóstico del Pentágono es inequívoco: Latinoamérica vuelve a ser un tablero estratégico y no solo un mercado.
China y el Indo-Pacífico: disuasión sin dominio
La NDS mantiene el foco en el Indo-Pacífico, pero lo coloca en un segundo escalón, subordinado a la defensa del hemisferio. El objetivo declarado ya no es “dominar” a China, sino impedir que Pekín pueda dominar o bloquear a Estados Unidos y a sus aliados. La diferencia semántica es significativa: se pasa de una lógica de supremacía a otra de disuasión gestionada, acorde con la interdependencia económica entre las dos potencias.
El documento insiste en impedir que China pueda cerrar el acceso a rutas críticas en el mar de China Meridional y el estrecho de Malaca, por donde transita cerca de una cuarta parte del comercio marítimo mundial y una parte sustancial de las exportaciones de hidrocarburos. El Pentágono apuesta por una combinación de presencia naval distribuida, cooperación con aliados clave –Japón, Australia, Filipinas, India– y refuerzo de capacidades de negación de área (A2/AD) que dificulten cualquier intento chino de imponer un bloqueo de facto.
Sin embargo, la consecuencia es clara: si el hemisferio occidental y la patria concentran las prioridades, el Indo-Pacífico dependerá aún más de la contribución de los aliados regionales. India, por ejemplo, avanza en un plan de inversión naval de 40.000 millones de dólares en una década para reforzar su peso frente a China en el océano Índico, alentada por Washington pero con una política de “autonomía estratégica” que limitará hasta dónde está dispuesta a alinearse. El contraste con la estrategia estadounidense –más selectiva y menos omnipresente– es cada vez más evidente.
Corea del Sur ante el test definitivo
El capítulo dedicado a la península coreana es uno de los más contundentes. “Con su poderoso ejército, un alto nivel de gasto en defensa, una industria robusta y el servicio militar obligatorio, Corea del Sur es capaz de asumir la responsabilidad primaria de disuadir a Corea del Norte con un apoyo estadounidense crítico pero más limitado”, afirma la NDS.
La fórmula es inequívoca: Washington considera que Seúl ya tiene capacidades suficientes –desde misiles de largo alcance hasta sistemas de defensa antiaérea y una pujante industria de defensa– para liderar la contención del régimen de Kim Jong-un. Hoy, 28.500 soldados estadounidenses permanecen desplegados en el país, pero el nuevo enfoque abre la puerta a una reducción gradual o, al menos, a una reinterpretación de su misión, más orientada a apoyo y refuerzo que a presencia de combate directa.
Para Corea del Sur, el giro es ambivalente. Por un lado, refuerza su aspiración de mayor autonomía y justifica la subida de su presupuesto militar –que crece alrededor de un 7,5% anual– en nombre de la responsabilidad compartida. Por otro, reabre el debate sobre si el paraguas nuclear estadounidense sigue siendo creíble y si el país debe explorar opciones propias, al menos en el plano tecnológico. Lo más grave, desde la óptica de la estabilidad regional, es el riesgo de que Pyongyang interprete la menor exposición directa de tropas estadounidenses como una oportunidad para escalar provocaciones.
Europa y la OTAN: menos paraguas, más factura
La NDS no se limita a Asia. En el capítulo europeo, el documento sostiene que los aliados de la OTAN están “fuertemente posicionados” para asumir la responsabilidad principal de la defensa convencional de Europa, incluida la ayuda a Ucrania, con un apoyo estadounidense “crítico pero más limitado”. El texto destaca que el PIB combinado de los aliados europeos ronda los 26 billones de dólares, frente a los alrededor de 2 billones de Rusia, lo que subraya su “poder latente” para sostener un esfuerzo militar prolongado.
Sobre el papel, los números avalan el argumento. En 2024, el gasto militar europeo creció un 17% y los miembros europeos de la OTAN destinaron en conjunto unos 454.000 millones de dólares a Defensa, mientras Estados Unidos desembolsaba 997.000 millones. Pero el contraste con la realidad operativa es demoledor: la mayoría de los sistemas clave –aviones de combate, misiles, capacidades ISR– siguen siendo de origen estadounidense, y la coordinación europea avanza con lentitud burocrática.
La dependencia se refleja también en las compras: casi dos tercios (64%) de las importaciones de armas de los países europeos de la OTAN en los últimos cinco años proceden de Estados Unidos, y las compras se han más que duplicado desde 2020. La NDS envía un doble mensaje a las capitales europeas: deberán gastar más y mejor, pero también diversificar su base industrial si no quieren sustituir la dependencia militar directa de Washington por una dependencia tecnológica quizá aún más rígida. Para países como España, atrapados entre las exigencias de gasto de la OTAN y la disciplina fiscal, el equilibrio será delicado.
La oportunidad –y el riesgo– para la industria de defensa
Si la política se reequilibra, la industria de defensa se prepara para una década dorada pero volátil. Según datos del SIPRI, los 100 mayores fabricantes de armas del mundo ingresaron en 2024 un récord de 679.000 millones de dólares, un 5,9% más que el año anterior. Las empresas estadounidenses concentraron unos 334.000 millones, mientras las europeas aumentaron su facturación un 13%, impulsadas por la guerra en Ucrania y el rearme acelerado.
La nueva NDS apunta a un cambio en la composición de esa demanda. La prioridad en la defensa del territorio y el hemisferio reforzará las inversiones en defensa antimisil, sistemas anti-drone, ciberseguridad, vigilancia del Ártico y protección de infraestructuras críticas. Al mismo tiempo, la exigencia de que Corea del Sur, Japón o los aliados europeos asuman más responsabilidad abre un espacio creciente para transferencias de tecnología, producción bajo licencia y co-desarrollo de sistemas que reduzcan la dependencia directa de los arsenales estadounidenses.
Para la industria europea –incluida la española– el dilema es claro: o se aprovecha esta ventana para consolidar una base tecnológica propia en áreas como misiles, sistemas navales, espacio y ciber, o el incremento del gasto se traducirá, de nuevo, en más importaciones desde Estados Unidos. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Corea del Sur ha construido en dos décadas un campeón industrial capaz de exportar carros de combate, obuses y fragatas, Europa sigue fragmentada en proyectos duplicados y calendarios imposibles.
América Latina en el tablero del Pentágono
El énfasis en el hemisferio occidental tiene una derivada directa para América Latina, donde la presencia económica y tecnológica de China se ha disparado en infraestructuras, energía, telecomunicaciones y minería estratégica. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 ya advertía de que Estados Unidos “negará a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas o controlar activos estratégicos” en la región. La NDS traduce esa frase en un mandato para el Pentágono: reforzar la vigilancia militar, la cooperación en seguridad y la influencia sobre las decisiones de inversión de los gobiernos latinoamericanos.
Este hecho revela un nuevo tipo de presión: no se trata solo de bases militares, sino de quién financia y opera puertos, redes 5G, satélites o minas de litio. Países que han firmado acuerdos amplios con China, desde el Cono Sur hasta Centroamérica, pueden verse sometidos a vetos o condicionantes informales si sus decisiones se perciben como una cesión de activos estratégicos a un rival. Al mismo tiempo, Washington promete más cooperación en control de fronteras, lucha contra el crimen organizado y resiliencia de infraestructuras, en un paquete que mezcla seguridad dura y diplomacia económica.
Para España y Europa, muy presentes en banca, energía y telecomunicaciones latinoamericanas, el cambio no es menor. El refuerzo de la prioridad hemisférica puede traducirse en una competencia más intensa por las grandes concesiones y en una mayor politización de proyectos hasta ahora considerados puramente económicos. La consecuencia es clara: la geopolítica vuelve a imponerse a la lógica del mercado.