Irastorza enfría la alarma sobre Rusia y la OTAN: “No creo que la sangre llegue al río”
En medio de un clima geopolítico que parece desbordarse cada día un poco más, las recientes informaciones en torno a un ataque contra un edificio residencial en Ucrania han encendido alertas entre la OTAN y sus aliados. Pero ¿qué hay realmente tras este suceso? ¿Estamos ante una maniobra calculada para justificar futuras acciones militares, o más bien frente a un episodio desafortunado dentro de un conflicto complejo? Eduardo Irastorza, profesor de OBS Business School, nos toma de la mano para desmenuzar las capas de esta historia y evaluar las implicaciones que podría tener para la seguridad europea y mundial.
Europa vuelve a mirar al Este con una sensación incómoda: ya no se trata solo de sobrevuelos o amenazas, sino de impactos que rozan lo civil.
El comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, agita el ambiente con un titular maximalista: Rusia tendría potencial para “millones de drones”.
Y, mientras tanto, la guerra de Ucrania acumula cifras que revelan desgaste: un desfase de 28.000 millones de dólares y un paquete de 90.000 millones de euros para Kiev en dos años.
En paralelo, Oriente Medio mantiene al mercado en vilo con un crudo en torno a 96 euros y un alto el fuego roto dos veces en una semana.
Todo ocurre a la vez. Y cuando todo ocurre a la vez, el riesgo no es solo militar: es económico.
Golpe quirúrgico o error: el episodio que nadie quiere aclarar
Irastorza describe la escena con una palabra que dice mucho: “detectivesco”. En su lectura, el impacto contra un edificio residencial abre un abanico de hipótesis que ningún gobierno mostrará al público: desde un error hasta un “golpe quirúrgico” ligado a intereses de inteligencia o gestión de drones. El matiz importa porque cambia la respuesta política: no es lo mismo una negligencia operativa que un mensaje calculado.
“Es previsible que esto no vaya a más en esta zona y que hayan sonado los teléfonos a un lado y a otro del Atlántico dándose explicaciones… que nunca van a llegar a la opinión pública”, sostiene. Ese silencio no es casual: es parte del control del pánico. Pero también tiene un coste, porque la falta de relato alimenta el ruido y el ruido se convierte en prima de riesgo.
Falsa bandera y propaganda: la gasolina perfecta para la escalada
La hipótesis más tóxica es la que Irastorza menciona sin afirmarla: la posibilidad de una falsa bandera ucraniana para “calentar el ambiente” y empujar a la OTAN a intervenir. En términos estratégicos, es el tipo de sospecha que corroe alianzas: introduce dudas sobre el origen, el objetivo y la intencionalidad. Y en el tablero financiero, convierte cualquier incidente en volatilidad.
Aquí aparece el contraste con la Guerra Fría: entonces, el miedo era nuclear y lento; hoy es tecnológico y rápido. Un dron, un misil errático o una filtración bastan para provocar movimientos bruscos en energía, defensa y divisas. La consecuencia es clara: el ciudadano no verá esos “teléfonos” entre capitales, pero sí notará el efecto cuando sube el coste del dinero, cuando las empresas congelan inversión o cuando la factura energética se recalienta.
“Millones de drones”: la exageración que tapa el problema real
Kubilius alerta de un escenario de guerra con la OTAN incluso si terminara Ucrania, y lo adorna con la imagen de “millones de drones”. Irastorza lo corta de raíz: sí, puedes lanzar lo que quieras, “pero al final tienes que ocupar el terreno”. Y ahí introduce la comparación histórica más contundente: Rusia no tiene hoy la capacidad de movilización que tuvo Stalin en la Segunda Guerra Mundial.
El diagnóstico es inequívoco: el riesgo no es una invasión convencional “al uso”, sino una guerra de golpes, contragolpes y castigo a distancia, “como lo que ha estado ocurriendo entre Israel e Irán”. Es decir, conflicto sostenido sin ocupación, pero con capacidad de dañar infraestructuras, economía y confianza. Y ahí Europa queda en medio: demasiado cerca para no pagar, demasiado dividida para imponer una salida.
Rumanía, Moldavia y el Mar Negro: la frontera que puede cambiar el mapa
Irastorza no ve que “la sangre llegue al río”, pero sí señala dónde se tensan los cables: Rumanía, Moldavia y Transnistria —“muy pro rusa”— como piezas en el cierre del Mar Negro. El escenario temido es una ofensiva hacia Odessa que dejaría a Ucrania “sin costas, sin mar” y empujaría al país hacia una suerte de estado fallido.
Ese tipo de resultado tendría un efecto dominó regional: reactivar viejas pulsiones de seguridad en Polonia, Rumanía y otros actores con memoria histórica de fronteras móviles. El problema para la UE es doble: seguridad y economía. Reforzar el flanco oriental implica gasto, logística y munición política interna. No hacerlo implica vulnerabilidad y dependencia. Y en ambos casos, el mercado lo descuenta: más deuda, más presión sobre presupuestos y más sensibilidad del ciclo industrial europeo a cada sobresalto.
La guerra enquistada: 28.000 millones de más y 90.000 para seguir
Mientras Oriente Medio roba titulares, Ucrania sigue “enquistada” en una dinámica de drones y desgaste, con “centenares” abatidos cada madrugada. En ese contexto aparecen los números que retratan una guerra larga: un desfase de 28.000 millones de dólares y un horizonte de 90.000 millones de euros para Zelenski tras sortear el veto húngaro.
Irastorza sugiere que Putin mira el mapa completo —Ormuz, Groenlandia, mar de China, Taiwán— y calcula que, antes o después, “tendrían que recurrir a él” como parte de una solución global. Y advierte del punto de inflexión: si Ucrania incrementa ataques “en profundidad”, Rusia puede responder con una demostración de fuerza sobre un objetivo que “llame la atención del mundo”. No es un cierre; es una amenaza de guion.
Ormuz, petróleo y la economía del vaivén: “mueven muchísimo dinero”
La tregua se rompe “dos veces” en una semana y el mercado, aun así, recibe el ruido “con optimismo”, con el barril en torno a 96 euros. Irastorza introduce aquí una idea incómoda: estas oscilaciones “mueven muchísimo dinero”, intereses e información privilegiada, porque “suben y bajan” los precios del petróleo con cada avance o retroceso.
“Es información privilegiada: avanzas, no avanzas… suben los precios, bajan los precios del petróleo”, insiste, poniendo el foco en la dimensión económica del conflicto. Y remata con una advertencia estratégica: la Guardia Revolucionaria gana peso tras la eliminación de dirigentes más moderados, lo que endurece cualquier salida. Europa, de nuevo, aparece como principal damnificado: cada repunte del crudo se cuela en inflación, transporte e industria.