Filtran el "gran error" de Trump con la guerra de Irán: "No fue entrar en el confilcto"
El mundo no entró en pánico por Irán; entró en pánico por Trump. No por la capacidad nuclear —real o supuesta—, sino por el modo en que la Casa Blanca convirtió una crisis en un espectáculo de ultimátums, tuits y marcha atrás. Fonseca lo resume con crudeza: el presidente “se ha lucido” esta semana y ha terminado blanqueando la imagen de Teherán. Mientras tanto, en EEUU se convocaron más de 3.200 protestas contra la guerra y contra lo que los organizadores llamaron una deriva autoritaria del Gobierno.
El alto el fuego de dos semanas acordado a última hora no despeja el principal cuello de botella: Ormuz sigue prácticamente paralizado y la presión sobre el precio y la logística continúa. La pregunta, por tanto, ya no es si Trump tenía motivos para presionar a Irán. Es si su forma de hacerlo ha convertido una operación de fuerza en un boomerang político.
El error central: confundir el golpe con la estrategia
Fonseca plantea una idea que en Washington se ha vuelto venenosa: el problema no era la “idea” de entrar, sino la ejecución sin plan. La Casa Blanca pasó de exigir la reapertura de Ormuz bajo amenaza a aceptar una tregua temporal sin asegurar el objetivo principal. Reuters relató que Trump aceptó el acuerdo de dos semanas menos de dos horas antes de que venciera su propio ultimátum.
Ahí se rompe la lógica. Un ultimátum es una herramienta de coerción si detrás hay credibilidad y un camino claro. Si se convierte en una rueda de prensa con frases extremas y luego en una negociación improvisada, el ultimátum deja de asustar al rival y empieza a asustar a los aliados. El resultado es el peor de los mundos: el adversario aprende que se puede aguantar y el socio concluye que no hay mando.
La consecuencia es clara: una operación diseñada para doblegar a Teherán termina mostrando a EEUU como potencia impulsiva. Y, en geopolítica, la impulsividad se paga con primas de riesgo, tanto militares como económicas.
La contradicción como doctrina: hablar distinto cada día
Fonseca insiste en el patrón: Trump declara victoria y, a la vez, dice que la guerra continúa; fija plazos de semanas y los cambia; exige colaboración de aliados tras actuar “solo” y sin consultar. Ese zigzag, en plena crisis, convierte la comunicación presidencial en un arma contra su propio objetivo: desordena la coalición y ofrece a Irán un regalo estratégico, la imagen de resistencia frente a un líder errático.
Además, esa inconsistencia tiene una derivada doméstica peligrosa. Cuando la sociedad percibe que la guerra no tiene marco, la protesta se multiplica. Reuters documentó esas movilizaciones masivas tipo “No Kings”, con miles de actos en todos los estados. En ese clima, cada amenaza se interpreta como una posibilidad real, aunque sea remota.
Y el problema no es solo “lo que dijo”, sino lo que provocó: una sensación global de que el botón lo maneja alguien que improvisa. La disuasión se basa en previsibilidad; la improvisación alimenta el miedo… y la oposición.
El regalo a Irán: pasar de villano regional a “resistente”
En la lectura de Fonseca, Trump ha logrado un “milagro” político: que Irán parezca el actor razonable por contraste. La propia tregua, aun limitada, permite a Teherán vender una idea: “aguantamos y negociamos”. Mientras, Washington queda asociado al ultimátum, al bloqueo y a la escalada.
Esa inversión de papeles se ve reforzada por los datos de opinión. Una encuesta Reuters/Ipsos situó el apoyo a los ataques estadounidenses contra Irán en torno al 27%, con más desaprobación que aprobación. Cuando una intervención exterior se percibe impopular en casa, el rival entiende que el tiempo juega a su favor.
En el terreno internacional, el efecto es aún más corrosivo: no hace falta que Irán “gane” militarmente si consigue legitimidad narrativa y divide a sus enemigos. Y, según Fonseca, eso está ocurriendo: el régimen aguanta y Washington aparece como el factor desestabilizador.
Ormuz como prueba del fracaso: tregua sin petróleo
La pieza más tangible del error es Ormuz. La tregua de dos semanas no garantiza que vuelva el petróleo. Y sin esa reapertura, la operación queda atrapada: ni victoria, ni salida. Reuters informó de que el tráfico por el Estrecho se mantenía en mínimos, con al menos seis buques en 24 horas, una fracción de lo normal.
Eso es lo que desarma el relato de la Casa Blanca. Un alto el fuego que no restablece el flujo energético se parece demasiado a un “alto el fuego” para ganar tiempo político, no para resolver el problema. Y ese tiempo lo paga el mercado.
Lo más grave es el incentivo que deja: si Irán comprueba que puede estrangular Ormuz y sentar a Washington a negociar, el estrecho se convierte en herramienta recurrente. Trump quería evitarlo; su forma de proceder lo ha consolidado.
Aliados: pedir ayuda después de despreciarlos
Fonseca subraya otra grieta: exigir a Europa y a socios tradicionales que “arreglen el fregado” después de entrar sin coordinación. En una arquitectura como la OTAN, donde los compromisos son defensivos, esa exigencia tiene poco recorrido político. El resultado es una coalición más fría, menos dispuesta y más preocupada por el coste interno que por el objetivo estratégico.
Mientras tanto, Trump intenta sortear el coste institucional en casa. Reuters y AP han recogido cómo la administración sostiene que las hostilidades quedaron “terminadas” por el alto el fuego, en pleno pulso por los plazos de la War Powers Resolution. En otras palabras: además del frente exterior, hay un frente legal y político doméstico.
Aquí está la paradoja final del “error Trump”: quiso demostrar poder sin ataduras y ha terminado acumulando dependencias. Dependencia de aliados a los que insultó. Dependencia del Congreso al que intenta esquivar. Y dependencia de una tregua que no abre Ormuz. En ese triángulo, Irán no necesita hacer mucho más que resistir.