Hezbolá abre otro frente con 100 misiles sobre Israel

La ofensiva, bautizada como “Withered Grain”, coincide con nuevas alertas por ataques iraníes y confirma que la guerra ha dejado de ser un choque limitado para convertirse en una crisis regional de varios frentes.

EPA/ATEF SAFADI
EPA/ATEF SAFADI

Unos 100 misiles lanzados desde Líbano bastaron en las últimas horas para devolver a Israel a la lógica de la saturación: sirenas en el norte, refugios activados y una sensación de asedio que, esta vez, no quedó contenida en una sola frontera. A la vez, también se activaron alarmas en el sur del país por lo que las primeras informaciones atribuyeron a una nueva oleada iraní. Hezbolá reivindicó la operación bajo el nombre de “Withered Grain”, mientras el Ejército israelí confirmaba la detección de los lanzamientos y, de momento, la ausencia de un balance definitivo de víctimas o daños. Lo más grave no es solo el número de proyectiles. 

Dos alarmas, un mismo mensaje

La secuencia de las últimas horas dibuja una fotografía inquietante. Al norte, las alertas antiaéreas se activaron tras el lanzamiento detectado desde territorio libanés. Al sur, los avisos coincidieron con nuevas informaciones sobre proyectiles iraníes. Dos direcciones, un solo patrón de presión: obligar a Israel a repartir defensa, mando y capacidad de respuesta en tiempo real. Este hecho revela un salto cualitativo. Ya no se trata únicamente de hostigar la frontera galilea con fuego esporádico, sino de forzar un escenario de desgaste simultáneo.

El dato de los 100 misiles no es menor. En la doctrina de Hezbolá, un volumen así cumple varias funciones a la vez: probar los tiempos de reacción israelíes, medir la eficacia de sus capas de interceptación y, sobre todo, demostrar que conserva capacidad de lanzamiento pese a la presión aérea sobre sus posiciones. El diagnóstico es inequívoco: cada nueva andanada pretende transmitir que la organización sigue operativa, que el frente norte no está neutralizado y que la guerra con Irán puede tener prolongaciones indirectas —pero muy reales— sobre territorio israelí.

El regreso del frente libanés

Conviene subrayar el contexto. La propia UNRWA constató que la noche del 1 al 2 de marzo de 2026 marcó la primera gran operación de Hezbolá desde el acuerdo de cese de hostilidades de noviembre de 2024. Desde entonces, la tensión ha ido en aumento y el intercambio de fuego ha dejado de parecer episódico. Lo que se vende como represalia puntual se está convirtiendo, en realidad, en la reconstrucción de un frente estable.

El contraste con la etapa posterior al alto el fuego resulta demoledor. Durante meses, la región vivió una calma relativa, siempre frágil, pero suficiente para sostener la idea de contención. Esa arquitectura se ha resquebrajado. Hezbolá, que ya había disparado cohetes casi a diario durante largos periodos en 2024 en solidaridad con Gaza, vuelve ahora con una lógica más ambiciosa y vinculada directamente al eje iraní. Lo más grave es que el Líbano oficial apenas dispone de margen para corregir esa deriva. Cuando un Estado no controla plenamente la decisión de guerra en su propio territorio, la frontera deja de ser línea defensiva y pasa a ser plataforma de escalada.

La lógica de “Withered Grain”

El nombre elegido por Hezbolá tampoco es decorativo. Las operaciones bautizadas forman parte de una guerra narrativa en la que cada actor intenta imponer significado antes incluso de imponer daños. “Withered Grain” sugiere castigo, erosión y una ofensiva pensada para secar, poco a poco, la resistencia del adversario. No es solo propaganda: es doctrina. La organización quiere aparecer como parte coordinada de una presión más amplia sobre Israel, no como una milicia actuando en solitario.

Según los reportes más recientes, la ofensiva alcanzó más de 50 objetivos y se produjo en coordinación con una fase de mayor tensión regional. La consecuencia es clara: Hezbolá intenta elevar el coste de cualquier campaña israelí contra Irán o contra su infraestructura libanesa. En términos militares, lanzar una salva numerosa sin generar por ahora un parte elevado de víctimas no invalida su efecto. El objetivo puede ser otro: saturar, obligar a cerrar actividad civil, disparar el uso de interceptores y demostrar que el sistema de defensa, por robusto que sea, tiene un precio operativo y psicológico creciente. Ese es, precisamente, el tipo de cálculo que anticipa las guerras de desgaste.

Israel ya preparaba la respuesta

Israel no llega a esta jornada en posición pasiva. En los últimos días, el IDF ha informado de ataques sobre decenas de lanzaderas, depósitos y puntos de lanzamiento situados al sur del Litani. El 2 de marzo habló de más de 70 instalaciones alcanzadas; el 9 de marzo, de nuevas operaciones sobre lanzadores utilizados contra su territorio. En paralelo, fuentes oficiales israelíes sostienen que desde comienzos de mes Hezbolá se ha sumado deliberadamente al esfuerzo bélico de Irán. “Desde el 2 de marzo, Hezbolá ha disparado decenas de cohetes y UAV contra Israel”, resumió el Ejército en una de sus actualizaciones.

Eso explica por qué la reacción israelí apunta cada vez menos a la simple represalia táctica y cada vez más a la degradación sistémica de la infraestructura de la milicia. El problema es conocido: destruir lanzadores no equivale a desactivar la amenaza cuando la organización conserva dispersión territorial, red logística y capacidad de reposición. Israel puede golpear, y de hecho lo está haciendo, pero aún no ha demostrado que pueda cerrar por completo la ventana de lanzamiento. Ahí reside el equilibrio inestable actual: superioridad aérea clara, sí; neutralización definitiva, no.

Un Líbano cada vez más atrapado

En medio del intercambio de fuego, el Líbano vuelve a aparecer como el gran rehén de la crisis. El Parlamento libanés prorrogó recientemente su mandato dos años con el voto favorable de 76 diputados, alegando que la inseguridad hacía inviable el calendario político ordinario. No es un detalle menor. Revela hasta qué punto la guerra ya condiciona la institucionalidad del país. Cuando la continuidad parlamentaria depende del deterioro militar, el deterioro militar deja de ser un episodio y se convierte en estructura.

A esa fragilidad se suma la presión humanitaria. AP situaba hace solo unos días en más de 83.000 los desplazados por la reactivación de los combates, mientras otros balances elevaban la cifra total a más de medio millón en el marco de la escalada reciente. UNRWA, por su parte, había registrado 1.300 personas en sus refugios ya el 6 de marzo. Son números que importan porque dibujan el verdadero alcance del conflicto: no solo habla la artillería, también lo hace el vaciamiento de barrios, carreteras colapsadas y una administración libanesa incapaz de monopolizar la seguridad. El contraste con otras crisis regionales es elocuente: donde el Estado se debilita, las milicias ganan margen; donde las milicias ganan margen, la diplomacia retrocede.

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