Irán acusa a EEUU e Israel: “guerra de agresión” en plena negociación

Teherán denuncia que el ataque de febrero de 2026 estalló en plena negociación y eleva el pulso a categoría moral. Esmaeil Baqaei, portavoz del Ministerio de Exteriores iraní.

Misil

Foto de Maciej Ruminkiewicz en Unsplash
Misil Foto de Maciej Ruminkiewicz en Unsplash

Tres meses después del choque que Teherán atribuye a Washington y Tel Aviv, Irán ha decidido cambiar el tono: ya no habla de incidente ni de represalia, sino de “guerra de agresión”.

Lo más relevante no es solo la acusación, sino el momento elegido: según el Gobierno iraní, el ataque se produjo durante negociaciones diplomáticas.

El portavoz Esmaeil Baqaei lo enmarca como una batalla moral, acusa a sus adversarios de violar las leyes de la guerra y cierra con una advertencia clásica en tiempos de polarización: “el silencio es complicidad con el mal”.

El relato de Teherán: del incidente al “delito”

El Ministerio de Exteriores iraní ha optado por una escalada semántica calculada. Llamar “guerra de agresión” a un ataque atribuido a dos potencias —Estados Unidos e Israel— no es un matiz retórico: es una forma de solicitar legitimidad política, jurídica y, sobre todo, emocional. Este hecho revela una estrategia conocida en los manuales diplomáticos: convertir un episodio militar en casus belli narrativo, capaz de ordenar a la opinión pública interna y de presionar a terceros países.

Baqaei no se limita a denunciar. Construye un marco de “bien contra mal” que empuja a la comunidad internacional a elegir bando. En esa lógica, la neutralidad se convierte en pecado y el cálculo estratégico, en cobardía. El diagnóstico es inequívoco: Teherán quiere que el conflicto deje de interpretarse como una disputa regional y pase a considerarse un precedente global.

Negociaciones bajo fuego, confianza bajo mínimos

La acusación más delicada es temporal: el ataque habría comenzado en plena negociación entre Washington y Teherán. Si esa secuencia se consolida en el debate internacional, la consecuencia es clara: la diplomacia queda presentada como escenografía, mientras el poder real opera por debajo de la mesa. Para Irán, el objetivo sería doble. Primero, blindar su argumento de que no se puede pactar con un actor que negocia mientras golpea. Segundo, desgastar a los mediadores y socios europeos que, tradicionalmente, han intentado sostener canales de diálogo.

El contraste con otras crisis resulta demoledor: cuando la conversación se rompe, el espacio lo ocupan los halcones. Y en Oriente Próximo, donde la rivalidad entre Irán y EE UU se arrastra desde hace más de 40 años (1979 como punto de inflexión), cada ruptura tiende a durar más de lo previsto. La desconfianza se convierte en política de Estado.

La retórica del horror como palanca internacional

Baqaei no solo denuncia una agresión: acusa a sus adversarios de “deleitarse” en la violación de las leyes de la guerra y de la decencia básica. Y remata con imágenes deliberadamente insoportables, diseñadas para imponer un coste reputacional al rival. En su formulación más extensa, el portavoz iraní eleva el choque a una dimensión casi civilizatoria:

“[Es] una lucha definitoria por el futuro de la humanidad… [y] fuerzas que se complacen en violar cada ley de la guerra y la decencia humana básica.”

Este tipo de lenguaje no busca convencer a Washington o a Tel Aviv. Busca activar a audiencias intermedias: países no alineados, foros multilaterales, sociedades occidentales cansadas de conflictos y, especialmente, a quienes todavía creen que la presión moral puede cambiar el curso de una guerra. Lo más grave es el subtexto: si el conflicto es “por la humanidad”, cualquier concesión del adversario queda deslegitimada de antemano.

El coste económico que amenaza al Golfo

Aunque el mensaje es político, la lectura económica late en cada línea. La región donde se proyecta el conflicto es un nervio del sistema energético mundial: por el Estrecho de Ormuz transita aproximadamente el 20% del petróleo global. En cuanto el riesgo geopolítico sube, los mercados no esperan confirmaciones oficiales: ajustan precios, primas de seguros, rutas marítimas y coberturas financieras.

Para Europa, el problema no es solo el petróleo, sino la inflación importada y el encarecimiento del crédito si el shock se prolonga. Para Asia, la vulnerabilidad es logística: cualquier perturbación en el Golfo repercute en cadenas de suministro ya tensas. En ese contexto, el relato iraní busca algo más que apoyo político: persigue que los actores económicos —energéticas, navieras, aseguradoras— perciban a EE UU e Israel como factores de inestabilidad sistémica, elevando el coste de seguir la misma estrategia.

El choque de legitimidades y el efecto dominó

El mensaje de Baqaei también es un aviso a los aliados de ambos lados. En el tablero regional, cada escalada genera imitaciones: milicias, socios y rivales calibran el nivel de impunidad y deciden si es momento de avanzar posiciones. El “silencio es complicidad” apunta, precisamente, a los que suelen mirar hacia otro lado por interés: países que comercian con todos, potencias que predican derechos humanos pero priorizan seguridad, gobiernos que temen una crisis energética antes que una crisis moral.

Aquí emerge el riesgo estructural: cuando los Estados elevan el conflicto a una disputa ética absoluta, los márgenes de desescalada se estrechan. Nadie quiere aparecer cediendo ante el “mal”. En términos prácticos, eso puede traducirse en más ataques indirectos, más sabotajes, más presión sobre rutas comerciales y más volatilidad financiera. El efecto dominó rara vez llega de frente; casi siempre entra por la puerta de la logística.

La ventana de los próximos 90 días

Teherán ha marcado un horizonte implícito: el corto plazo. A estas alturas, con el choque atribuido a febrero de 2026, la batalla principal se libra en el terreno de la opinión pública internacional y del posicionamiento de terceros. Los próximos 90 días serán decisivos para medir si el encuadre iraní —“guerra de agresión” durante negociaciones— se impone o si queda reducido a propaganda.

Si el relato prende, aumentará la presión para investigaciones, resoluciones y condenas, aunque no sean vinculantes. Si no prende, el conflicto corre el riesgo de normalizarse como otro episodio más en la cadena de tensiones de Oriente Próximo. Y ahí está el verdadero peligro: la normalización es la antesala de la repetición. En un entorno donde la confianza ya era mínima, cada nueva ronda puede ser más corta, más intensa y más difícil de desactivar.

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