Irán acusa a EEUU e Israel de bombardear el complejo nuclear de Arak

El golpe sobre el complejo iraní de agua pesada agrava una negociación ya exhausta y devuelve al estrecho de Ormuz al centro del mayor riesgo energético del año.

Khondab, Irán
Khondab, Irán

El equivalente al 20% del consumo mundial de líquidos petroleros pasa por Ormuz, y esa cifra basta para explicar por qué el ataque sobre Arak no es solo un episodio militar más. Medios iraníes informaron este viernes 27 de marzo de 2026 de un ataque atribuido a Estados Unidos e Israel sobre el complejo de Khondab, conocido durante años como Arak, mientras seguimientos en directo de medios internacionales situaban el golpe dentro de una campaña ya abierta contra objetivos estratégicos iraníes. No se han reportado víctimas ni fuga radiológica, pero lo relevante no es solo el daño físico. Lo decisivo es que el ataque alcanza un símbolo del programa nuclear iraní en pleno forcejeo sobre el enriquecimiento de uranio y con el petróleo moviéndose ya en cotas de crisis.

Un objetivo sensible y calculado

Arak no es Natanz ni Fordow, pero tampoco es una instalación menor. El aviso israelí de evacuación sobre la zona de Arak, difundido en persa horas antes del ataque, mostraba que no se trataba de un golpe improvisado, sino de una operación diseñada para combinar presión militar, mensaje político y cálculo psicológico. El complejo de Khondab alberga el reactor de investigación de agua pesada que durante años ha concentrado parte de las alertas internacionales por su potencial para abrir una vía al plutonio, aunque su estado operativo seguía siendo incompleto. Que no se hayan comunicado muertos ni un incidente radiológico reduce el impacto humanitario inmediato, pero no rebaja el valor estratégico del blanco: cuando una guerra alcanza un nodo nuclear, aunque sea inacabado, cambia el lenguaje de la disuasión. Lo más grave es que el mensaje se lanza mientras Washington y Teherán siguen chocando sobre el núcleo de cualquier salida: quién controla, limita o desmantela la capacidad iraní de enriquecimiento.

El reactor que nunca dejó de inquietar

La Agencia Internacional de la Energía Atómica constató en mayo de 2025 que en Khondab seguían en marcha trabajos civiles menores y que Irán había trasladado la previsión de puesta en marcha a 2026. No era, por tanto, un proyecto abandonado, sino un activo demorado, vigilado y con carga simbólica. La preocupación histórica reside en la naturaleza del reactor: el diseño de 40 MWt de Arak fue durante años objeto de negociación porque los reactores de agua pesada, si no se rediseñan y supervisan, pueden ofrecer una ruta sensible hacia la producción de plutonio. Bajo el JCPOA, ese proyecto debía reconducirse para minimizar riesgos de proliferación y mantener usos de investigación y radioisótopos. Ese equilibrio, sin embargo, dependía de verificación, continuidad y cooperación. Cuando desaparecen esas tres cosas, la instalación deja de ser un simple reactor a medio hacer y vuelve a convertirse en un símbolo de desconfianza estratégica. El contraste entre lo técnico y lo político resulta demoledor: aunque el reactor no estuviera operativo, su valor como objetivo ya era plenamente operativo.

Sin radiación, pero con una señal inequívoca

El dato inmediato más tranquilizador es también el más revelador. El OIEA ya había señalado tras el precedente de 2025 que Khondab estaba bajo construcción y sin material nuclear en su interior, de modo que “no estaba operativo y no contenía material nuclear, por lo que no se esperaban efectos radiológicos”. Ese patrón ayuda a interpretar lo ocurrido ahora: el objetivo no parece haber sido provocar una contaminación, sino desarticular capacidades futuras y elevar el coste político de la reconstrucción. Esto cambia el ángulo del análisis. No estamos ante una operación pensada para generar una catástrofe nuclear, sino ante una maniobra de degradación estratégica dirigida a recordar a Teherán que cualquier activo susceptible de reactivar una vía sensible seguirá bajo amenaza. La consecuencia diplomática es todavía más dura: si Irán interpreta que ya no existe espacio para proteger sus activos incluso en fase de desarrollo, el incentivo para ceder en la mesa disminuye. Y cuando eso ocurre, la espiral entre ataque preventivo y carrera tecnológica se acelera.

El choque real está en Ormuz

Negocios y geopolítica vuelven a cruzarse en el mismo punto. Según la EIA estadounidense, por el estrecho de Ormuz circularon en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petroleros. Ahora, en plena guerra regional, el tráfico se ha desplomado entre un 90% y un 95% según los seguimientos más recientes, mientras el Brent ha oscilado en torno a 108 dólares por barril. Ese es el verdadero multiplicador del ataque sobre Arak. Cada golpe sobre infraestructuras nucleares o energéticas endurece la posición iraní sobre el estrecho y refuerza el riesgo de que la crisis deje de ser militar para convertirse en una perturbación persistente de oferta. La economía global entiende muy bien ese lenguaje: fletes más caros, aseguramiento más caro, inflación importada y presión industrial renovada sobre Europa y Asia. El diagnóstico es inequívoco: Arak no mueve el precio por sí solo, pero sí aumenta la probabilidad de que Ormuz siga moviéndolo al alza.

La negociación entra en terreno de derribo

La Administración estadounidense y los mediadores regionales han dejado entrever en los últimos días contactos indirectos, con Pakistán como uno de los canales más activos. Pero las posiciones siguen extraordinariamente separadas. Fuentes recogidas por medios internacionales señalan que Teherán rechaza arrancar una negociación aceptando un fin permanente del enriquecimiento y considera excesivo el paquete de exigencias planteado por Washington, que incluye la retirada del uranio enriquecido y límites más amplios sobre misiles y proyección regional. En ese contexto, el ataque sobre Arak no acerca necesariamente una solución; puede, de hecho, estrechar aún más el margen de concesión. Porque cada vez que una instalación vinculada al programa nuclear es alcanzada, el régimen tiene más incentivos internos para presentar la negociación como capitulación. Este hecho revela una paradoja incómoda: la presión militar puede abrir una ventana táctica, pero también cerrar la política si convierte cualquier cesión en un coste doméstico insoportable para Teherán.

Los datos que explican el miedo occidental

Hay un motivo por el que el expediente iraní sigue siendo extraordinariamente sensible incluso después de años de desgaste diplomático. El OIEA estimó que, a 17 de mayo de 2025, Irán acumulaba 9.247,6 kg de uranio enriquecido en distintas formas, de los que 408,6 kg correspondían a material enriquecido hasta el 60% en forma de UF6. Además, el organismo advirtió de que la producción y acumulación de uranio altamente enriquecido por parte de Irán era motivo de “seria preocupación”. No se trata solo del volumen, sino del contexto de verificación: la agencia reconoce haber perdido continuidad de conocimiento sobre inventarios, componentes y materiales desde hace más de cuatro años, tras el desmantelamiento de buena parte de sus mecanismos de seguimiento ligados al JCPOA. La consecuencia es devastadora para cualquier negociación seria: hay más material, menos transparencia y menos confianza verificable. Y cuando el árbitro admite que ya no puede reconstruir completamente la trazabilidad, el terreno se vuelve ideal para que la lógica militar sustituya a la diplomática.

El precedente de 2025 y el riesgo de normalización

Lo ocurrido en Arak tampoco nace de cero. En junio de 2025, el OIEA ya informó de daños en el reactor de investigación de Khondab y precisó entonces que no esperaba consecuencias radiológicas porque la instalación no estaba operativa. Aquel episodio parecía un umbral excepcional. Hoy, en cambio, el riesgo es otro: que este tipo de acciones empiecen a percibirse como parte de una normalidad bélica asumida. Y esa normalización sería el peor escenario económico y estratégico. Una guerra con ataques recurrentes sobre activos nucleares, cierres parciales o selectivos de Ormuz, crudo por encima de 100 dólares durante semanas y negociación indirecta sin garantías no desemboca en una victoria clara, sino en un deterioro largo. La inferencia es clara: el ataque de este viernes puede no haber producido una fuga radiológica, pero sí puede estar consolidando una fuga de estabilidad en Oriente Próximo. Ahí reside el verdadero daño. No en la imagen del reactor, sino en el mensaje que deja: el conflicto ya ha entrado en una fase en la que castigar capacidades futuras importa tanto como destruir las presentes.

Comentarios