Irán amenaza a EE UU con responder “hasta la última gota”
La última advertencia de Teherán no admite matices: si Estados Unidos convierte sus amenazas en hechos, Irán asegura que responderá “con todas sus fuerzas y hasta la última gota de sangre”. El mensaje, lanzado por el ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, llega pocos meses después de la “guerra de los 12 días” del pasado junio entre Irán, Estados Unidos e Israel, y en plena ola de protestas internas duramente reprimidas.
En un Oriente Medio convertido en tablero de riesgo permanente, la combinación de retórica maximalista, sanciones y memoria aún fresca del último conflicto alimenta la posibilidad de una nueva escalada. Lo que está en juego trasciende la pugna bilateral: por el estrecho de Ormuz pasa alrededor del 20-30% del comercio mundial de petróleo y una quinta parte del gas natural licuado, volumen suficiente para desestabilizar la economía global si se ve alterado. El resultado es un cóctel de tensión política, riesgo militar y vulnerabilidad energética que vuelve a colocar a Irán en el centro de la tormenta geopolítica.
Un aviso que eleva el riesgo de choque directo
La frase elegida por Nasirzadeh no es casual. Frente al lenguaje cuidadosamente calibrado de otros momentos, el ministro opta por una promesa de resistencia total: “defenderemos el país con todas nuestras fuerzas y hasta la última gota de sangre”. Detrás de esa declaración hay un mensaje hacia dentro y hacia fuera. Hacia la población iraní, que soporta una crisis económica crónica y una represión que ha dejado cientos de muertos en las protestas del último año; hacia Washington, que ve cómo cada gesto militar se interpreta ya en clave de posible guerra abierta.
Nasirzadeh insiste en que Irán está hoy “más preparado que nunca”, subrayando que las fuerzas armadas han extraído “lecciones operativas” del choque de junio pasado. El señalamiento explícito a Estados Unidos e Israel como potenciales agresores sitúa a ambos países como principales destinatarios de la advertencia. En paralelo, Trump eleva su propia retórica con la amenaza de sancionar con un 25% adicional a quienes mantengan relaciones económicas con Teherán, una medida que podría afectar a socios europeos y asiáticos.
El resultado es una escalada verbal simétrica: Washington amenaza con “consecuencias severas” si continúa la represión, mientras Teherán advierte de represalias contra “bases, intereses y fuerzas” de Estados Unidos y sus aliados. El equilibrio entre disuasión y provocación se vuelve cada día más frágil.
La ‘guerra de los 12 días’ y la nueva doctrina iraní
La referencia constante a la “guerra de los 12 días” no es solo un recurso propagandístico. El breve pero intenso conflicto del pasado junio —con ataques estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes y misiles de Teherán contra la base de Al Udeid en Catar— marcó un punto de inflexión. Aunque Washington presume de haber causado daños sustanciales al programa nuclear y minimiza el impacto de la réplica iraní, en Teherán se vende aquella crisis como una demostración de resistencia y capacidad de supervivencia.
Lo que ha cambiado desde entonces es el relato militar interno. Nasirzadeh habla ahora de fuerzas mejor coordinadas, de sistemas de defensa más densos y de la capacidad de “abrir varios frentes” si Irán vuelve a verse atacado. En la práctica, eso significa combinar misiles balísticos, drones de largo alcance y la activación de milicias aliadas en Líbano, Siria, Irak o Yemen. El mensaje implícito es nítido: si el próximo choque se produce, no quedará confinado al territorio iraní.
La crisis de junio dejó, además, una lección logística clave: la vulnerabilidad de las rutas energéticas del Golfo. El mero rumor de un posible cierre de Ormuz disparó entonces el crudo por encima de los 100 dólares el barril durante varios días, pese a que el estrecho nunca llegó a cerrarse. Irán ha entendido el poder de ese botón de pánico. Estados Unidos, también.
Las ‘sorpresas’ militares de Teherán: misiles, aliados y guerra híbrida
Cuando el ministro de Defensa habla de “sorpresas” que serían “muy efectivas” en caso de ataque, no se limita a una bravuconada. En los últimos años, Irán ha invertido de forma sostenida en tres pilares: misiles balísticos y de crucero de mayor alcance y precisión, drones capaces de operar a más de 1.000 kilómetros, y una red de milicias y grupos armados aliados en prácticamente todos los frentes calientes de la región.
Los ataques con drones y misiles de precisión contra infraestructuras petroleras saudíes en 2019 y las sucesivas oleadas de proyectiles sobre objetivos estadounidenses en Irak y Siria demostraron que Teherán es capaz de golpear por delegación, manteniendo cierto grado de ambigüedad. A ello se suma una guerra híbrida que mezcla ciberataques, sabotaje marítimo y campañas de influencia. La amenaza de un cierre —total o parcial— del tráfico en el Golfo mediante minas, drones navales o simples inspecciones agresivas a petroleros es suficiente para inquietar a aseguradoras y navieras.
La otra “sorpresa” es política: Irán se siente menos aislado. La estrecha coordinación con Rusia en Siria, los acuerdos energéticos con China o los recientes memorandos de defensa con países como Bielorrusia y Bolivia refuerzan la idea de que Teherán está tejiendo un escudo diplomático y económico alternativo a Occidente. No es un paraguas absoluto, pero sí un factor que complica la estrategia de presión máxima de Washington.
Trump entre la presión interna y el pulso con Teherán
En Washington, las palabras de Nasirzadeh alimentan un debate conocido: ¿hasta dónde debe llegar Estados Unidos para contener a Irán sin desencadenar una guerra regional? La administración Trump combina mensajes de apoyo a los manifestantes iraníes con amenazas de represalias económicas y militares. La suspensión de contactos diplomáticos y el anuncio de nuevas sanciones buscan proyectar firmeza, pero también tienen coste interno: cada escalada reaviva el temor a un conflicto largo y caro en plena fatiga bélica del electorado estadounidense.
La decisión de imponer aranceles del 25% a países que mantengan relaciones comerciales con Irán es especialmente sensible. Golpea de forma indirecta a socios europeos y asiáticos, y abre la puerta a represalias cruzadas que podrían afectar a cadenas de suministro ya tensionadas. El precio de la gasolina en Estados Unidos es el termómetro político más inmediato: un repunte sostenido por encima de ciertos niveles —históricamente, en torno a los 4 dólares por galón— tiene un impacto directo en la popularidad de cualquier presidente.
La Casa Blanca se mueve así en un equilibrio delicado: suficiente dureza para no parecer débil ante Irán, pero sin cruzar el umbral que obligue a una intervención militar de gran escala. El problema es que ese umbral no siempre lo define Washington.
El tablero regional: Israel, el Golfo y el factor ruso-chino
La advertencia iraní a Estados Unidos se lee en clave muy distinta en Tel Aviv, Riad o Abu Dabi. Para Israel, cualquier señal de que Irán se siente más fuerte tras la “guerra de los 12 días” refuerza la narrativa de una amenaza existencial. El historial de ataques israelíes contra instalaciones nucleares y objetivos de la Guardia Revolucionaria indica que Jerusalén no duda en actuar de forma preventiva cuando percibe un riesgo inminente.
Las monarquías del Golfo, por su parte, caminan sobre una línea todavía más fina. Dependen de la protección militar estadounidense, pero temen convertirse en campo de batalla si la próxima salva de misiles iraníes se dirige contra bases y refinerías en su territorio. Al mismo tiempo, han intensificado sus contactos con Pekín y Moscú, conscientes de que el orden regional ya no es un monopolio de Washington.
Rusia ve en cada crisis una oportunidad para consolidar su perfil como proveedor de armamento y socio energético alternativo, mientras China se centra en proteger la arteria por la que transita cerca de un tercio de sus importaciones de crudo. Cuantos más actores con intereses vitales concurren en un mismo estrecho, mayor es el riesgo de malentendidos y accidentes.
El petróleo como rehén: Hormuz, precios y riesgo de recesión
En el corazón de esta partida está el estrecho de Ormuz, un corredor de apenas unas decenas de kilómetros de ancho por el que circulan en torno a 20 millones de barriles diarios, cerca del 30% del comercio mundial de petróleo por mar y alrededor de una quinta parte del gas natural licuado. Ningún otro punto del planeta concentra una proporción tan alta de energía en tránsito.
Cada vez que Irán sugiere la posibilidad de bloquear el estrecho, los mercados reaccionan. Analistas internacionales han advertido de que un cierre total —aunque se mantuviera durante pocas semanas— podría disparar el barril de Brent por encima de los 120-130 dólares, niveles similares a los que algunos bancos ya han manejado en escenarios de estrés reciente. Un shock de esa magnitud llegaría en un contexto de deuda pública elevada y crecimiento global frágil, con margen fiscal muy limitado para amortiguar el golpe.
Los países occidentales han diversificado parcialmente sus suministros y aumentan reservas estratégicas, pero la capacidad real para desviar flujos fuera de Ormuz es reducida: los oleoductos alternativos de Arabia Saudí y Emiratos apenas podrían absorber entre un 15% y un 25% del volumen que hoy pasa por el estrecho. La consecuencia es clara: cualquier incidente serio, aunque no llegue a bloqueo formal, bastaría para poner al mundo al borde de una nueva recesión energética.
Escenarios posibles: disuasión, incidente o guerra limitada
¿Qué puede pasar ahora? El primer escenario, y el menos costoso, es que la escalada se quede en retórica: Trump endurece sanciones, Teherán responde con amenazas, pero ninguno cruza líneas rojas militares. La disuasión mutua funciona y el conflicto se mantiene en el terreno económico y diplomático. Es lo que, de facto, ha ocurrido en varias crisis recientes.
El segundo escenario pasa por un incidente no planificado: un dron derribado, un buque abordado en el Golfo, un misil que impacta donde no debía. En regiones tan militarizadas, la historia demuestra que los errores de cálculo son más peligrosos que las decisiones premeditadas. La reacción en cadena —represalia, nueva réplica, escalada de presencias navales— puede llevar a una situación donde ninguna de las partes quiera parecer débil ante la opinión pública.
El tercer escenario es el más inquietante: una guerra limitada, concebida como una serie de ataques concentrados sobre objetivos militares y energéticos con la esperanza de evitar un conflicto abierto. La experiencia del pasado sugiere que estos “golpes quirúrgicos” rara vez se desarrollan según lo previsto. Y con actores como Israel, las milicias aliadas de Irán y potencias globales mirando de cerca, el riesgo de desbordamiento regional es evidente.
Lecciones de crisis anteriores en el Golfo
La historia del Golfo Pérsico está llena de advertencias ignoradas. En los años ochenta, la llamada “guerra de los petroleros” entre Irán e Irak terminó obligando a Estados Unidos a escoltar convoyes y minar buena parte de las rutas marítimas. Más recientemente, los ataques a buques en 2019 y las sucesivas crisis en torno a Ormuz demostraron que incluso incidentes limitados pueden disparar los seguros marítimos y encarecer el transporte global.
Hay, sin embargo, una constante: en los momentos más delicados, han sido los canales discretos —mediaciones de países como Omán o Catar, contactos a través de terceros— los que han evitado el choque directo. La reciente guerra de los 12 días terminó, precisamente, con un alto el fuego facilitado por intermediarios regionales a pesar de la dureza de la retórica pública.
El diagnóstico es inequívoco: cada nueva declaración que sube un peldaño en la escalada verbal reduce el margen para la diplomacia, pero no lo anula. Mientras el petróleo siga fluyendo por Ormuz y ninguna de las partes considere asumible un colapso económico global, la racionalidad estratégica seguirá empujando hacia la contención. La incógnita es si, entre amenazas de “última gota de sangre” y promesas de “consecuencias devastadoras”, alguien cometerá el error que convierta esta crisis en la más peligrosa del siglo en Oriente Medio.