Irán abandona inesperadamente ejercicio naval conjunto con China y Rusia

La retirada de Teherán de las maniobras en Sudáfrica revela hasta qué punto la presión económica de Washington pesa más que la foto conjunta con China y Rusia

Imagen del ejercicio naval conjunto previsto entre Irán, China y Rusia en aguas del sur de África<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Irán abandona inesperadamente ejercicio naval conjunto con China y Rusia

La escena estaba lista: tres buques iraníes fondeados en False Bay, banderas de los BRICS Plus enarboladas y un mensaje claro de desafío al orden occidental. De un día para otro, ese guion ha saltado por los aires. A petición de Pretoria y tras la amenaza de aranceles del 25% de Estados Unidos a los países que comercien con Irán, Teherán ha aceptado retirarse del ejercicio naval conjunto liderado por China en aguas del sur de África.

La maniobra, bautizada Will for Peace 2026, seguiría adelante con barcos sudafricanos, chinos, rusos y emiratíes, pero sin participación activa de la Marina iraní, que queda reducida a mero observador.

El episodio destapa una realidad incómoda para el eje euroasiático: la proyección militar de los BRICS tiene límites cuando choca con el poder comercial de Washington. Sudáfrica, que se juega miles de millones en exportaciones bajo el paraguas del programa AGOA, ha optado por blindar su acceso al mercado estadounidense antes que sostener la foto estratégica con Irán.

La pregunta ya no es por qué Irán se baja en el último minuto, sino qué revela esta marcha atrás sobre la verdadera jerarquía de poder en un mundo que se dice “multipolar” pero sigue orbitando, en última instancia, alrededor del dólar y de las rutas comerciales que lo sostienen.

Contexto y peso del ejercicio naval

El ejercicio naval Will for Peace 2026 se presentó como el siguiente paso lógico en la evolución de los BRICS Plus: de foro económico a actor con músculo militar visible en los océanos. Durante una semana, entre el 9 y el 16 de enero, está previsto que unidades de Sudáfrica, China, Rusia y Emiratos coordinen maniobras en las aguas de False Bay, al sur de Ciudad del Cabo, con el objetivo declarado de “garantizar la seguridad de la navegación y de las actividades económicas marítimas”.

La elección del escenario no es inocente. El extremo sur del continente africano conecta rutas críticas que enlazan el Atlántico y el Índico y concentran un porcentaje creciente del tráfico energético y de materias primas hacia Asia. En los cálculos de Pekín y Moscú, exhibir una presencia coordinada en esa zona sirve como recordatorio de que la proyección naval occidental ya no es hegemónica.

Para Sudáfrica, anfitrión de la maniobra desde 2019, el ejercicio también era una forma de subrayar su peso en el nuevo equilibrio “sur-sur”: un país con un PIB modesto a escala global, pero con una influencia desproporcionada en el comercio regional y en el acceso a puertos estratégicos. La entrada de Irán en la ecuación pretendía reforzar la narrativa de un bloque capaz de desafiar sanciones y presiones, precisamente en un área —la seguridad marítima— donde Estados Unidos y sus aliados llevan décadas marcando el paso.

Impacto táctico y carga simbólica

Desde el punto de vista táctico, la retirada de Irán no altera de forma dramática el contenido del ejercicio: las principales capacidades —sensores, misiles antibuque, logística— seguirán aportadas por China y Rusia, mientras Sudáfrica ofrece el escenario, la legitimidad formal y parte de la infraestructura. Sin embargo, el impacto simbólico es profundo.

Teherán había desplazado tres buques de guerra hasta False Bay, en un despliegue costoso para una marina que ya opera al límite entre el golfo de Omán, el Índico y el mar Rojo. Ahora, esas unidades permanecerán amarradas, sin participar en las maniobras en alta mar.

El mensaje que se pretendía enviar —un eje militar alternativo capaz de coordinar operaciones en una zona clave del comercio mundial— queda diluido. La ausencia iraní rompe la foto de la “triple alianza” naval que Pekín y Moscú vienen cultivando desde 2019, cuando comenzaron las maniobras conjuntas en el Índico y el golfo de Omán.

Lo más significativo es que el paso atrás no responde a un problema técnico, sino a una recalibración política en tiempo real. En un contexto de sanciones, protestas internas y aislamiento financiero, Irán necesita visibilidad militar, pero no puede permitirse arrastrar a Sudáfrica a una ruptura abierta con Estados Unidos. La consecuencia es clara: el gesto que debía mostrar cohesión termina exponiendo las grietas de un bloque que sigue siendo, ante todo, una suma de vulnerabilidades nacionales.

Presión de Estados Unidos y pulso internacional

La clave del giro se entiende al seguir el rastro del dinero. El detonante no han sido posiciones de principio, sino un anuncio muy concreto: la amenaza de Donald Trump de imponer un arancel del 25% a cualquier país que mantenga negocios con Irán.

En paralelo, la Cámara de Representantes estadounidense acaba de aprobar la renovación por tres años del programa AGOA, que ofrece acceso libre de aranceles a miles de productos africanos. Sudáfrica es, con diferencia, el mayor beneficiario: concentra en torno al 54% de las exportaciones a Estados Unidos acogidas a este régimen, por un valor cercano a los 71.500 millones de rands al año (más de 3.000 millones de dólares).

En este contexto, el mensaje de Washington a Pretoria es inequívoco: si Sudáfrica insiste en presentarse como plataforma naval de un país bajo durísimas sanciones, el acceso preferente a su principal mercado industrial quedará en entredicho. Analistas locales advertían desde hace meses de que una exclusión de AGOA —o la simple aplicación de aranceles adicionales— podría golpear con fuerza a la automoción, la agroindustria y parte del textil, sectores que concentran decenas de miles de empleos.

Frente a ese escenario, la presencia de tres fragatas iraníes deja de ser un activo diplomático para convertirse en un riesgo inasumible. El poder duro no siempre se mide en portaaviones; a veces son los aranceles los que deciden qué barcos navegan y cuáles se quedan en puerto.

Sudáfrica atrapada entre AGOA y los BRICS

Sudáfrica se define como país no alineado, pero sus números cuentan otra historia. Entre 2019 y 2023, entre el 8% y el 10% de sus exportaciones totales tuvieron como destino Estados Unidos, mientras que bajo los paraguas de AGOA y otros programas preferenciales llegó a representar cerca de una cuarta parte del total exportado por el país al exterior en determinados años, según cálculos del propio Gobierno sudafricano.

En paralelo, los modelos de impacto económico más prudentes estiman que la pérdida completa de AGOA supondría una caída de hasta el 2,7% de las exportaciones sudafricanas a Estados Unidos y un retroceso del 0,06% del PIB. Sobre el papel, un daño asumible. En la práctica, el golpe se concentraría en sectores de alto valor añadido —automoción, alimentación y bebidas— que ya operan con márgenes estrechos y sufren una inversión privada crónicamente débil.

Frente a ese riesgo, el beneficio inmediato de liderar un ejercicio naval con Irán es difícil de cuantificar. El diagnóstico es inequívoco: Pretoria está intentando jugar en dos tableros, pero solo uno paga las facturas. Los BRICS ofrecen visibilidad política, acceso a financiación alternativa y margen para marcar distancia de Occidente; Estados Unidos sigue siendo un cliente imprescindible para la industria nacional.

La retirada iraní, solicitada discretamente por el propio Gobierno sudafricano, es la primera gran prueba empírica de hasta dónde llega la apuesta por una política exterior “multipolar” cuando se cruza con una amenaza directa al empleo y a la recaudación fiscal.

Las señales cruzadas para China y Rusia

Para China y Rusia, principales impulsores de la dimensión militar de los BRICS, el episodio resulta incómodo. El objetivo de Will for Peace 2026 era demostrar capacidad de operar de forma coordinada con aliados sancionados, enviando el mensaje de que existe un espacio estratégico alternativo a las coaliciones lideradas por la OTAN y por Estados Unidos.

La salida de Irán en el último momento debilita esa narrativa. De puertas adentro, Pekín y Moscú constatan que un socio clave como Sudáfrica no está dispuesto a arriesgar su acceso al mercado estadounidense por un ejercicio naval, por mucho valor simbólico que tenga. La consecuencia es clara: hay un techo político para la profundización militar del bloque.

Hacia el exterior, la imagen que se proyecta es la de un BRICS Plus todavía más heterogéneo de lo que parece. Mientras algunos miembros —como Rusia o Irán— ya han asumido el coste completo de las sanciones occidentales, otros —Sudáfrica, Brasil, incluso India— tratan de maximizar su margen de maniobra sin perder los beneficios de la integración en el comercio global dominado por el dólar.

Este hecho revela que la convergencia estratégica dentro del bloque es, por ahora, parcial y condicional: cuando la presión aumenta, cada capital hace sus cuentas y mueve ficha en función de sus dependencias particulares, no de una agenda común.

Efectos geopolíticos en el corto plazo

En el corto plazo, la victoria es claramente estadounidense. Washington logra un objetivo relevante —forzar la salida de Irán de un ejercicio con alto valor propagandístico— sin desplegar un solo barco más en la zona. Le basta con recordar su capacidad para restringir el acceso al mercado y condicionar la renovación de un programa comercial clave para el país anfitrión.

Para Sudáfrica, el movimiento permite ganar margen en la negociación sobre AGOA y rebajar la tensión con la Casa Blanca, pero a costa de alimentar dudas sobre la coherencia de su política exterior. Mientras diplomáticos y mandos militares insisten en que Irán ha pasado a ser mero observador, mensajes y publicaciones del propio Ejército sudafricano han seguido presentando a Teherán como participante de pleno derecho, obligando a rectificaciones apresuradas.

Irán, por su parte, sufre un golpe de imagen en un momento delicado: el régimen ha reconocido la muerte de alrededor de 2.000 personas en la represión de protestas internas, y necesita proyectar fuerza en el exterior para compensar la erosión de legitimidad interna. Que sus buques queden reducidos a espectadores en False Bay refuerza la percepción de aislamiento.

El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras en el golfo de Omán o en el mar Rojo Irán ha logrado consolidar una presencia naval que condiciona rutas energéticas, en el extremo sur de África la última palabra la ha tenido, de facto, el Tesoro estadounidense.

Precedentes, riesgos y posibles escenarios

El episodio se inscribe en una tendencia más amplia: el uso creciente de la coerción económica como sustituto —o complemento— del despliegue militar. Estados Unidos ha demostrado que es capaz de modular ejercicios, alianzas y presencias navales de terceros mediante una combinación de sanciones financieras, amenazas arancelarias y condicionamiento de programas comerciales.

Para los BRICS, la lección es incómoda. Si quieren consolidar una agenda militar propia, tendrán que ofrecer a socios como Sudáfrica compensaciones tangibles que reduzcan el coste de enfrentarse a Washington: inversión directa, acceso privilegiado a mercados asiáticos, financiación de infraestructuras portuarias o garantías de apoyo en momentos de presión. De lo contrario, cada nuevo ejercicio naval estará sometido a la misma ecuación: ¿cuánto vale una foto con Irán frente a un 25% adicional de aranceles sobre las exportaciones clave?

A medio plazo, es probable que veamos un repliegue táctico: más ejercicios centrados en misiones de “seguridad marítima” con la presencia de países menos sancionados, y una participación iraní más discreta o localizada en áreas donde el coste político para los anfitriones sea menor. Al mismo tiempo, Teherán podría redoblar las maniobras bilaterales con Rusia y China en el Índico y en el golfo de Omán, donde el impacto reputacional para terceros es más limitado.

El diagnóstico final es claro: el mundo se multipolariza, pero el poder de veto económico de Estados Unidos sigue siendo determinante. La retirada iraní de Will for Peace 2026 no es solo un giro táctico; es un recordatorio de que, por ahora, las rutas comerciales siguen mandando más que las formaciones en línea de los buques de guerra.

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