España se rebela contra Bruselas y exige defender el orden mundial

La diplomacia de Sánchez se alinea con Costa y desafía el giro “realista” de Von der Leyen en plena guerra de Oriente Medio.

EPA/ZIPI
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La nueva grieta en la política exterior europea tiene acento español. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha contradicho abiertamente a la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, después de que ésta defendiera que la Unión Europea ya no puede ser “guardiana del viejo orden mundial” y deba abrazar una política más cruda, guiada por intereses y poder duro.

Albares, en sintonía con el presidente del Consejo Europeo, António Costa, ha reclamado justo lo contrario: que Europa refuerce el orden internacional basado en normas porque “la alternativa es el desorden” y, en última instancia, “el caos”. Una posición que España acompaña con una advertencia directa a Israel: una operación terrestre en Líbano sería “un enorme error” y una violación de la soberanía libanesa, en un momento en que la región ya está al límite. El choque no es solo retórico: revela qué modelo de Europa saldrá de la actual tormenta geopolítica.

La frase que rompe el guion en Bruselas

Las palabras de Von der Leyen ante los embajadores de la UE han encendido todas las alarmas en varias capitales. La presidenta de la Comisión cuestionó de forma inédita si el llamado “orden internacional basado en reglas” sigue siendo útil o se ha convertido en un obstáculo para la credibilidad geopolítica de Europa. Su mensaje fue nítido: la Unión debe abandonar la ingenuidad, asumir que el mundo se mueve por correlaciones de fuerza y orientar su acción exterior con una lógica abiertamente “realista”.

En paralelo, Von der Leyen defendió un refuerzo del músculo militar europeo, fijando el horizonte de 800.000 millones de euros de gasto en defensa para 2030, con el argumento de que el incremento actual sigue siendo insuficiente ante amenazas “en todas las direcciones y dominios”. El subtexto es claro: menos fe en el derecho internacional, más énfasis en la capacidad de disuasión y en las alianzas tácticas.

Este giro ha provocado una reacción inmediata en el ala más garantista de la UE. España se coloca en primera línea de esa contestación, y lo hace no sólo en los despachos de Bruselas, sino también en un escenario extremadamente inflamable: el nuevo frente de guerra entre Israel y Líbano.

Costa, Ribera y Albares: frente común por el multilateralismo

Albares no habla en solitario. Sus declaraciones encajan con el mensaje lanzado por António Costa, quien, también ante embajadores, replicó que la UE “debe defender el orden internacional basado en normas” y la Carta de Naciones Unidas frente al unilateralismo y la ley del más fuerte. La posición del Consejo Europeo se distancia así de la narrativa de “fin del viejo orden” que promueve la Comisión.

A esta discrepancia se ha sumado la vicepresidenta de la propia Comisión y ministra española, Teresa Ribera, que ha calificado las palabras de Von der Leyen de “muy peligrosas” y carentes de precisión, recordando que el respeto al derecho internacional es “condición de seguridad” para Europa. El resultado es una fractura poco habitual en la cúpula comunitaria: tres de los rostros más visibles del proyecto europeo se contradicen en público sobre el mismo núcleo doctrinal.

España trata de presentarse como el eslabón que une esa defensa de las normas con la práctica diplomática real: apoyo al sistema de la ONU, apuesta por el multilateralismo económico y rechazo a operaciones militares sin mandato internacional. Lo que hasta hace pocos años era un consenso casi automático en la UE, hoy es un campo de batalla ideológico.

Un debate de fondo: reglas frente a realpolitik

Detrás del intercambio de declaraciones se libra una disputa mucho más profunda: ¿qué tipo de poder quiere ser la UE en un mundo dominado por la confrontación entre bloques? Von der Leyen encarna la tesis de que Europa debe asumir la lógica de la realpolitik, proteger sus cadenas de suministro y su seguridad energética, y aceptar que actores como Estados Unidos, China o Rusia actúan al margen —o por encima— de las reglas que la UE considera esenciales.

Albares y Costa, en cambio, sostienen que abandonar la defensa activa del orden internacional no sólo es moralmente discutible, sino estratégicamente suicida. Si Europa renuncia a ser garante de las normas, argumentan, pierde su principal activo: la capacidad de aglutinar coaliciones, arbitrar conflictos y proyectar estabilidad a través del comercio y la regulación. No puede competir en número de portaaviones, pero sí en influencia normativa.

“Si seguimos abrazando el desorden, acabaremos en el caos”, ha advertido el ministro español. En su diagnóstico, ese caos se traduciría en guerras más largas, crisis de refugiados recurrentes, volatilidad financiera y una erosión acelerada del comercio mundial. En otras palabras: también es un riesgo económico de primera magnitud para un continente que depende de las exportaciones y del acceso seguro a materias primas críticas.

El contexto de la guerra en Oriente Medio

La discusión teórica sobre el “viejo orden” no se produce en el vacío. Llega en plena escalada en Oriente Medio, con la guerra en Irán, el frente abierto en Gaza y una tensión creciente en la frontera entre Israel y Líbano. Los servicios de inteligencia y varias fuentes militares han confirmado incursiones terrestres puntuales de fuerzas israelíes en territorio libanés en los últimos meses, que Beirut considera una “violación flagrante” de su soberanía y de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad.

España tiene una sensibilidad particular en este escenario: mantiene tropas en la fuerza de interposición de la ONU en el sur de Líbano (UNIFIL), ha participado en mediaciones discretas y ha reclamado reiteradamente evitar una guerra abierta que podría desplazar a cientos de miles de personas en una región ya saturada por los refugiados sirios y palestinos. Von der Leyen, por su parte, ha anunciado ayuda humanitaria europea para 130.000 desplazados en Líbano, consciente del riesgo de colapso del país.

Que en este contexto la presidenta de la Comisión cuestione el papel de la UE como “custodia” del orden internacional y que el jefe de la diplomacia española reclame exactamente lo contrario ilustra la profundidad de la división estratégica.

España, entre Trump, Israel e Irán

La posición de Albares no puede entenderse sin el choque diplomático de los últimos días entre Madrid y Washington. El Gobierno español ha rechazado ceder sus bases en Andalucía para operaciones militares de Estados Unidos contra Irán, lo que ha provocado una dura reacción de la Casa Blanca y amenazas de restricciones comerciales a España por parte del presidente Trump.

Frente a esa presión, el Ejecutivo de Pedro Sánchez se ha refugiado precisamente en el argumento del derecho internacional: sin mandato de la ONU, cualquier operación ofensiva en Irán o Líbano se consideraría una escalada unilateral. En paralelo, la crítica de Albares a una posible ofensiva terrestre israelí en Líbano refuerza la imagen de una España más alineada con el respeto a la soberanía de los Estados y la protección de civiles que con las lógicas de represalia ilimitada.

Esa línea no es nueva: Madrid fue de los primeros países europeos en reconocer al Estado palestino y en apoyar procedimientos ante la Corte Internacional de Justicia contra posibles crímenes en Gaza. El diagnóstico español es que renunciar al marco de la ONU sólo reforzaría a los actores más agresivos, debilitando a los países medios y pequeños… entre ellos muchos socios clave de la propia UE.

Riesgos económicos de un mundo sin reglas

Aunque el discurso se presente en clave de valores, el trasfondo es también económico. El orden liberal de posguerra, con sus imperfecciones, garantizaba un grado razonable de previsibilidad: arbitrajes comerciales en la OMC, respeto básico a contratos de inversión, reglas sobre sanciones y supervisión financiera. La erosión de ese entramado —con la guerra arancelaria de Trump como símbolo— ya ha tenido efectos tangibles en Europa: volatilidad en los precios energéticos, ruptura parcial de cadenas de valor y costes adicionales para las empresas exportadoras.

Si la UE asume que el derecho internacional es un “estorbo” y que lo decisivo es la fuerza, la consecuencia es clara: cada Estado intentará blindarse con sus propias reglas, vetos y subsidios, multiplicando litigios y represalias. Sectores como la automoción, la energía o la tecnología verde, donde Europa aspira a invertir cientos de miles de millones de euros en la próxima década, sufrirían un entorno más imprevisible y politizado.

De ahí que Albares vincule el orden internacional con el libre comercio: para España, país con un fuerte peso del turismo, las exportaciones y las empresas internacionalizadas, un mundo sin normas es sinónimo de mayor prima de riesgo y menos inversión. El contraste con la aproximación más “securitizada” de Von der Leyen es, por tanto, tanto filosófico como material.

El precedente de otras crisis internacionales

No es la primera vez que Europa se asoma a este dilema. En la guerra de Irak de 2003, la UE se partió entre quienes respaldaron la invasión sin mandato de la ONU y quienes la rechazaron precisamente por vulnerar el orden jurídico internacional. Dos décadas después, ese debate regresa, pero con un mapa de poder mucho más fragmentado y con la propia UE aspirando a convertirse en “actor geopolítico”.

António Costa ya advirtió ante la Asamblea General de la ONU de la disyuntiva entre un “orden internacional basado en normas” o un “mundo caótico basado en el unilateralismo, la violencia y la disrupción”, subrayando que la UE sabe en qué lado debe situarse. Ahora, esa advertencia se proyecta directamente sobre la pugna interna entre instituciones europeas.

El diagnóstico es inequívoco: si Europa no se aclara sobre su papel, otros lo harán por ella. Rusia, China, Turquía o las monarquías del Golfo compiten ya por llenar los vacíos de poder y de mediación que deja una UE dividida. En ese contexto, la voz disonante de España puede interpretarse como un intento de rescatar la vieja bandera del derecho internacional… o como una apuesta arriesgada frente a aliados clave.

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