El ministro niega contactos con Washington pese a las amenazas comerciales y cierra la legación iraní mientras alerta de que una invasión de Líbano sería “un tremendo error”

Albares desafía a Trump

EPA/ZIPI
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La crisis abierta por la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha estallado de lleno en la política exterior española. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha negado este lunes haber mantenido cualquier contacto con la Administración estadounidense después de que el presidente Donald Trump amenazara con romper las relaciones comerciales con España por negarse a cederle sus bases militares.

Al mismo tiempo, el Gobierno ha anunciado el cierre temporal de la embajada en Teherán ante la ausencia de “condiciones mínimas de seguridad”, culminando una evacuación de personal diplomático que se ha desarrollado a contrarreloj mientras la capital iraní sufría nuevos bombardeos.

En paralelo, Albares ha advertido de que una invasión terrestre israelí de Líbano sería “un tremendo error”, en un momento en el que la ofensiva ya ha desplazado a más de 600.000 personas y mantiene bajo presión a la misión de cascos azules de la ONU, en la que España aporta más de 650 militares.

Para intentar amortiguar el impacto humanitario, el ministro ha anunciado un nuevo paquete de ayuda de emergencia de 9 millones de euros para Líbano, una cifra modesta frente a las magnitudes de la guerra, pero que refuerza el mensaje político de Madrid: desescalada, derecho internacional y “no a la guerra”.

Una guerra que rompe los equilibrios

Lo que comenzó como una operación “quirúrgica” contra la cúpula iraní se ha convertido en once días de guerra abierta entre Estados Unidos–Israel e Irán, con interrupción total del tráfico por el estrecho de Ormuz y ataques cruzados sobre infraestructuras militares y energéticas en toda la región.

En ese contexto, España ha decidido situarse en un lugar incómodo pero nítido: condena de la ofensiva, negativa a facilitar medios militares y defensa insistente del marco de Naciones Unidas. La consecuencia inmediata ha sido un choque directo con la Casa Blanca. Trump ha pasado de las presiones discretas a la amenaza explícita de cortar el comercio con España por no autorizar el uso de las bases de Rota y Morón en los ataques contra Irán.

Albares responde con una fórmula calculada: “absoluta normalidad” en las relaciones entre embajadas, pero ni un reconocimiento de conversaciones ni un gesto de cesión. La diplomacia española intenta así jugar en tres tableros a la vez: mantener el vínculo transatlántico, preservar su margen de autonomía estratégica y evitar aparecer ante la opinión pública como cómplice de una guerra muy impopular, con un recuerdo aún vivo del Irak de 2003.

El diagnóstico es claro: la crisis no es solo militar ni diplomática. Es, sobre todo, un choque de legitimidades: el de una coalición que reivindica la “seguridad” frente a Teherán, frente al de un Gobierno español que insiste en el respeto a la Carta de la ONU y en la prohibición del uso de la fuerza sin mandato internacional.

Bases bajo soberanía española

El núcleo del conflicto con Washington está en dos nombres muy concretos: Rota y Morón de la Frontera, las bases que desde hace décadas simbolizan la cooperación militar hispano-estadounidense. España ha reiterado en los últimos días que estas instalaciones, aunque compartidas, están bajo mando y soberanía españoles y no pueden utilizarse para operaciones que no encajen en los acuerdos bilaterales ni en el derecho internacional.

La Casa Blanca sostiene lo contrario y ha llegado a asegurar que contaba con luz verde, algo que el Gobierno de Pedro Sánchez ha desmentido “de forma tajante”. La discrepancia no es menor: supone discutir, en plena guerra, quién decide realmente el uso de las infraestructuras críticas en territorio aliado.

Albares ha ido un paso más allá al negar cualquier contacto con Estados Unidos tras las amenazas de Trump. El mensaje implícito es doble. Hacia dentro, se lanza la idea de que España no negocia bajo chantaje. Hacia fuera, se marca una línea roja jurídica: “Las bases de soberanía española no se utilizarán para ninguna acción que no encaje en el marco de Naciones Unidas”, ha repetido en los últimos días.

Lo más delicado es que, mientras el Gobierno endurece el tono político, las Fuerzas Armadas siguen cooperando rutinariamente con sus homólogos estadounidenses en otros teatros y misiones. La tensión en la cúpula política contrasta con la necesidad operativa de preservar canales militares abiertos, un equilibrio que se vuelve más frágil a cada nuevo bombardeo sobre Irán.

El cierre exprés de la embajada en Teherán

El segundo frente de Albares está en Teherán. Tras días de ataques sobre la capital iraní, el Ministerio de Exteriores decidió evacuar de forma escalonada al personal diplomático hasta dejar solo un núcleo mínimo, que este fin de semana cruzó la frontera hacia Azerbaiyán.

Ahora el ministro pone negro sobre blanco lo que en la práctica ya era un hecho: la embajada queda cerrada temporalmente porque no se dan las “condiciones mínimas de seguridad”. España se suma así a la lista creciente de países europeos que han optado por vaciar o reubicar sus embajadas ante el riesgo de que los ataques se generalicen o de que Teherán pueda convertirse en un objetivo de represalias indirectas.

Más allá del gesto político, la decisión tiene implicaciones económicas concretas. El comercio bilateral con Irán es limitado —en 2022, las exportaciones iraníes a España apenas superaron los 116 millones de dólares, muy lejos de los niveles previos a las sanciones—, pero la legación gestionaba visados, operaciones empresariales residuales y el seguimiento de varias inversiones energéticas y de infraestructuras que llevaban años congeladas.

El cierre obliga ahora a desviar toda esa actividad a embajadas vecinas y consolida una realidad incómoda para las empresas españolas con intereses en la región: la diplomacia ya no puede garantizar su presencia física en uno de los epicentros del conflicto. Los seguros de riesgo político se encarecen y los proyectos pendientes, desde renovables hasta gestión de agua, vuelven a un cajón de “países de alto riesgo” del que costará sacarlos.

Comercio, energía e inversión

La amenaza de Trump de cortar relaciones comerciales llega en el peor momento posible, con el precio del petróleo disparado cerca de los 120 dólares por barril tras once días de bloqueo del estrecho de Ormuz y advertencias de Arabia Saudí sobre un posible “escenario catastrófico” si la guerra se prolonga.

El impacto potencial sobre la economía española se mueve en tres planos. Primero, el comercial: Estados Unidos es el sexto destino de las exportaciones españolas, con ventas de bienes por unos 18.400 millones de dólares en 2024, alrededor del 5% del total. Aceite de oliva, vino, jamón, maquinaria y equipos eléctricos lideran una lista de productos que se verían afectados por cualquier arancel selectivo o por un boicot de facto al amparo de la retórica presidencial.

Segundo, el energético: la UE ha sustituido buena parte del petróleo ruso por crudo de Estados Unidos, Oriente Medio y otros proveedores. Cualquier alteración prolongada de los flujos del Golfo, sumada al riesgo político en Irán, presiona al alza la factura energética de España y amenaza con reavivar la inflación en un momento en el que el Banco Central Europeo trata de consolidar la desinflación.

Tercero, la inversión: las multinacionales estadounidenses emplean a decenas de miles de trabajadores en sectores clave como la automoción, la tecnología o los servicios empresariales. Aunque un corte total de relaciones es jurídicamente complejo en el marco de la UE, la sola amenaza introduce ruido y prudencia en decisiones de inversión que se toman con horizontes de diez o quince años.

Líbano, la nueva línea roja

Mientras Teherán sufre los bombardeos y el Golfo vive bajo amenaza permanente, Líbano se ha convertido en el escenario más frágil de la crisis. Israel ha intensificado sus operaciones en el sur del país y el debate ya no es si habrá incursión terrestre, sino hasta qué punto se extenderá y durante cuánto tiempo.

En ese contexto, Albares ha levantado la voz: una invasión terrestre “sería un tremendo error”. No es una frase aislada. España lleva años defendiendo que cualquier escalada en Líbano puede arrastrar a la propia misión de la ONU —UNIFIL— y, con ella, a los más de 600 militares españoles desplegados en la frontera con Israel, además de al general español que comanda el contingente.

La consecuencia es clara: Madrid ya no habla solo como capital europea que pide contención, sino también como país directamente expuesto en el terreno. La cadena de riesgos es evidente. Más operaciones terrestres implican más desplazados, más ataques cruzados y un mayor riesgo de que posiciones de la ONU queden atrapadas entre dos fuegos, como ya ocurrió en 2024 con varios ataques sobre instalaciones de UNIFIL.

En este tablero, los 9 millones de euros anunciados hoy para ayuda humanitaria a Líbano funcionan como un mensaje a tres bandas: apoyo al país anfitrión de la misión, respaldo a la ONU y advertencia implícita a Israel de que la paciencia europea tiene límites cuando se trata de proteger a sus propios cascos azules.

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