ZELAIA: “Rusia considera que tiene ganada la guerra y buscan una capitulación total de Ucrania”

Los analistas ven un “marco de paz refinado” que replica las exigencias del Kremlin y deja a Europa sin margen.

ZELAIA: “Rusia considera que tiene ganada la guerra y buscan una capitulación total de Ucrania”

Rusia actúa como quien ya ha cobrado el premio: “considera que tiene ganada la guerra” y negocia como vencedor. Tras las reuniones de Ginebra, Washington y Kiev hablan de un “marco de paz refinado”, pero los expertos advierten de que los 28 puntos en discusión se parecen demasiado a la lista previa de Moscú: cesión territorial, límites militares y renuncia a la OTAN. La novedad, subrayan, no es el contenido sino el envoltorio: un acuerdo presentado como paz que, en la práctica, podría ser una capitulación con otro nombre. Y con un coste político que amenaza con desbordar a Ucrania y desnudar la impotencia estratégica europea.

Un “marco de paz” calcado de las exigencias rusas

En el análisis de José Luis Orella, Adrián Zelaia y Emiliano García Coso, el punto de partida es incómodo: la negociación vuelve “a la casilla de salida”. Los 28 puntos que se deslizan tras Ginebra encajan con las condiciones que Rusia lleva tiempo fijando como línea roja: cesión del Donbass, consolidación de la línea de frente en áreas como Zaporiyia y Járkov, y una renuncia formal a la OTAN. A esto se suma un elemento técnico con enorme carga política: la limitación del ejército ucraniano, con un techo citado de 600.000 efectivos.
La consecuencia es clara: si el acuerdo se construye sobre esas bases, Ucrania no negocia un “intercambio”, sino la aceptación de un nuevo statu quo dictado por la correlación de fuerzas. En otras palabras, un texto jurídico para certificar lo que el Kremlin presenta como “realidades sobre el terreno”.

La reconstrucción como palanca: el 50% para empresas de EE. UU.

García Coso sitúa el foco en lo que considera la pieza más corrosiva del supuesto plan de Donald Trump: la arquitectura económica del posconflicto. Según el debate, se habría planteado que Europa pague la reconstrucción, con participación rusa mencionada en torno a 100.000 (en los términos en que se formuló), y que el 50% quede ya adjudicado a empresas estadounidenses. Para el analista, el diseño es un “despropósito” porque traslada la paz del terreno militar al de la humillación: pedir a un país que “se rinda” y, además, acepte una reconstrucción tutelada por terceros.
El riesgo, advierten, es fabricar un conflicto congelado sin garantías reales. Las “garantías de seguridad” que pudieran ofrecer europeos y estadounidenses serían papel mojado si Moscú interpreta que el precedente ya demuestra que los compromisos occidentales se diluyen con el tiempo.

Guerra de desgaste: Moscú negocia como vencedor

Zelaia insiste en la naturaleza del choque: no es una guerra de maniobra clásica, sino una guerra de desgaste. Ese matiz, aparentemente académico, explica por qué las percepciones divergen. “Rusia considera estratégicamente que tienen ganada la guerra y que lo que procede es llegar a un acuerdo en términos de capitulación”, sostiene, y añade que en una capitulación —aunque no se pronuncie la palabra— manda el vencedor.
Bajo ese prisma, los avances territoriales no serían el motor principal, sino el síntoma final de un desgaste acumulado. Zelaia cita que Rusia se siente ganadora “desde hace dos años” y que esa ventaja se está traduciendo ahora en progresos más visibles en ejes como Pokrovsk, Kupyansk, Zaporiyia o Dnipropetrovsk. El diagnóstico es inequívoco: si Moscú cree que el reloj juega a su favor, su incentivo para firmar hoy es mínimo.

La resistencia europea a aceptar la derrota estratégica

El contraste con Europa resulta demoledor. Para Zelaia, las potencias europeas consideran “intolerable” una victoria rusa porque amenaza su estabilidad política interna, de ahí su tentación de negar la realidad mientras el mapa no se derrumbe de forma incontestable. Esa “negación operativa” alimenta una ficción peligrosa: actuar como si la guerra estuviera en empate y ambas partes tuvieran el mismo poder de imposición.
El resultado es una distancia de fondo que bloquea cualquier salida: Rusia empuja hacia un acuerdo de vencedor; Europa intenta sostener un marco de negociación simétrica. En ese choque de relatos, incluso los conceptos que empiezan a aflorar —como un marco de seguridad europeo compartido— aparecen más como preludio del reparto que como cimiento de una paz sólida. Lo más grave es que el tiempo, en esta lógica, no está neutral: favorece al que resiste mejor el desgaste.

“Coreanizar” el conflicto: la salida pragmática de Washington

Orella describe el objetivo estadounidense con una palabra cargada: “coreanizar”. Congelar el frente, estabilizar una línea de contacto y cerrar el expediente sin resolverlo del todo. Esa fórmula tendría, según su lectura, una derivada económica: devolver a Rusia al circuito internacional, reordenando incentivos y rebajando tensiones a largo plazo. En ese tablero, Estados Unidos se preservaría como actor fuerte; Ucrania quedaría debilitada —hasta convertirse, sugiere, en un protectorado de facto— y Europa asumiría la factura sin liderazgo político.
La paz, así, no sería un pacto de reconciliación, sino un armisticio administrado. Y en un armisticio mal diseñado, el coste futuro puede superar el ahorro inmediato: un conflicto larvado, con brotes periódicos y un país partido, sin una arquitectura de seguridad que disuada de verdad al actor que se siente ganador.

Fortificaciones de 2014 y el fantasma del colapso del frente

El elemento militar aparece como amenaza inmediata. Orella subraya que se están agotando las últimas ciudades y líneas fortificadas levantadas desde 2014 y que, con la escasez de tropas, cualquier ruptura local puede convertirse en un desbordamiento mayor. Habla de un escenario verosímil: una ruptura del frente en las próximas semanas si no cambia la correlación de fuerzas, con unidades rusas penetrando en profundidad. En el debate se llega a describir una cadencia diaria de caídas en Zaporiyia de tres o cuatro asentamientos.
Ese ritmo tendría un efecto dominó: pérdida acelerada de territorio, golpe moral y, sobre todo, negociación aún más draconiana. A partir de ahí, la paradoja: cuanto más avance Rusia, menos le conviene pactar; cuanto más retroceda Ucrania, más se estrecha su margen para rechazar un acuerdo que hoy ya se percibe como una imposición.

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