Cerca de 17 millones de barriles de crudo diarios han dejado de fluir por el yugular de la economía mundial tras la decisión de Irán de clausurar el Estrecho de Ormuz. Este movimiento, lejos de ser un mero gesto simbólico en el tablero de Oriente Medio, representa el mayor atentado contra la estabilidad energética global desde la crisis de 1973. Con el barril de Brent ya cotizando por encima de los 108 dólares, el mundo se asoma a una espiral inflacionaria que amenaza con devorar el crecimiento del PIB para 2026, dejando a las potencias occidentales ante un dilema de seguridad nacional sin retorno. El diagnóstico es inequívoco: el mercado ya no opera bajo premisas de oferta y demanda, sino bajo el pánico a un desabastecimiento físico que podría paralizar el comercio internacional en cuestión de semanas.
El yugular de la economía mundial bajo asedio
El Estrecho de Ormuz no es simplemente un accidente geográfico; es el punto de falla único de la civilización industrial moderna. Con apenas 33 kilómetros en su punto más angosto, esta vía conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y el Mar Arábigo, sirviendo como salida obligatoria para el petróleo de Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos e Irak. Que Irán haya decidido cerrar esta ruta representa un golpe directo a la cadera energética del planeta. El 20% del consumo mundial de petróleo depende de la fluidez de este estrecho, lo que convierte cualquier interrupción en un evento de extinción económica para los márgenes de beneficio de las multinacionales y la estabilidad de las divisas.
Este hecho revela una vulnerabilidad estructural que la globalización ha preferido ignorar durante décadas: la excesiva dependencia de un cuello de botella custodiado por un régimen en colisión abierta con Occidente. La consecuencia es clara: el sistema logístico global no posee la redundancia necesaria para absorber un corte de esta magnitud. Los oleoductos alternativos que atraviesan Arabia Saudí o Turquía apenas pueden cubrir el 15% de la capacidad que ofrece el estrecho, dejando al descubierto una ineficiencia en la diversificación de rutas que hoy se paga con un incremento vertical de los precios en los terminales de materias primas.
El informe «Puntos de Conmoción»: el precio del miedo
El reciente informe técnico titulado «Puntos de Conmoción» ha puesto cifras al desastre. El barril de Brent ha escalado de forma meteórica hasta los 108,45 dólares, una cifra que no refleja una escasez real en los pozos, sino la voracidad especulativa ante la incertidumbre geopolítica. Este diagnóstico sugiere que el mercado ha entrado en una fase de "anestesia diplomática" donde ya no se espera una solución negociada, sino que se descuenta un conflicto de larga duración. Lo más grave, sin embargo, es que el informe advierte de que el precio actual es solo el preludio de un salto hacia los 130 o 140 dólares si la marina iraní logra consolidar el bloqueo físico mediante el minado de las aguas.
La volatilidad se ha instalado en los parqués de Londres y Nueva York, donde los contratos de futuros registran niveles de actividad que no se veían desde el inicio de la invasión de Ucrania. «La estabilidad del mercado energético ha sido dinamitada; nos enfrentamos a un escenario donde el crudo no solo será caro, sino que podría dejar de estar disponible para ciertos compradores que carecen de acuerdos de suministro directo», señalan fuentes de la banca de inversión. Este hecho revela que el capital está abandonando los activos de riesgo para refugiarse en la posesión física de recursos, una dinámica que suele preceder a las grandes contracciones económicas de carácter sistémico.
La asfixia del consumidor y la inflación importada
El cierre de Ormuz tiene una traducción inmediata y dolorosa para el ciudadano de a pie: la destrucción del poder adquisitivo. Los precios al alza en los mercados de futuros se trasladan a los surtidores de gasolina en un plazo inferior a 72 horas, encareciendo el transporte de mercancías y, por efecto dominó, toda la cesta básica de alimentos. El diagnóstico es nítido: el mundo está importando una inflación de guerra que anulará los esfuerzos de los bancos centrales por estabilizar los precios. La consecuencia es una pérdida de competitividad de las empresas occidentales, que deben afrontar facturas energéticas que ya suponen un 30% adicional de sobrecoste operativo.
Este escenario supone una "tormenta perfecta" para las economías europeas, especialmente la española, cuya dependencia de las importaciones de hidrocarburos es crónica. Si el petróleo se mantiene por encima de los 110 dólares, la inflación subyacente podría repuntar hasta niveles del 6% o 7%, forzando al BCE a mantener los tipos de interés en niveles restrictivos durante todo el ejercicio de 2026. Este hecho revela la fragilidad de una recuperación que se sustentaba en el abaratamiento de los costes energéticos; hoy, esa base se ha convertido en arenas movedizas que amenazan con hundir el consumo privado, el principal motor del PIB en la Eurozona.
El origen de la ineficiencia energética global
¿Cómo es posible que, tras la crisis de los años 70, la economía mundial siga siendo rehén de unos pocos kilómetros cuadrados de agua en el Golfo? La respuesta reside en el origen de la ineficiencia de las políticas de transición y diversificación. Se ha invertido billones en energías renovables, pero la infraestructura pesada, el transporte marítimo y la aviación siguen dependiendo de un crudo que fluye mayoritariamente por rutas políticamente inestables. Este hecho revela que la transición energética ha sido, en gran medida, un ejercicio de cosmética que no ha resuelto la dependencia estratégica.
La consecuencia de esta desatención es una parálisis diplomática total. Las potencias occidentales se encuentran sin "Plan B" ante el bloqueo de Irán. El diagnóstico de los expertos en energía es que la falta de inversión en infraestructuras de transporte terrestre masivo y en nuevas capacidades de refinamiento fuera de las zonas de conflicto ha dejado a Occidente desarmado. La lección de Ormuz es amarga: la seguridad energética no es solo tener el recurso, sino garantizar su tránsito. Ignorar esta realidad ha sido el error de cálculo más costoso de la última década, y la factura está llegando hoy a las mesas de los consejos de administración.
Reservas estratégicas: un analgésico insuficiente
Ante la crisis, los gobiernos han comenzado a considerar la liberación masiva de las reservas estratégicas de petróleo (SPR). Sin embargo, este mecanismo es un analgésico temporal que no cura la enfermedad de fondo. Las reservas de Estados Unidos y de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) podrían mitigar el déficit de oferta durante un periodo de 90 a 120 días, pero no pueden sustituir el flujo permanente de los 17 millones de barriles que hoy están bloqueados. Este hecho revela que la munición financiera y material de las potencias está agotándose en un momento de máxima exigencia.
Lo más preocupante es que el uso extensivo de las reservas estratégicas en crisis anteriores ha dejado los inventarios en niveles históricamente bajos. El diagnóstico para 2026 es de una vulnerabilidad extrema: si el bloqueo de Ormuz se prolonga más allá del trimestre, el mercado se enfrentará a una escasez física real donde no habrá reservas que liberar. La consecuencia será una competencia feroz entre naciones por los cargamentos disponibles, un escenario de "sálvese quien pueda" energético que fracturaría la cohesión de la Unión Europea y del bloque atlántico en favor de acuerdos bilaterales desesperados con proveedores alternativos.
El impacto en las economías emergentes
El bloqueo de Ormuz no solo castiga al bienestar de las naciones ricas; representa una sentencia de muerte para el crecimiento de las economías emergentes. Países como India, que importa más del 80% de su crudo, dependen vitalmente de la ruta del Golfo Pérsico. Un petróleo a 108 dólares desestabiliza sus balanzas de pagos y provoca una depreciación masiva de sus divisas. Este hecho revela que la crisis de Ormuz tiene una dimensión de inestabilidad social global: cuando el combustible es inasequible, la protesta social se convierte en la norma.
La consecuencia de este desajuste es una fragmentación del capital global. Los inversores están retirando fondos de los mercados emergentes para buscar la seguridad del dólar y el oro, lo que agrava la crisis de deuda de estas naciones. El diagnóstico de los organismos multilaterales es de una alarma absoluta: nos dirigimos hacia una crisis de deuda soberana inducida por el coste de la energía. El contraste con la década pasada es total; entonces el petróleo barato financió el ascenso de los BRICS, hoy el petróleo bloqueado amenaza con descarrilar su futuro.
La decisión de Irán de tocar el yugular del petróleo ha situado al mundo en una coyuntura histórica. El diagnóstico final es que la política energética y las finanzas internacionales han entrado en una zona de sombra donde las reglas del pasado ya no sirven. La lección de este 28 de febrero de 2026 es que la paz mundial y la prosperidad económica dependen de un equilibrio geográfico tan estrecho como el propio Ormuz. Mientras las potencias corren para encontrar soluciones, el mercado ya ha dictado su veredicto: el tiempo del petróleo barato y previsible ha terminado, dando paso a una era de escasez gestionada y conflictos por el recurso.