Irán denuncia una intervención directa de EEUU e Israel en las protestas masivas
Teherán responde con apagón nacional de internet y endurece el pulso con Washington mientras las movilizaciones dejan decenas de muertos y centenares de detenidos
Durante casi quince días consecutivos, las calles de Irán se han convertido en escenario de protestas masivas que desafían al régimen. Las manifestaciones, extendidas ya a más de una veintena de ciudades, han dejado decenas de muertos y cientos de detenidos, según estimaciones de organizaciones locales.
La respuesta de Teherán ha sido doble: por un lado, un discurso oficial que acusa directamente a Estados Unidos e Israel de estar detrás de la revuelta; por otro, un apagón casi total de internet que ha aislado al país del mundo exterior y ha limitado la capacidad de organización interna.
En el centro del mensaje está el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, que ha llegado a calificar a los presuntos instigadores como “agentes terroristas”; y el líder supremo, Ali Jameneí, que asegura que el país no hará “ningún tipo de concesión” pese a la presión. El resultado es un cóctel explosivo: un régimen atrincherado, una población exhausta por la crisis económica y una nueva escalada retórica con Washington y Tel Aviv que vuelve a tensar todo Oriente Medio.
Quince días que han sacudido la República Islámica
Las actuales protestas no son las primeras que sacuden a Irán, pero sí se encuentran entre las más prolongadas y extendidas de los últimos años. Lo que comenzó como una reacción a la degradación del nivel de vida y al desplome del rial —que en algunos mercados paralelos habría perdido cerca de un 30% de su valor en apenas unos meses— ha derivado en un cuestionamiento más amplio del sistema político.
Las movilizaciones combinan demandas económicas y políticas: desde la subida de precios básicos y los problemas de acceso a medicamentos hasta la denuncia de la corrupción y la exigencia de mayores libertades civiles. En ciudades como Teherán, Shiraz o Mashhad, los manifestantes han desafiado la presencia de las fuerzas de seguridad con consignas directas contra el liderazgo del país.
Durante estos quince días, se han reportado enfrentamientos nocturnos, incendios de vehículos y ataques a edificios públicos, lo que ha servido al régimen para presentar el movimiento como una amenaza al “orden y la seguridad nacionales”. Al mismo tiempo, el uso de munición real, gases lacrimógenos y detenciones masivas ha elevado el coste humano de una protesta que aún no muestra señales claras de agotamiento.
La sensación de fondo, según analistas consultados, es que Irán ha entrado en una nueva fase de contestación social, donde el miedo ha perdido fuerza y el hartazgo marca el ritmo.
Acusaciones de “agentes terroristas” y guerra en la sombra
En este contexto, la intervención del ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, ha elevado el tono al máximo. El diplomático ha acusado a Estados Unidos e Israel de infiltrar “agentes terroristas” para aprovechar el descontento y convertir las protestas en una herramienta de desestabilización dirigida desde el exterior.
La acusación tiene varias capas. Por un lado, busca unificar al bloque interno presentando la crisis como una agresión extranjera, y no como el resultado de problemas estructurales: sanciones, mala gestión económica, corrupción y represión política. Por otro, envía un mensaje directo a Washington y Tel Aviv: cualquier movimiento adicional será leído como acto hostil contra la soberanía iraní.
Lo más grave, subrayan expertos en la región, es que este tipo de narrativa abre la puerta a represalias encubiertas: desde ciberataques hasta ataques contra intereses estadounidenses o israelíes en terceros países. El conflicto, de confirmarse esa dinámica, podría desplazarse rápidamente del terreno de las consignas al de las operaciones en la sombra.
Mientras tanto, la protesta interna queda atrapada en una pinza: en el exterior se la presenta como un instrumento de “enemigos extranjeros”; en el interior se la reprime como una amenaza existencial al sistema.
El apagón digital como herramienta de control interno
Una de las decisiones más contundentes del régimen ha sido el bloqueo casi total de internet. En un país donde más del 70% de la población accede habitualmente a la red a través de dispositivos móviles, el apagón supone un golpe directo a la capacidad de coordinación de los manifestantes y a la difusión de imágenes y testimonios hacia el exterior.
Desde el punto de vista de seguridad, Teherán persigue dos objetivos: romper el flujo de información entre las distintas ciudades y evitar que las protestas ganen tracción internacional mediante vídeos virales y denuncias en tiempo real. En la práctica, el apagón ha dejado a miles de familias sin acceso a servicios financieros, comunicaciones básicas y herramientas de trabajo remoto.
Las organizaciones de derechos digitales denuncian que la medida vulnera de forma frontal el derecho a la información y la libertad de expresión, en una escala similar a la vista en otros episodios críticos en países como Myanmar o Egipto. Además, alertan de un efecto colateral peligroso: el aislamiento comunicativo alimenta rumores, bulos y desinformación, que sustituyen a las fuentes verificables.
El apagón demuestra, en última instancia, hasta qué punto el régimen está dispuesto a sacrificar actividad económica y bienestar cotidiano con tal de recuperar el control de la narrativa. Una señal inequívoca de que percibe la crisis no como un incidente menor, sino como una amenaza estratégica.
Jameneí redobla el pulso a Trump y a Occidente
En medio de este escenario, el líder supremo Ali Jameneí ha sido el encargado de fijar la línea política. En un discurso emitido por televisión, acusó a Washington de tener “las manos manchadas de sangre” y respondió de forma frontal a las amenazas de Donald Trump de intervenir si aumentaba la represión: “Que se ocupe de sus propios problemas antes de hablar de Irán”, vino a decir, en referencia a la polarización y los episodios de violencia interna en Estados Unidos.
El mensaje tiene dos destinatarios. Hacia dentro, Jameneí se presenta como garante de la estabilidad frente a “enemigos externos” y al caos que, según su relato, traerían cambios bruscos en el sistema. Hacia fuera, marca una línea roja: cualquier intento de convertir las protestas en justificación para sanciones adicionales, operaciones encubiertas o intervenciones militares encontrará una respuesta firme.
Lejos de suavizar el tono, el líder supremo ha descartado “retrocesos o concesiones” en este momento crítico. La lectura de muchos observadores es que el régimen se siente todavía con suficiente margen de maniobra para aplastar la protesta por la vía clásica: represión, miedo y desgaste. Pero cada pronunciamiento endurece un poco más el pulso con Occidente y reduce el espacio para soluciones negociadas.
Un malestar social alimentado por la economía
Detrás de la dimensión geopolítica se esconde una realidad más pedestre: la economía iraní lleva años al límite. La combinación de sanciones internacionales, mala gestión y corrupción ha colocado al país en un escenario cercano a la estanflación: inflación por encima del 35%, crecimiento débil y un mercado laboral incapaz de absorber a los jóvenes urbanos cualificados.
El desplome del rial, la escasez de divisas, las dificultades para importar piezas, medicamentos y tecnología, y el deterioro de los servicios públicos han erosionado la paciencia de una población que ya sufrió crisis similares en 2009, 2017 o 2019. Pero esta vez el desgaste es mayor: una parte de la ciudadanía percibe que no hay horizonte de mejora mientras se mantenga el actual equilibrio de poder.
En este contexto, las protestas actuales son la expresión visible de una acumulación de frustraciones: desde el coste del pan o el combustible hasta la desigualdad entre élites beneficiadas por el sistema y clases medias empobrecidas. El relato oficial, que insiste en atribuir todos los males a las sanciones, ya no basta para explicar por qué, incluso en sectores no directamente afectados, la sensación de deterioro es tan intensa.
El problema para el régimen es que el tiempo juega en su contra. Cuanto más se prolongue la crisis económica, más difícil será contener una contestación que, aunque no sea homogénea, se extiende a capas sociales que antes se mantenían al margen.
El tablero regional: de Teherán a Tel Aviv pasando por Washington
Las protestas en Irán no se desarrollan en el vacío. La acusación directa a Estados Unidos e Israel debe leerse también en la lógica de un enfrentamiento regional que se libra en múltiples frentes: Siria, Irak, Líbano, Yemen e incluso el Mediterráneo oriental. Cualquier debilitamiento percibido del régimen iraní reconfigura el equilibrio de fuerzas entre bloques.
Para Washington, la crisis plantea un dilema clásico: presionar al máximo al régimen para debilitar su capacidad de proyección exterior o evitar un colapso que abra la puerta a un escenario aún más imprevisible. Para Israel, la prioridad sigue siendo impedir que Irán consolide capacidad militar avanzada en su entorno inmediato, independientemente de la situación interna del país.
El apagón de internet, las detenciones y la retórica contra los “agentes externos” elevan el riesgo de errores de cálculo: un incidente fronterizo, un ataque cibernético o un sabotaje atribuido a uno u otro actor puede desencadenar una escalada difícil de controlar. La región, ya fragmentada, mira con inquietud un escenario donde las líneas entre protesta interna e intervención externa se difuminan peligrosamente.