Teherán asegura que un ataque con misiles balísticos impactó el complejo gubernamental israelí y deja en el aire el paradero del primer ministro mientras Jerusalén guarda silencio

Irán dice haber golpeado la oficina de Netanyahu con Kheibar

La guerra entre Irán e Israel ha dado este lunes un salto cualitativo con una afirmación de enorme carga simbólica y política: la Guardia Revolucionaria iraní asegura haber alcanzado la oficina del primer ministro Benjamin Netanyahu en un ataque de misiles lanzado de madrugada contra el “campus de gobierno” israelí. Según el comunicado, la operación —calificada como décima oleada de ataques— se habría ejecutado con misiles balísticos Kheibar, los mismos que Teherán reivindica como capaces de perforar los sistemas de defensa israelíes.

EPA/AVI OHAYON / GPO HANDOUT
EPA/AVI OHAYON / GPO HANDOUT

La afirmación iraní tiene una dimensión militar, pero sobre todo pretende ser un golpe simbólico al corazón del poder israelí. El comunicado de la Guardia Revolucionaria habla de un ataque “sorpresa” contra el “campus del gobierno” en la llamada décima oleada de misiles lanzados contra “los territorios ocupados”, en el que uno de los objetivos habría sido la oficina del primer ministro.

En este momento no existe verificación independiente de que el despacho de Netanyahu haya sido efectivamente dañado ni de que el primer ministro se encontrara allí en el momento del impacto. Irán sostiene que el “destino” del dirigente israelí es “desconocido”, una formulación deliberadamente ambigua que deja espacio tanto a la propaganda como a la presión psicológica sobre la opinión pública israelí.

Israel, por su parte, ha reaccionado con lo que en términos diplomáticos es casi una no-reacción: silencio. No hay imágenes, no hay parte oficial, no hay confirmación ni desmentido. Ese vacío informativo contrasta con anteriores ataques, en los que el Gobierno israelí se ha apresurado a exhibir el éxito de su escudo antimisiles y a minimizar los daños. La ausencia de relato oficial alimenta las especulaciones, pero también indica que el gabinete de guerra ha optado por priorizar la gestión militar y la coordinación con aliados antes que la batalla mediática inmediata.

Mientras tanto, las sirenas han vuelto a sonar en Jerusalén y Tel Aviv, y episodios como el ataque mortal contra un refugio en Beit Shemesh, a apenas 30 kilómetros de la capital, subrayan que el frente interno israelí es cada vez más vulnerable a impactos directos.

Misiles Kheibar y la décima oleada de ataques

El elemento tecnológico no es menor. En su comunicado, la Guardia Revolucionaria subraya que el ataque contra el complejo gubernamental israelí se habría realizado con misiles balísticos Kheibar, una familia de proyectiles de combustible sólido que Irán presenta desde 2022 como la nueva columna vertebral de su capacidad de disuasión.

Estos misiles, según fuentes abiertas, tienen un alcance aproximado de 1.450 kilómetros, suficiente para cubrir sin dificultad la distancia entre territorio iraní y los principales centros urbanos israelíes. Además, versiones recientes del sistema —como el Kheibar Shekan— incorporan cabezas múltiples y capacidades de maniobra destinadas precisamente a complicar la interceptación por escudos como la Cúpula de Hierro.

“Los misiles Kheibar han sido utilizados con nuevas tácticas para lograr impactos más precisos y destructivos sobre objetivos estratégicos en todo el territorio ocupado”, ha destacado en otras ocasiones la propia Guardia Revolucionaria al describir oleadas previas de la operación “Verdadera Promesa”.

Que Irán vincule ahora esta tecnología a un ataque directo contra la oficina del jefe de Gobierno israelí refuerza el mensaje de que ya no se limita a responder golpe por golpe contra bases militares o instalaciones concretas, sino que se considera en condiciones de apuntar a los centros neurálgicos de decisión. La mención a que se habría alcanzado también la sede de la Fuerza Aérea israelí encaja con esa lógica de intentar degradar, aunque sea puntualmente, la capacidad de respuesta de Tel Aviv.

Silencio en Jerusalén y batalla del relato

La otra cara de la ofensiva es la guerra de narrativas. Teherán lanza un mensaje medido al milímetro: hemos alcanzado vuestra oficina, no sabemos si vuestro líder está vivo, y esto es solo la décima ola de ataques. Israel, de momento, no entra al trapo.

Esa estrategia recuerda a episodios anteriores en los que el Estado israelí ha retrasado o dosificado la comunicación sobre daños sensibles, especialmente cuando afectaban a instalaciones militares o estratégicas. En esta ocasión, el silencio tiene consecuencias adicionales: abre un espacio que están ocupando medios y canales de Telegram tanto iraníes como de terceros países, con versiones no contrastadas sobre heridos, evacuaciones y supuestos movimientos de emergencia en Jerusalén.

Desde el punto de vista de la opinión pública israelí, la mera posibilidad de que el primer ministro haya sido objetivo directo de misiles iraníes supone un salto cualitativo respecto a ataques previos contra ciudades o infraestructuras. Y, en el plano internacional, el mensaje de Irán busca mostrar que, pese a los bombardeos recibidos en su territorio en los últimos meses, mantiene capacidad de respuesta de largo alcance y no teme señalar directamente al liderazgo político rival.

La consecuencia es clara: incluso si más adelante se demuestra que el daño material ha sido limitado, el coste reputacional para los sistemas de defensa israelíes y para su imagen de invulnerabilidad ya está hecho.

Una escalada que empezó con la muerte de Jamenei

El supuesto ataque sobre la oficina de Netanyahu no es un episodio aislado, sino una pieza más de una escalada que muchos analistas consideran ya una guerra abierta entre Irán e Israel con participación directa de Estados Unidos. El punto de ruptura llegó con la operación conjunta que acabó con la vida del líder supremo iraní, Alí Jamenei, en un ataque que ha sido criticado por varios gobiernos y expertos en derecho internacional como una grave ruptura de las reglas no escritas del equilibrio regional.

Desde entonces, el conflicto se ha extendido por varias capitales y frentes. Misiles iraníes han golpeado ciudades como Tel Aviv, Dubái o Doha, mientras que la aviación estadounidense e israelí ha bombardeado bases, instalaciones nucleares y posiciones de milicias aliadas de Teherán.

El diagnóstico es inequívoco: más de 555 personas habrían muerto ya solo en Irán, según recuentos preliminares, a lo que se suman decenas de víctimas en Israel, Líbano, Kuwait y otros países del Golfo. Milicias como Hezbolá y grupos proiraníes en Irak se han incorporado abiertamente al conflicto, ampliando el mapa bélico desde el Mediterráneo oriental hasta el estrecho de Ormuz.

Lo más grave, desde la óptica económica y de seguridad, es que la eliminación del líder supremo ha dejado un vacío de poder en Teherán que aumenta la imprevisibilidad. Un Irán en transición interna, golpeado en su cúpula pero todavía con capacidad militar y redes regionales activas, es un actor más difícil de disuadir y más proclive a gestos de alto impacto como el que ahora afirma haber realizado contra el despacho del primer ministro israelí.

El impacto inmediato en los mercados de energía

Cada misil que cruza el cielo de Oriente Medio se traduce en puntos básicos y dólares sobre gráficos de petróleo, gas y volatilidad financiera. La nueva oleada de ataques, sumada al anuncio iraní sobre la oficina de Netanyahu, ha reactivado de inmediato el miedo a interrupciones en el suministro energético global.

El estrecho de Ormuz, por donde transita en torno al 20% del petróleo mundial, vuelve a situarse en el centro del tablero con reportes de ataques a buques, interferencias de GPS y aseguradoras exigiendo primas adicionales para cubrir el tránsito por la zona. Los precios del crudo han reaccionado con fuerza: el Brent ha llegado a superar los 78-80 dólares por barril, con subidas cercanas al 8-10% en la sesión, mientras el West Texas estadounidense se ha acercado a los 73 dólares.

Al mismo tiempo, los principales índices bursátiles europeos han registrado caídas superiores al 2%, con especial castigo a aerolíneas, turismo y banca, mientras las compañías energéticas y de defensa se revalorizan con fuerza. En paralelo, el oro ha actuado de refugio y escala más de un 3%, y la deuda de los países periféricos de la eurozona sufre un repunte de rentabilidades que encarece la financiación.

El contraste con otras crisis recientes es demoledor: a diferencia de episodios puntuales de tensión en el Golfo, el mercado descuenta ahora un conflicto prolongado, con riesgo real sobre infraestructuras críticas como la refinería saudí de Ras Tanura o las terminales de GNL en Qatar, que ya han sufrido ataques o parones temporales.

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