Irán eleva en 60 los muertos por los ataques de Estados Unidos
670 es el número de heridos en Irán tras casi dos semanas de bombardeos sobre el sur del país, mientras la escalada militar amenaza las rutas energéticas del golfo Pérsico.
Sesenta personas han muerto y alrededor de 670 han resultado heridas en los ataques ejecutados por Estados Unidos contra el sur de Irán durante los últimos diez o doce días. El balance fue comunicado por el ministro iraní de Salud, Mohammad Reza Zafarghandi, y difundido por medios estatales del país.
La cifra supone un nuevo salto respecto al recuento publicado el 18 de julio, cuando las autoridades contabilizaban 50 fallecidos y más de 500 heridos. Sin embargo, Teherán no ha detallado todavía qué proporción de las víctimas pertenece a las Fuerzas Armadas ni cuántos civiles han muerto.
Un balance todavía incompleto
Los datos ofrecidos por el Gobierno iraní dibujan una escalada rápida: en poco más de una semana, el balance oficial ha aumentado en 10 muertos y cerca de 170 heridos. La cifra implica una media aproximada de seis fallecidos y entre 55 y 67 heridos diarios, dependiendo del periodo exacto utilizado por el Ministerio de Salud.
El problema es la ausencia de información independiente. Las restricciones informativas, la dificultad para acceder a las zonas bombardeadas y el carácter militar de numerosos objetivos impiden verificar el recuento de manera inmediata. Zafarghandi tampoco precisó las localidades afectadas ni la identidad de las víctimas, según las informaciones que recogieron sus declaraciones.
El sur de Irán, bajo presión
La ofensiva estadounidense se ha concentrado principalmente en las provincias meridionales, una región que alberga puertos, instalaciones navales, sistemas de radar y posiciones vinculadas a la defensa del estrecho de Ormuz.
Entre los puntos atacados durante las últimas semanas figuran el entorno de Bandar Abbas, la isla de Qeshm y áreas próximas a Bushehr, Sirik y Ahvaz. La campaña comenzó golpeando posiciones militares y defensas costeras, pero posteriormente alcanzó infraestructuras de comunicaciones, transporte y suministro eléctrico. Algunos ataques también habrían afectado a zonas residenciales, según fuentes iraníes.
El estrecho que vigila el mercado
La localización de los bombardeos no es casual. El estrecho de Ormuz constituye uno de los principales corredores energéticos del planeta y conecta los grandes productores del golfo Pérsico con los mercados internacionales.
Cualquier deterioro de la seguridad en esta vía puede elevar los costes del transporte marítimo, disparar las primas de los seguros y obligar a las navieras a modificar sus operaciones. El efecto económico puede extenderse mucho más allá de Irán: una interrupción prolongada presionaría el precio del petróleo, encarecería los combustibles y dificultaría la reducción de la inflación en Europa y Estados Unidos.
La consecuencia es clara. Incluso sin un cierre completo, la amenaza sobre Ormuz ya funciona como una prima de riesgo geopolítico.
La versión de Teherán
El Gobierno iraní presenta los ataques como una agresión contra su soberanía y sostiene que algunas operaciones han dañado infraestructuras civiles. Washington, por su parte, vincula la campaña a la neutralización de capacidades militares iraníes y a la protección de sus fuerzas y aliados en la región.
La diferencia entre ambos relatos resulta profunda. Teherán utiliza el número de víctimas para reforzar la dimensión humanitaria del conflicto, mientras Estados Unidos insiste en el carácter estratégico de sus objetivos. Sin una investigación independiente, no es posible determinar cuántas víctimas eran civiles, militares o trabajadores de instalaciones vinculadas a la defensa.
Una escalada de mayor alcance
Los 60 muertos anunciados ahora forman parte de un balance mucho más amplio. El Ministerio de Salud iraní cifra en al menos 3.468 los fallecidos y más de 26.500 los heridos desde el comienzo de la guerra, el 28 de febrero de 2026. Estas cantidades proceden de las autoridades iraníes y continúan sujetas a revisión.
La magnitud acumulada revela que los últimos bombardeos no constituyen un episodio aislado, sino una nueva fase dentro de una campaña de desgaste. Lo más grave es que la ampliación de los objetivos hacia puentes, túneles y redes esenciales incrementa el riesgo de daños duraderos sobre la actividad económica y los servicios básicos.
La pausa no despeja el riesgo
Las informaciones más recientes apuntan a una interrupción temporal de los ataques estadounidenses mientras continúan los contactos diplomáticos. Esa pausa, sin embargo, no equivale a un alto el fuego consolidado. La Casa Blanca mantiene abierta la posibilidad de reanudar las operaciones si fracasan las conversaciones con Teherán.
El diagnóstico es inequívoco: la desescalada sigue siendo frágil. Cualquier nueva ofensiva iraní contra bases estadounidenses, buques comerciales o aliados regionales podría provocar otra oleada de bombardeos. Mientras tanto, el aumento de las víctimas y el deterioro de las infraestructuras elevan el coste humano de una guerra cuya onda expansiva ya alcanza al comercio mundial y a los mercados energéticos.