El régimen de Teherán acusa a Washington y a Israel de orquestar una campaña de desinformación sobre su programa nuclear y de misiles en plena escalada geopolítica

Irán tacha de “grandes mentiras” las nuevas amenazas de Trump

UNSPLASH/AKBAR NEMATI

La diplomacia iraní ha respondido con una inusual dureza a las últimas acusaciones de la Casa Blanca. El portavoz del Ministerio de Exteriores, Esmaeil Baqaei, ha descalificado como “propaganda” y “repetición de grandes mentiras” las denuncias de Estados Unidos sobre el programa nuclear y de misiles de la República Islámica. Mientras, el presidente Donald Trump aprovechó su reciente discurso sobre el Estado de la Unión para presentar a Irán como “principal patrocinador mundial del terrorismo” y advertir de que Teherán desarrolla misiles capaces de alcanzar territorio estadounidense, aunque aseguró preferir la vía diplomática antes que la militar. En medio de este cruce de acusaciones, Baqaei acusó a Washington y al “régimen genocida israelí” de impulsar una narrativa basada en datos inflados sobre víctimas de las protestas internas y supuestas violaciones del acuerdo nuclear. El episodio reabre un expediente que lleva más de dos décadas tensionando Oriente Medio: el equilibrio entre disuasión militar, seguridad regional y estabilidad de los mercados energéticos.

Un portavoz que dispara en X

Esmaeil Baqaei, diplomático de carrera y desde octubre de 2024 portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, se ha consolidado como una de las voces más combativas del régimen. Sus mensajes en X (antiguo Twitter) mezclan referencias históricas, acusaciones directas a gobiernos occidentales y una constante denuncia de lo que considera “dobles raseros” en materia de seguridad y derechos humanos. En esta ocasión, Baqaei recurrió a una cita clásica de la propaganda nazi, atribuyéndole a Joseph Goebbels la idea de que una mentira repetida muchas veces termina pareciendo verdad, para devolver el golpe a Washington.

“Los profesionales de la mentira son expertos en crear la ilusión de verdad”, escribió, en un mensaje dirigido tanto a la opinión pública interna como a las cancillerías occidentales. La referencia no es accidental: Teherán pretende situar la narrativa estadounidense sobre Irán en el terreno de la manipulación propagandística, justo cuando la Administración Trump intenta reconstruir apoyos internacionales para endurecer las sanciones y legitimar las operaciones militares contra infraestructuras nucleares iraníes ejecutadas en 2025.

El estilo de Baqaei, que alterna desmentidos técnicos con golpes retóricos, busca blindar la posición iraní en tres frentes: el de la legalidad internacional, el de la opinión pública regional y el de los países emergentes que ven en las sanciones un instrumento selectivo de poder occidental.

Las acusaciones de Washington: terror y misiles intercontinentales

En su último discurso sobre el Estado de la Unión, Trump volvió a situar a Irán en el centro del eje del mal de su política exterior. Presentó a la República Islámica como “principal patrocinador estatal del terrorismo” y advirtió de que el país estaría desarrollando misiles capaces de alcanzar suelo estadounidense, un salto cualitativo respecto a la amenaza regional clásica que suponen los misiles de medio alcance iraníes.

Aunque el presidente insistió en que prefiere la diplomacia, la mención a los ataques de 2025 contra instalaciones nucleares en Fordow, Natanz y Esfahan —en los que Estados Unidos respaldó a Israel— fue leída como un recordatorio de que la opción militar sigue sobre la mesa. En paralelo, medios estadounidenses han desvelado que la Casa Blanca habría aprobado planes de guerra detallados contra Irán, aunque Trump estaría posponiendo la orden final a la espera del resultado de las negociaciones en Ginebra.

La consecuencia es clara: el discurso presidencial no solo pretende disuadir a Teherán, sino también preparar a la opinión pública estadounidense para una eventual escalada. Vincular a Irán con el terrorismo global y con misiles de alcance intercontinental refuerza el relato de amenaza existencial que, en el pasado, precedió a intervenciones militares como la de Irak en 2003. Este paralelismo no pasa desapercibido en las capitales europeas.

El verdadero alcance del programa balístico iraní

Más allá de la retórica, los datos disponibles dibujan un escenario más matizado. Irán cuenta con el programa de misiles balísticos más amplio de Oriente Medio, con decenas de modelos de corto y medio alcance que pueden golpear objetivos a hasta unos 2.000 kilómetros, suficiente para amenazar a Israel, las bases estadounidenses en la región y buena parte del Golfo.

Sin embargo, los expertos apuntan que Teherán no dispone hoy de misiles intercontinentales plenamente operativos capaces de alcanzar la costa este de Estados Unidos, para lo que serían necesarios alcances superiores a los 5.500 kilómetros. Varios informes occidentales alertan, eso sí, de que la acumulación de pruebas —más de 30 lanzamientos de misiles balísticos desde la firma del acuerdo nuclear de 2015, según algunas estimaciones— indica una clara voluntad de seguir refinando capacidades, tanto en precisión como en carga útil.

Este hecho revela la paradoja central: mientras Washington sostiene que el programa balístico forma parte de un diseño ofensivo y potencialmente nuclear, Irán lo presenta como un instrumento puramente defensivo y de disuasión, especialmente tras décadas de aislamiento, guerra con Irak y presencia militar estadounidense en sus fronteras. El contraste con otras potencias regionales —como Israel, que no reconoce oficialmente su arsenal nuclear— resulta demoledor a ojos de Teherán, que denuncia un sistema de seguridad internacional “selectivo”.

Nuclear civil o ambición militar: un debate irresuelto

El choque de narrativas se amplifica al hablar del programa nuclear. El acuerdo de 2015 (JCPOA) limitó de forma significativa el nivel de enriquecimiento de uranio y el número de centrifugadoras instaladas en Irán, bajo supervisión del OIEA. Sin embargo, la salida unilateral de Estados Unidos del pacto en 2018 y la posterior reintroducción de sanciones abrió la puerta a sucesivas violaciones iraníes de los límites establecidos.

Tras los ataques de 2025 contra instalaciones críticas, Washington sostiene que sus acciones han “borrado del mapa” la capacidad de enriquecimiento de alto nivel de Teherán, mientras la Administración Trump exhibe esos bombardeos como prueba de firmeza. Irán, por su parte, insiste en que su programa tiene fines exclusivamente civiles y que las inspecciones internacionales se han utilizado de forma politizada.

El diagnóstico es inequívoco: la arquitectura de no proliferación está gravemente erosionada. Sin un marco verificable y con la confianza entre las partes prácticamente rota, cada declaración de Washington sobre “líneas rojas” y cada desmentido de Teherán agrandan el margen para el error de cálculo. El resultado práctico es que los mercados y las cancillerías trabajan ya con escenarios de riesgo nuclear superiores a los de hace apenas cinco años.

Protestas internas, cifras de muertos y guerra de relatos

Otro de los frentes de fricción es el de las protestas internas en Irán. Informes y declaraciones occidentales han mencionado cifras de hasta 30.000 muertos en tan solo dos días durante episodios recientes de disturbios, datos que el Gobierno iraní califica de “narrativa de gran mentira” y “operación de intoxicación masiva”.

Teherán acusa a Washington, a algunos medios internacionales y al Gobierno israelí de inflar las cifras para justificar una política de máxima presión y, en último término, un cambio de régimen. Para Irán, los números desorbitados formarían parte de un patrón: exagerar violaciones de derechos humanos, atribuir cualquier incidente interno a complots externos y, después, utilizar esos informes como base para nuevas sanciones o resoluciones.

Lo más grave es que, en un entorno en el que el acceso de periodistas independientes es limitado y las cifras oficiales son opacas, la batalla por la credibilidad de los datos se convierte en un arma política en sí misma. Los opositores iraníes denuncian que el régimen minimiza la represión; el régimen, que los opositores maximizan el horror para atraer intervenciones externas. Entre medias, la comunidad internacional se mueve en un terreno plagado de cifras contradictorias y verificaciones parciales.

El impacto en los mercados de energía

Cada vez que el pulso entre Washington y Teherán se intensifica, los mercados de energía se convierten en un termómetro inmediato del riesgo. Pese a las sanciones, Irán ha logrado mantener un flujo significativo de exportaciones de crudo: entre enero de 2023 y marzo de 2025 habría enviado más de 268,5 millones de barriles, según estimaciones independientes, con picos de producción en torno a los 3,15 millones de barriles diarios y exportaciones que han rozado los dos millones de barriles al día, buena parte con destino a China y otros países asiáticos.

El endurecimiento de las sanciones estadounidenses, incluyendo medidas específicas sobre refinerías chinas, busca estrangular ese flujo de alrededor de 1,6 millones de barriles diarios que aún salen de Irán hacia el mercado internacional. Pero los analistas advierten de que un recorte brusco podría disparar de nuevo el precio del Brent y alimentar una inflación energética que muchos bancos centrales daban por controlada.

En este contexto, cada amenaza de Trump y cada desmentido de Baqaei se descuentan en el precio del crudo. Si el riesgo de interrupción de exportaciones iraníes se percibe superior al 50 %, los modelos de algunas casas de análisis sitúan el petróleo por encima de los 100 dólares en cuestión de semanas. El efecto dominó sobre tipos de interés, divisas emergentes y balanzas comerciales es un recordatorio de que la disputa nuclear es, al mismo tiempo, una crisis económica latente.