Japón activa 45 días de reservas ante el shock petrolero

Tokio ha empezado a liberar un mes de reservas estatales —unos 8,5 millones de kilolitros— después de haber activado ya 15 días de existencias privadas, en una maniobra que evidencia hasta qué punto la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán amenaza la seguridad energética de la cuarta economía del mundo.

Japón 

Foto de Colton Jones en Unsplash
Japón Foto de Colton Jones en Unsplash

Japón ha dejado de hablar en hipótesis. Ha pasado a actuar. El Gobierno de Sanae Takaichi comenzó este jueves 26 de marzo la liberación de crudo almacenado por el Estado tras haber puesto en marcha la semana pasada la descarga de inventarios privados. La suma equivale a 45 días de suministro y ronda los 80 millones de barriles, una magnitud extraordinaria para una economía que depende del exterior para casi todo su petróleo. Lo más relevante no es solo el volumen, sino el mensaje: Tokio asume que la crisis en Oriente Medio ya no es un susto de mercado, sino un riesgo físico para el abastecimiento.

La señal que lanza Tokio

La decisión japonesa no responde a un simple repunte coyuntural del barril. Responde a la posibilidad de que la disrupción en los flujos del Golfo Pérsico se prolongue y termine afectando a refinerías, logística, costes industriales y consumo doméstico. El Ejecutivo ha optado primero por rebajar las obligaciones de almacenamiento del sector privado y, a continuación, por abrir también el grifo de las reservas estatales. Ese doble movimiento es inusual y revela que la administración japonesa considera insuficiente una respuesta puramente comercial. La prioridad ya no es abaratar temporalmente la gasolina; la prioridad es impedir que un shock geopolítico se convierta en una crisis de suministro dentro del país. El diagnóstico es inequívoco: cuando una potencia tan prudente como Japón utiliza su colchón estratégico, es porque da por hecho que el problema puede durar más de lo que el mercado quiere admitir.

Dependencia extrema del Golfo

Japón arrastra una vulnerabilidad estructural que esta crisis ha vuelto a poner en primer plano. Según estimaciones recientes del Institute of Energy Economics, Japan, el 95,9% de sus importaciones de crudo en el ejercicio 2024 procedió de Oriente Medio, el nivel más alto en décadas. A ello se añade otro dato todavía más delicado: buena parte de esos flujos pasa por el estrecho de Ormuz, uno de los cuellos de botella energéticos más sensibles del mundo. La IEA subraya que en 2025 por esa vía transitó cerca de 15 millones de barriles diarios de crudo, el 34% del comercio mundial de crudo, con Asia como principal destino; AP situó además en torno al 93% la proporción del petróleo japonés expuesta a ese corredor. El contraste con Europa resulta demoledor: el continente recibe solo una fracción mucho menor del petróleo que sale por Ormuz. Para Japón, en cambio, Ormuz no es un problema lejano, sino una arteria crítica.

Un colchón enorme, pero no infinito

Tokio puede mover ficha porque lleva décadas acumulando reservas. El Ministerio de Economía, Comercio e Industria recordaba en su revisión de 2024 que Japón disponía, a cierre de noviembre de 2023, de 204 días de reservas según el criterio de la IEA: 116 días en stock estatal, 81 días en manos privadas y otros 7 días en almacenamientos conjuntos con países productores. Sobre el papel, la cifra es imponente y supera con amplitud el mínimo de 90 días de importaciones netas exigido a los miembros de la agencia. Sin embargo, lo más grave no es el tamaño actual del depósito, sino la velocidad a la que puede erosionarse si la tensión en la región escala. Liberar 45 días de suministro no vacía el sistema, pero reduce margen y, sobre todo, evidencia que el Ejecutivo prefiere sacrificar parte del colchón antes que arriesgar una ruptura brusca de abastecimiento. La consecuencia es clara: Japón tiene reservas, sí, pero también tiene una dependencia que obliga a usarlas antes que otros.

El precio del crudo ya dicta política económica

La presión no se explica solo por el mapa geopolítico. También por el mercado. El barril de Brent volvió a situarse por encima de los 100 dólares tras la escalada militar, y en los momentos de mayor tensión llegó a rozar los 119 dólares, según distintas informaciones publicadas en los últimos días. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser exclusivo de las petroleras y pasa a filtrarse a toda la economía: transporte más caro, mayores costes eléctricos indirectos, compresión de márgenes industriales y una nueva amenaza inflacionista. Japón conoce bien ese mecanismo. Su economía lleva años lidiando con una combinación incómoda de bajo crecimiento, salarios reales frágiles y consumo irregular. Un encarecimiento prolongado de la energía puede deteriorar con rapidez ese equilibrio. Por eso Tokio no espera a que falte físicamente el crudo; actúa ya para frenar el contagio económico. No está intentando ganar la guerra del petróleo; está tratando de que la guerra no le hunda la recuperación.

La lección que dejó 2022

No es la primera vez que Japón recurre a sus existencias estratégicas, pero sí vuelve a hacerlo en un contexto que recuerda a otro gran shock reciente. En 2022, tras la invasión rusa de Ucrania y dentro de una acción coordinada por la IEA, el país liberó 9 millones de barriles de reservas nacionales y 13,5 millones de reservas privadas. Aquel episodio fue histórico: el propio METI reconoció que supuso la primera liberación de reservas estatales desde la creación del sistema. La experiencia dejó dos enseñanzas. La primera, que el mecanismo funciona como instrumento de contención de emergencia. La segunda, que su eficacia es limitada cuando el problema es prolongado y geopolítico, no solo especulativo. Ahora la escala es superior: el plan anunciado este mes equivale a 45 días y cerca de 80 millones de barriles, muy por encima de aquella respuesta. Este hecho revela que Tokio percibe una amenaza más seria sobre los flujos reales y no solo sobre las expectativas del mercado.

Asia vuelve a ser el gran epicentro del riesgo

La decisión japonesa encaja, además, en un patrón regional. Asia es el principal receptor del petróleo que cruza Ormuz y la más expuesta a cualquier alteración prolongada en el Golfo. AP describía estos días cómo varios países asiáticos están ajustando consumo, evaluando alternativas o reforzando medidas de contención ante el encarecimiento de combustibles y la amenaza sobre las rutas marítimas. El contraste con China es revelador: Pekín llega mejor preparada gracias a una base de reservas más amplia, una mayor diversificación de suministros y un despliegue renovable mucho más robusto. Japón, en cambio, mantiene una alta dependencia importadora y una transición energética aún demasiado lenta para blindar a su industria frente a un shock externo de esta magnitud. El contraste con otras economías de la región resulta incómodo. La gran potencia tecnológica asiática sigue siendo, en materia petrolera, un país extremadamente vulnerable a una crisis marítima a miles de kilómetros de distancia.

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