La prueba de un sistema militar antidrón obliga a restringir el espacio aéreo junto a México y destapa un choque frontal entre Defensa, la FAA y la Patrulla Fronteriza

El láser que abatió un dron y cerró el cielo de Texas

EPA/JIM LO SCALZO

La frontera de Estados Unidos con México se ha convertido, de nuevo, en banco de pruebas de la última tecnología militar. Esta vez, el experimento ha terminado con un dron de la Patrulla Fronteriza derribado por error y con el cierre temporal del espacio aéreo en un tramo de Texas, tras una orden de emergencia de la Agencia Federal de Aviación (FAA). El incidente, ocurrido cerca de Fort Hancock, en el corredor fronterizo de El Paso, implicó el uso de un sistema de láser de alta energía autorizado por el Departamento de Defensa para neutralizar aparatos no identificados. La cadena de decisiones —y omisiones— ha dejado al descubierto un problema mucho más profundo: la ausencia de coordinación real entre las agencias que controlan el cielo, la frontera y las armas más sensibles del Pentágono.

Según la versión adelantada por medios estadounidenses, el incidente se desencadena cuando un aparato de vigilancia de la Patrulla Fronteriza, que operaba en una zona habitual de tráfico de drones, es identificado como “objeto extranjero” por los sistemas de Defensa. La reacción es inmediata: se activa un láser militar antidrón emplazado en las cercanías de Fort Hancock, a pocos kilómetros de la línea con México.

La consecuencia técnica es impecable: el blanco es neutralizado en segundos. La consecuencia política y operativa, devastadora: el blanco no era un aparato hostil, sino un dron propio, de vigilancia fronteriza, que no había sido correctamente notificado ni integrado en los protocolos de Defensa.

En las horas siguientes, fuentes de la Administración filtran versiones contradictorias. Algunas hablan de drones vinculados a cárteles mexicanos; otras, de un aparato no identificado que resultó ser un simple globo.
El detalle clave, sin embargo, es otro: el sistema se empleó sin la coordinación previa con la FAA que el propio Gobierno había pactado para este tipo de pruebas.

La escena resume un patrón que preocupa a reguladores y operadores: la frontera se está llenando de sensores, drones y armas de energía dirigida más rápido de lo que se actualizan los protocolos de seguridad.

Una decisión que paraliza el tráfico aéreo

Cuando la FAA toma conciencia de que un láser militar de alta potencia se ha utilizado en un entorno con tráfico comercial, la reacción es drástica. La agencia emite un aviso a los aviadores (NOTAM) que restringe el espacio aéreo en un radio de unas 10 millas náuticas y hasta los 18.000 pies de altitud, en una franja del este de El Paso cercana a Fort Hancock.

Inicialmente, la prohibición se presenta como una medida de hasta diez días por “razones especiales de seguridad”. La realidad será mucho más corta pero igual de disruptiva: en cuestión de horas, más de una docena de vuelos comerciales han sido cancelados o desviados, incluidos al menos siete llegadas y siete salidas desde el aeropuerto de El Paso, además de operaciones de evacuación médica que se ven obligadas a buscar rutas alternativas.

La imagen es elocuente: pasajeros haciendo cola con sus maletas, aerolíneas sin información clara y autoridades locales reconociendo que no habían sido informadas con anticipación. Representantes políticos de la zona describen la decisión como “inusual” y exigen explicaciones a la Administración federal por un cierre que, sobre el papel, iba a durar diez días y terminó resolviéndose en pocas horas.

Lo más significativo no es la duración del cierre, sino el mensaje que envía: la FAA solo confía en su propia capacidad de evaluación y está dispuesta a paralizar un nodo aéreo clave cuando percibe que los usos militares no están suficientemente controlados.

El vacío de coordinación entre Defensa, FAA y fronteras

El episodio no es un accidente aislado, sino la expresión de un problema estructural: las agencias estadounidenses encargadas del espacio aéreo y la defensa siguen sin compartir información crítica a la velocidad que exige la nueva realidad tecnológica.

En los últimos meses, informes del Congreso y del Consejo Nacional de Seguridad en el Transporte han alertado de fallos de coordinación repetidos entre el Pentágono y la FAA, especialmente en zonas de alto tráfico donde coexisten ejercicios militares y rutas comerciales.

En este caso, el patrón se repite. El Departamento de Defensa había programado pruebas y despliegues de sistemas antidrón en la frontera, pero la información no habría llegado en tiempo y forma a la autoridad que controla el cielo civil. Al mismo tiempo, la Patrulla Fronteriza operaba drones propios en el mismo corredor, sin un cuadro común de operaciones que integrara todos los aparatos en vuelo.

El diagnóstico es inequívoco: la frontera sur funciona como un mosaico de competencias solapadas, donde cada agencia protege su parcela y nadie asume la visión global. La consecuencia es clara: cuando algo sale mal, la respuesta es reactiva, improvisada y, como en este caso, extremadamente costosa para la credibilidad institucional.

Riesgos técnicos de los nuevos láseres antidrón

Más allá del error concreto, el incidente pone el foco en una tecnología que abandona la ciencia ficción para instalarse en el día a día de la seguridad: las armas de energía dirigida, en particular los láseres de alta potencia destinados a derribar drones.

Estos sistemas ofrecen ventajas evidentes para los militares: un coste por disparo muy inferior al de un misil, munición “ilimitada” mientras haya energía eléctrica y capacidad para neutralizar aparatos pequeños y rápidos que saturan las defensas clásicas.

Sin embargo, los riesgos en entorno civil son considerables. Un láser no se detiene cuando falla el blanco: el haz continúa su trayectoria y puede impactar en aeronaves que transiten a varios kilómetros, dañar sensores, deslumbrar a pilotos o interferir con equipos electrónicos sensibles. Expertos en seguridad aérea llevan años advirtiendo de que, sin protocolos estrictos y zonas de exclusión bien definidas, el remedio puede ser peor que la enfermedad.

En este caso, la activación de un sistema de estas características a escasa distancia de rutas comerciales ilustra un escenario que la FAA intenta evitar a toda costa: un cielo donde conviven vuelos civiles, drones de agencias federales y armas láser operadas por el Ejército sin una integración perfecta de riesgos.

Un laboratorio a cielo abierto en la frontera con México

Desde hace años, la frontera entre Estados Unidos y México se ha transformado en un laboratorio de tecnologías de vigilancia, control de flujos migratorios y lucha contra el narcotráfico. Drones, globos de alta altitud, sensores terrestres, cámaras térmicas y ahora láseres antidrón configuran un ecosistema creciente, financiado con decenas de miles de millones de dólares en presupuestos de seguridad y defensa.

Las autoridades justifican este despliegue por el aumento de incursiones de drones vinculados a cárteles que transportan drogas, dinero o realizan labores de inteligencia sobre posiciones estadounidenses. Estos vuelos no son excepcionales: fuentes oficiales han reconocido que se detectan decenas de incursiones al año en determinados tramos de la frontera.

Sin embargo, la militarización tecnológica del territorio tiene efectos colaterales. La línea que separa operaciones de defensa y vida civil se difumina cuando las pruebas se realizan junto a aeropuertos internacionales, autopistas o zonas urbanas. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras la Unión Europea opta por desplegar sistemas antidron de baja potencia y fuertes perímetros de exclusión alrededor de aeropuertos, Estados Unidos experimenta ya con armas de energía dirigida en un entorno mixto, donde conviven residentes, turistas y vuelos comerciales.

La frontera deja de ser solo un punto de control migratorio y se convierte en campo de pruebas de la próxima generación de armamento, con una supervisión regulatoria que, a la vista de este incidente, sigue siendo insuficiente.

Precedentes incómodos y preguntas regulatorias

Lo más grave para la Administración no es el error táctico de derribar un dron propio, sino el precedente regulatorio que crea el cierre del espacio aéreo por un fallo de coordinación interno.

La decisión de la FAA muestra que, cuando percibe que no controla todos los elementos en juego, está dispuesta a aplicar la medida más extrema: cerrar el cielo, aunque sea solo durante unas horas. Esa reacción puede repetirse en el futuro si el despliegue de sistemas antidrón se acelera sin una arquitectura legal clara.

En el plano político, congresistas de ambos partidos ya han pedido explicaciones formales sobre por qué ni las autoridades locales ni las aerolíneas fueron informadas con antelación de una decisión que, en su anuncio inicial, apuntaba a diez días de bloqueo de un aeropuerto estratégico en el sur de Estados Unidos.

El riesgo es que cada nuevo incidente erosione un poco más la confianza en la seguridad aérea y en la capacidad del Estado para controlar sus propias herramientas de defensa.