Lorenzo Ramírez: el pacto secreto EEUU-China, expolio del gas en Gaza y la trampa digital de Europa
La visita de Trump a Xi se plantea como cumbre empresarial mientras Israel y Washington apuntalan el Proyecto Poseidón y la UE aplaza límites a la biometría.
Una prórroga de 16 meses para regular la identificación biométrica y una “cumbre” que, según Lorenzo Ramírez, llega con delegación de Wall Street y Silicon Valley. Dos pistas del mismo patrón: negocios primero, relato después. En Pekín, Trump no iría a exigir nada a Xi, sino a cerrar un mecanismo bilateral para rebajar tensiones y asegurar suministros críticos. En Oriente Medio, el gas se convierte en palanca geopolítica. Y en Bruselas, la soberanía tecnológica se invoca mientras se cede infraestructura y datos.
Un viaje a Pekín sin cartas geopolíticas
Ramírez desmonta la idea de una gran ofensiva diplomática de Washington sobre China: Trump “llega con las manos vacías”, sin capacidad real para forzar a Pekín a presionar a Irán o a mover fichas en el Estrecho de Ormuz. El diagnóstico, insiste, no es marginal: lo estarían subrayando cabeceras como Financial Times o The Atlantic, y revela un giro incómodo en la narrativa estadounidense. La Casa Blanca habría perdido el relato de la fuerza, no sólo por dudas sobre su capacidad ofensiva, sino por su resistencia ante una crisis energética prolongada, con reservas estratégicas drenadas a un ritmo histórico.
La consecuencia es clara: si Washington no puede “mandar” en el tablero, puede comprar tiempo. Y ese tiempo se gana con acuerdos comerciales, no con amenazas. En paralelo, Irán empezaría a sentir problemas financieros por el bloqueo de Ormuz, pero Estados Unidos también paga factura. La presión ya no es unilateral: es un juego de desgaste.
El acuerdo que casi nadie menciona
La “gran noticia”, según Ramírez, sería un acuerdo comercial perfilado en marzo de 2026 en París, con el secretario del Tesoro Scott Besen y el viceprimer ministro chino como arquitectos. Un mecanismo bilateral que permitiría a Estados Unidos seguir recibiendo tierras raras chinas, vitales para su industria tecnológica, y abriría además carriles para operaciones de los gigantes financieros: BlackRock, Goldman Sachs, Blackstone o Citi.
El viaje se entiende entonces como misión empresarial: Elon Musk, Tim Cook y la plana mayor de Wall Street acompañarían a Trump para “debatir cómo sacar partido”. La Casa Blanca vendería el pacto como victoria política —compras de soja, compromisos de inversión—, pero Pekín querría dejar claro que “lleva la voz cantante”. Lo más grave no es el acuerdo en sí, sino el mensaje: incluso con tensiones, China no renuncia a negociar con EEUU porque su poder global se alimenta de dólares, y los dólares se obtienen vendiendo al mayor consumidor del planeta.
Tierras raras, Groenlandia y el reloj de cinco años
Ramírez sitúa el núcleo del pulso en los minerales críticos: mientras China mantenga un monopolio práctico de extracción y procesado de tierras raras, Washington tendrá margen de maniobra limitado. De ahí los movimientos para cerrar acuerdos mineros en Groenlandia y la promesa —que él califica de exagerada— de romper el dominio chino “en uno o dos años”. Su lectura es más cruda: el horizonte real sería un periodo de dos a cinco años para diversificar suministros, a base de inversión, presión diplomática y, llegado el caso, coerción sobre países renuentes.
Este hecho revela una simbiosis más que una guerra total. China no aspira, dice, a sustituir a EEUU: hacerlo implicaría asumir déficits comerciales recurrentes —la paradoja de Triffin— y sacrificar su superávit exportador. Por eso el vínculo se estira pero no se rompe. Y por eso Trump puede llamar “amigo” a Xi mientras la retórica pública suena a confrontación: el choque es selectivo; el negocio, constante.
Poseidón, Nord Stream y el corredor mediterráneo del gas
En Oriente Medio, el foco se desplaza al gas. Ramírez enlaza el sabotaje de Nord Stream con una estrategia energética que busca conectar a Europa a una “arteria mediterránea”: el gasoducto ISMED, también conocido como Proyecto Poseidón, diseñado para llevar gas desde campos israelíes —y potencialmente desde zonas capturadas en operaciones militares— hacia Europa pasando por Chipre y Grecia. El acuerdo, recuerda, se firmó en enero de 2020 en Atenas entre Grecia, Chipre e Israel, pero quedó congelado por el desplome de precios durante la pandemia.
Ahora, con precios más altos y con un Golfo parcialmente tensionado, resurgen las alternativas. El contraste con la UE resulta demoledor: Europa, que rompió con Rusia, se queda sin plan autónomo y se convierte en mercado cautivo del proveedor que garantice volumen. Y aquí aparece el detalle industrial: la operativa estaría liderada por Chevron, señal de que Washington también cobra en la trastienda aunque el gas lleve etiqueta regional.
Gaza como botín energético de más de medio billón
Ramírez va más allá del discurso oficial y afirma que la toma de Gaza no sólo tendría un componente territorial o político, sino energético: extraer el gas de una de las mayores bolsas del planeta, la Cuenca del Levante, frente a Siria, Palestina y Líbano. Cuantifica el incentivo: el valor del yacimiento superaría medio billón de dólares (más de 500.000 millones), por encima de los beneficios combinados de gigantes como BP, Shell, Chevron, Exxon o TotalEnergies en el ciclo de precios disparado por la guerra de Ucrania.
En su relato, la “reconstrucción” se usaría como pantalla: una “Junta de Paz” vinculada al entorno de Trump y a Jared Kushner actuaría como fachada humanitaria y regulatoria para facilitar el desembarco corporativo, con teocracias suníes del Golfo dentro del esquema. “La reconstrucción sería una pantalla para justificar esa extracción, ese robo corporativo del gas y del petróleo”, sostiene. El diagnóstico es inequívoco: sin guerra, no hay coartada; sin coartada, no hay negocio.
La trampa digital europea: soberanía de cartón y veto a las VPN
La tercera pata del análisis aterriza en Bruselas. Ramírez describe una Europa cada vez más cercana a “1984”: vigilancia, neolengua y doblepensar. Se habla de soberanía tecnológica mientras “toda la infraestructura” la aportan empresas estadounidenses. Y lo más sensible: acuerdos de acceso a datos, con Palantir como caso emblemático. Cita un ejemplo reciente: el Ministerio de Salud británico habría dado acceso “ilimitado” a Palantir, y en España existirían contratos del Ministerio de Defensa con el sistema Gotham.
La pieza regulatoria clave sería el aplazamiento de la norma sobre identificación biométrica, con una prórroga de 16 meses para que las compañías se adapten. En paralelo, denuncia una aceleración para restringir las VPN, herramientas legales usadas para cifrar tráfico y ocultar IP. Convertir la privacidad en “conducta sospechosa” no es un matiz técnico: es el mecanismo que permite tratar a cualquier ciudadano como patrón potencial de riesgo. Y, con identidades digitales universales, advierte, “tendrían la llave” para registrar cada acción y modelar conductas mediante ingeniería social.