Macron acusa a Trump de “logia más violenta” y avisa de un mundo sin reglas

Macron EPA-EFE/LUDOVIC MARIN/POOL

El presidente francés alerta de la deriva de Estados Unidos y del aumento de la presión rusa sobre Europa en plena guerra de Ucrania

En un contexto internacional marcado por la escalada geopolítica y la erosión de las normas multilaterales, Emmanuel Macron ha aprovechado la conferencia anual de embajadores para lanzar uno de sus mensajes más duros sobre la política exterior de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump. El jefe del Elíseo vinculó la crisis en Ucrania, la presión creciente de Moscú sobre el continente y los giros unilaterales de Washington —incluida la tentativa de compra de Groenlandia— con una “deriva global hacia la desregulación y la violencia”. El diagnóstico, dirigido tanto a su cuerpo diplomático como a sus socios europeos, reabre el debate sobre hasta qué punto Europa puede seguir dependiendo de un aliado que, en palabras del propio Macron, parece inclinarse por una lógica “mucho más violenta” y menos respetuosa con la legalidad internacional. El fondo de la cuestión es claro: qué papel puede jugar la Unión Europea en un orden mundial que se reorganiza a gran velocidad.

Macron eleva el tono frente a Washington

La conferencia anual de embajadores es el principal foro interno de definición de la política exterior francesa. Macron utilizó esta tribuna para formular un mensaje inusual en su claridad respecto a Estados Unidos. Sin mencionar a Trump en cada frase, dejó claro que la relación transatlántica atraviesa un momento de desconfianza estratégica.

Según el presidente francés, la actuación reciente de Washington refleja una ruptura parcial con la “cultura de alianzas” que había caracterizado la política exterior estadounidense desde la posguerra. La presión sobre socios, las decisiones sin consulta previa y la prioridad del interés nacional entendido en clave transaccional ilustran, a su juicio, un cambio de paradigma.

El tono no fue el de una ruptura, sino el de una advertencia: Francia —y por extensión Europa— necesita “lucidez estratégica” para gestionar una alianza que sigue siendo esencial en defensa y seguridad, pero que ya no puede darse por garantizada en términos de previsibilidad y respeto a las reglas.

Ucrania como prueba de estrés para Europa

La guerra de Ucrania fue el eje central del análisis de Macron. El presidente francés describió el conflicto como una “prueba de estrés” para la cohesión europea, tanto en el plano militar como en el político y económico. Según su relato, Europa vive bajo una presión creciente de Moscú, no solo en el plano militar, sino también a través de instrumentos híbridos como la energía, la desinformación o la presión migratoria.

En este contexto, Macron subrayó que cada semana prolonga la tensión sobre unas sociedades europeas que afrontan costes económicos significativos: inflación energética, necesidad de aumentar el gasto en defensa hacia el entorno del 2% del PIB en varios Estados miembros y presiones presupuestarias crecientes.

La cuestión de fondo, planteada de forma explícita, es si las capitales europeas podrán mantener la unidad ante un conflicto prolongado y un Kremlin que explora sistemáticamente las grietas internas de la UE. El mensaje es analítico: la cohesión, hasta ahora notable, no está garantizada por defecto.

La presión de Moscú y las grietas internas de la UE

Macron describió una Europa sometida a una “tensión enorme”, en la que la presión rusa aumenta de forma casi diaria. Esa presión se traduce en ataques a infraestructuras, amenazas veladas, maniobras militares y una narrativa que presenta a la UE como un actor débil y dividido.

Al mismo tiempo, el presidente francés reconoció que la unidad europea convive con divergencias reales: diferencias en la percepción del riesgo, en la relación histórica con Rusia, en el nivel de dependencia energética y en la voluntad de asumir costes económicos a medio plazo. Países del Este presionan por una línea dura sin matices, mientras otros socios, más expuestos a las consecuencias económicas, piden calibrar cada paso.

Este hecho revela un dilema clásico de la integración europea: cómo conciliar 27 intereses nacionales con la necesidad de proyectar una sola voz estratégica. Macron planteó la respuesta en términos de “autonomía estratégica”, pero advirtió de que esa autonomía solo es creíble si viene acompañada de capacidad militar, coherencia diplomática y resiliencia económica.

Un dardo a Trump: legalidad internacional y alianzas

El pasaje más comentado del discurso fue su referencia explícita a la forma en que la administración Trump se relaciona con sus socios. Macron lamentó que Estados Unidos recurra cada vez más a la presión directa sobre aliados, incluida la Unión Europea, en lugar de utilizar los cauces multilaterales y los mecanismos de consulta habituales.

La mención a la legalidad internacional no fue casual. Según el presidente francés, la tentación de “manipular a socios clave” y de actuar al margen de los marcos jurídicos acordados genera un problema doble: erosiona la confianza entre aliados y ofrece argumentos a actores que cuestionan el orden liberal internacional.

En este punto, Macron no formuló un juicio moral, sino un diagnóstico de riesgo: un socio que se percibe como imprevisible y dispuesto a saltarse las reglas cuando conviene obliga a los demás a replantearse su estrategia de seguridad y su grado de dependencia. La consecuencia es una Europa más alerta y, potencialmente, más inclinada a diversificar sus alianzas.

Groenlandia como símbolo de la diplomacia unilateral

Macron utilizó el episodio de Groenlandia como ejemplo de esos giros unilaterales que, en su opinión, dañan la confianza entre aliados. Hace poco más de un año, la intención estadounidense de adquirir Groenlandia fue recibida con sorpresa y rechazo tanto en Dinamarca como en buena parte de la comunidad internacional.

Para el presidente francés, aquel episodio no fue una anécdota, sino un síntoma de una lógica negociadora más agresiva, que trata territorios estratégicos como activos transaccionables sin considerar plenamente la autonomía política de los implicados. El mensaje implícito es que, si este enfoque se normaliza, otros escenarios sensibles —del Ártico al Indo-Pacífico— podrían verse afectados por movimientos similares.

La reflexión que Macron sugiere es clara: cuando un aliado clave actúa primero y consulta después, el margen para una política exterior europea coordinada se reduce, y aumentan los incentivos para que cada país busque su propia vía de relación con Washington, Moscú o Pekín.

Una deriva hacia la desregulación y la lógica de fuerza

Más allá de los casos concretos, Macron describió un sistema internacional que “escapa de las normas” que durante décadas han regulado las relaciones entre Estados. En su análisis, la combinación de tensiones geopolíticas, rearme militar y políticas exteriores cada vez más transaccionales está debilitando los marcos multilaterales construidos desde 1945.

Esta deriva se traduce en una escalada de tensiones donde la correlación de fuerzas pesa más que el respeto a reglas comunes. Las sanciones económicas se multiplican, los acuerdos se revisan unilateralmente y los vetos cruzados en los organismos internacionales bloquean la resolución de conflictos.

El diagnóstico es inequívoco: si esta tendencia se consolida, la seguridad jurídica internacional se reduce, las inversiones se vuelven más inciertas y los incentivos para resolver disputas por vías diplomáticas se debilitan. Macron enmarca su crítica a la administración Trump en este contexto más amplio de erosión del orden basado en normas, en el que no solo Estados Unidos, sino también otras potencias, participan en la dinámica.

El papel de Francia y la apuesta por la autonomía estratégica europea

El discurso del presidente francés también puede leerse como una hoja de ruta para la diplomacia francesa. Al advertir sobre la deriva estadounidense y la presión rusa, Macron justifica la apuesta de París por una Europa más autónoma en defensa, energía y tecnología.

Esa autonomía no significa ruptura con Estados Unidos, sino reducción de dependencias críticas. En defensa, implicaría desarrollar capacidades propias que permitan a la UE actuar sin apoyo estadounidense en su entorno inmediato. En energía, acelerar la diversificación de suministros y el despliegue de renovables. En tecnología, disminuir la dependencia de plataformas y proveedores externos en sectores clave.

Para Francia, que representa cerca del 15% del PIB de la UE y mantiene arsenal nuclear propio, el liderazgo en esta transición es una prioridad estratégica. Sin embargo, la viabilidad del proyecto dependerá de la capacidad de sumar a otros Estados miembros, en particular Alemania, y de convertir el diagnóstico compartido en decisiones presupuestarias y políticas concretas.

Lo que se juega Europa en el nuevo equilibrio global

El análisis de Macron converge en una idea central: Europa se encuentra en el epicentro de un reajuste del orden mundial que combina guerra en su vecindad, tensiones con Rusia, competición entre Estados Unidos y China y cuestionamiento de las reglas multilaterales.

En este entorno, la UE debe decidir si quiere seguir siendo, sobre todo, un mercado regulado dependiente de garantías externas de seguridad, o si aspira a consolidarse como un actor geopolítico con capacidad de iniciativa propia. La crítica al comportamiento de la administración Trump no es tanto un reproche puntual como una advertencia estructural: las asimetrías de poder con Washington solo son manejables si Europa aumenta su cohesión y su capacidad de acción.

El discurso de la conferencia de embajadores deja, por tanto, un mensaje de fondo: la relación con Estados Unidos sigue siendo central, pero ya no puede darse por sentada en los términos del pasado. Entre la presión de Moscú, la imprevisibilidad de Washington y la emergencia de nuevos polos de poder, Europa se ve obligada a redefinir su papel en un mundo donde las reglas pesan cada vez menos y la fuerza, cada vez más.