Marruecos reabre la crisis con España usando la frontera

Pedro Sánchez

La entrada de miles de migrantes en Ceuta, los disturbios en Melilla y la muerte de al menos 18 personas ponen a prueba la alianza construida por Sánchez tras su giro sobre el Sáhara.

Miles de personas han intentado acceder a Ceuta y Melilla desde Marruecos en apenas unas horas. La presión ha obligado a cerrar pasos fronterizos, movilizar al Ejército y solicitar apoyo europeo, mientras los servicios de acogida afrontan una saturación inmediata. Al menos 18 migrantes han muerto durante las travesías marítimas.

El episodio devuelve las relaciones hispano-marroquíes a su punto más delicado desde 2021. El interrogante ya no es únicamente migratorio. Madrid trata de determinar si se encuentra ante un fallo excepcional del dispositivo marroquí o frente a una advertencia política calculada por Rabat.

Una frontera desbordada

La crisis comenzó en Ceuta con entradas masivas por mar, principalmente alrededor de los espigones de El Tarajal y Benzú. Horas después, la presión se trasladó a Melilla, donde cientos de personas trataron de cruzar por Beni Enzar y el Dique Sur. El presidente melillense, Juan José Imbroda, situó las entradas irregulares en entre 300 y 400 personas.

Las autoridades españolas desplegaron unidades militares para apoyar a la Guardia Civil y la Policía Nacional. Bruselas, además, ofreció reforzar la presencia de Frontex. La dimensión del operativo revela que el Gobierno ya no considera el episodio una incidencia fronteriza ordinaria, sino una emergencia con implicaciones diplomáticas y europeas.

El precedente de 2021

La comparación con mayo de 2021 resulta inevitable. Entonces, alrededor de 10.000 personas entraron en Ceuta después de que Marruecos relajara sus controles, en plena disputa por la hospitalización en España de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario.

Aquel episodio dejó una lección incómoda: la cooperación migratoria depende en gran medida de la voluntad política de Rabat. Cuando esa colaboración desaparece, la presión puede alcanzar niveles críticos en cuestión de horas. El contraste resulta demoledor. España dispone de vallas, agentes y sistemas de vigilancia, pero no puede controlar por sí sola una frontera cuya contención comienza varios kilómetros antes, en territorio marroquí.

El Sáhara vuelve al centro

Pedro Sánchez intentó cerrar aquella crisis en marzo de 2022, cuando respaldó el plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental como la propuesta «más seria, realista y creíble». El giro rompió décadas de equilibrio diplomático español y abrió una etapa de cooperación reforzada con Mohamed VI.

Sin embargo, la estabilidad tenía un precio geopolítico. España se acercaba a Marruecos mientras deterioraba sus relaciones con Argelia, principal aliado del Frente Polisario y suministrador energético estratégico. Ahora, la reciente aproximación de Madrid a Argel y los avances para facilitar la nacionalidad española a determinados saharauis habrían provocado inquietud en Rabat. El Sáhara nunca abandonó la relación bilateral; simplemente dejó de ocupar los titulares.

La sospecha sobre Rabat

No existe, por ahora, una prueba pública concluyente de que Marruecos haya organizado las salidas. Sí hay un dato difícil de ignorar: una movilización de estas dimensiones requiere que los controles preventivos marroquíes resulten insuficientes o desaparezcan temporalmente.

Madrid evita acusaciones directas porque necesita a Rabat para detener nuevas llegadas, aceptar devoluciones y combatir las redes de tráfico. Esa dependencia limita la capacidad de respuesta española. Lo más grave es que Marruecos conoce perfectamente ese margen de maniobra y puede convertir la colaboración fronteriza en una herramienta de negociación sin emitir una amenaza formal.

Ceuta y Melilla, el punto débil

Las dos ciudades representan la única frontera terrestre entre la Unión Europea y África. Son, por tanto, territorios especialmente expuestos a cualquier deterioro bilateral. Marruecos mantiene además su reivindicación histórica sobre ambas, aunque España defiende que su soberanía no está sujeta a negociación.

La crisis ha reabierto también el debate sobre su protección internacional. Ceuta y Melilla no aparecen expresamente dentro del ámbito geográfico definido por el artículo 6 del Tratado del Atlántico Norte, a diferencia de Canarias. Aunque España podría invocar mecanismos de consulta y solidaridad aliados, la ambigüedad alimenta la percepción de vulnerabilidad estratégica.

Una alianza construida sobre dependencias

España y Marruecos mantienen vínculos comerciales, policiales, energéticos y de seguridad demasiado importantes para una ruptura abierta. Rabat necesita inversión europea; Madrid necesita cooperación migratoria y antiterrorista. Pero la relación continúa marcada por una profunda asimetría: Marruecos puede elevar rápidamente el coste político para España mediante la frontera.

El Gobierno tratará de recomponer la coordinación sin reconocer públicamente una crisis diplomática. La consecuencia es clara: la normalización iniciada en 2022 no resolvió los conflictos estructurales, sino que los aplazó a cambio de estabilidad migratoria. Los acontecimientos de Ceuta y Melilla demuestran hasta qué punto ese equilibrio sigue siendo frágil.