La mayor central nuclear de Europa vuelve a rozar el apagón total

El OIEA advierte de que la mayor central atómica de Europa depende de una infraestructura eléctrica mínima, expuesta a ataques y fallos recurrentes.

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central nuclear Zaporiyia

La central nuclear ucraniana de Zaporiyia volvió a quedarse sin suministro eléctrico exterior durante cerca de dos horas, lo que obligó a activar los generadores diésel de emergencia para mantener la refrigeración de los reactores y otras funciones esenciales. Es la 23.ª pérdida total de conexión registrada desde el comienzo de la guerra.

El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, ha advertido de que el episodio confirma una situación de seguridad nuclear «extremadamente frágil». La instalación permanece detenida, pero sigue necesitando electricidad de forma permanente. El riesgo no reside en la producción de energía, sino en que falle la última barrera técnica que impide un accidente de gran alcance.

Una desconexión crítica

El incidente se produjo después de que quedara fuera de servicio la línea Ferosplavna-1, la última conexión externa disponible para alimentar la planta. Durante casi dos horas, los sistemas de seguridad dependieron exclusivamente de los generadores diésel.

Estos equipos están diseñados como último recurso, no como una fuente habitual. Su funcionamiento permite refrigerar los seis reactores apagados y las piscinas donde se almacena combustible gastado. Sin electricidad estable, el calor residual puede acumularse y deteriorar progresivamente las condiciones de seguridad.

La repetición de estos cortes convierte una medida excepcional en una rutina peligrosa.

La red se estrecha

Antes de la invasión rusa de febrero de 2022, Zaporiyia disponía de una arquitectura eléctrica diseñada para funcionar con varias líneas de respaldo. La guerra ha reducido esa capacidad hasta dejar la central sostenida, en determinados periodos, por una única conexión exterior.

El contraste resulta demoledor: una infraestructura concebida para operar con amplias redundancias depende ahora de equipos provisionales y de reparaciones condicionadas por treguas locales. El nuevo incidente eleva el contador hasta 23 apagones completos desde el inicio del conflicto.

El diésel como última barrera

Los generadores de emergencia arrancaron automáticamente y suministraron energía a los sistemas de refrigeración, instrumentación y control. La respuesta evitó consecuencias inmediatas, pero no elimina el riesgo estructural.

La autonomía depende de la disponibilidad de combustible, del mantenimiento de los motores y de que ninguna unidad sufra una avería simultánea. Además, transportar gasóleo y piezas de repuesto hasta una instalación situada en una zona militarizada añade una vulnerabilidad logística.

Cada hora sin conexión exterior consume parte del margen de seguridad disponible. Lo más grave no es un corte aislado, sino la acumulación de incidentes que somete los equipos y al personal a una presión constante.

Una central atrapada en el frente

La planta, la mayor instalación nuclear de Europa, está bajo control ruso desde marzo de 2022. Aunque sus reactores no producen electricidad, el recinto se encuentra junto a una línea de frente activa y cerca de Enerhodar, donde reside buena parte de la plantilla.

El OIEA ha informado durante el conflicto de explosiones, drones y actividad militar en las inmediaciones. También ha alertado de problemas en el suministro de agua, interrupciones de las comunicaciones y dificultades para realizar tareas de mantenimiento.

Este hecho revela que la amenaza no procede únicamente de un impacto directo. También puede materializarse mediante el deterioro gradual de las comunicaciones, el agua, la electricidad y la capacidad operativa.

El coste humano

La tensión aumentó tras la muerte de Alexander Yakovlev, ingeniero jefe designado por la administración rusa, y de su conductor. Según las autoridades instaladas por Rusia, ambos fallecieron cuando un dron alcanzó el vehículo de servicio en el que viajaban en el entorno de la central.

Grossi condenó el ataque, aunque no atribuyó públicamente la responsabilidad a ninguna de las partes. El episodio introduce una nueva dimensión en la crisis: el personal técnico se ha convertido también en víctima directa de la guerra.

La pérdida de profesionales especializados agrava un problema menos visible. Una central nuclear necesita equipos experimentados, estabilidad organizativa y protocolos claros. La seguridad depende tanto de las máquinas como de quienes las operan.

El riesgo que nadie controla

Ni Rusia ni Ucrania obtendrían ventaja de un accidente nuclear, pero la prolongación del conflicto multiplica las probabilidades de error, impacto o fallo encadenado. El diagnóstico del OIEA es inequívoco: la presencia de inspectores permite vigilar la planta, pero no sustituye una red eléctrica robusta ni elimina la actividad militar.

La reparación de las líneas exige treguas temporales negociadas entre ambos bandos. Ya se han utilizado acuerdos locales para permitir el acceso de técnicos, una cooperación mínima que demuestra que la seguridad nuclear todavía puede quedar parcialmente al margen del combate.

Sin embargo, 23 apagones completos indican que el sistema continúa acercándose al límite. Zaporiyia no ha sufrido un accidente radiológico, pero cada nueva desconexión reduce la distancia entre la contención y una emergencia imposible de gestionar únicamente con generadores.

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