Medvedev augura para Kiev el final de Hitler y Mussolini
La última aparición pública de Dmitri Medvédev ha vuelto a traspasar una línea que hasta hace pocos años se consideraba impensable en un dirigente ruso con proyección internacional. El ex presidente y actual vicepresidente del Consejo de Seguridad ha advertido de que la cúpula política ucraniana podría acabar como Hitler o Mussolini, colgada “en el Maidán” por su propio pueblo si no consigue huir a tiempo a algún país occidental. Sus palabras encajan en una deriva discursiva que combina amenazas de uso de armas nucleares, deslegitimación total del Estado ucraniano y referencias recurrentes al nazismo para justificar la guerra. El personaje que hace apenas una década era presentado como el rostro moderno y pragmático del Kremlin se ha convertido en el principal altavoz de una narrativa abiertamente apocalíptica, tanto hacia Kiev como hacia Occidente. En un conflicto que suma ya más de dos años de combates intensivos y ha desencadenado más de 10.000 sanciones individuales y sectoriales contra Rusia, este tipo de mensajes no son un mero exabrupto. Apuntan a la estrategia de presión psicológica de Moscú, buscan desmoralizar a la sociedad ucraniana y enviar señales de intimidación a las capitales occidentales.
Un aviso con nombres propios: Hitler, Mussolini y el Maidán
Medvédev ha ido un paso más allá de la retórica habitual al invocar explícitamente “el destino de Benito Mussolini y Adolf Hitler” como ejemplo de lo que podría ocurrir con las autoridades de Kiev al término de la guerra. En sus propias palabras, “la continuación de las acciones militares es, francamente, la continuación de sus propias vidas” y, si no logran escapar a tiempo, “su propio pueblo los colgará en el Maidán”.
La referencia no es casual. El Maidán de Kiev, epicentro de las protestas de 2013-2014 que acabaron derribando al gobierno prorruso de Víktor Yanukóvich, es el símbolo que Moscú utiliza para presentar cualquier cambio político en Ucrania como resultado de un golpe apoyado por Occidente. Convertir ese lugar en escenario imaginario de un linchamiento público funciona como metáfora de “justicia histórica” a ojos de la narrativa rusa.
Lo más significativo no es solo el tono, sino la lógica subyacente: si la guerra continúa, la culpa sería de las autoridades ucranianas por no rendirse, y el castigo final llegaría de su propia población. Es el mismo esquema argumental con el que el Kremlin lleva años describiendo al poder en Kiev como “régimen nazi” y “títere de la OTAN”, un encuadre que ignora sistemáticamente el hecho de que Zelenski fue elegido en 2019 con más del 70% de los votos en unas elecciones reconocidas internacionalmente.
De presidente “modernizador” a halcón nuclear del Kremlin
Para entender el alcance de estas palabras hay que recordar quién es Medvédev. Entre 2008 y 2012 presidió Rusia con una agenda formalmente centrada en la modernización económica, la innovación y un cierto deshielo con Occidente. Durante su mandato se firmó el tratado New START de reducción de armas nucleares con Estados Unidos, y su imagen era la de un tecnócrata pragmático, más liberal que Vladimir Putin.
Esa versión ha desaparecido. Desde el inicio de la guerra de Ucrania, Medvédev se ha consolidado como el principal “perro de ataque” del Kremlin, emitiendo mensajes casi diarios en Telegram con amenazas de convertir Kiev en una “mancha gris derretida”, advertencias sobre una posible Tercera Guerra Mundial y referencias a la destrucción nuclear de capitales occidentales si la OTAN cruza determinadas líneas rojas.
Este giro no es solo personal. Responde a la necesidad del régimen de contar con una figura de alto rango que verbalice lo que Putin insinúa, manteniendo al mismo tiempo un margen de ambigüedad estratégica. El resultado es un reparto de papeles en el que el presidente aparece como líder firme pero “razonable”, mientras Medvédev ocupa el espacio del halcón desatado, dispuesto a llevar la retórica al extremo.
Lo más llamativo es que, a diferencia de otros jerarcas rusos, Medvédev tiene un pasado de interlocución privilegiada con las élites occidentales. Que sea precisamente él quien ahora recurra a comparaciones con Hitler y Mussolini subraya hasta qué punto se han roto los puentes políticos y personales construidos durante la década de los 2000.
La instrumentalización del nazismo y el relato de “desnazificación”
El recurso constante al nazismo es uno de los pilares del relato oficial ruso desde febrero de 2022. El Kremlin presentó la invasión como una “operación especial” destinada a la “desnazificación” de Ucrania, un concepto que Medvédev ha retomado en múltiples mensajes para justificar prácticamente cualquier escalada.
En este marco, vincular el futuro de las autoridades ucranianas con el de Hitler y Mussolini cumple varias funciones. Internamente, refuerza la idea de que Rusia estaría reproduciendo la “gran guerra patria” contra el fascismo, un mito fundacional del Estado ruso contemporáneo. Externamente, intenta deslegitimar cualquier apoyo occidental a Kiev presentándolo como complicidad con una supuesta reedición del nazismo en Europa del Este.
Sin embargo, el contraste con los datos es evidente. En las elecciones de 2019, los partidos de extrema derecha no alcanzaron ni el 3% de los escaños en la Rada ucraniana, muy por debajo de los niveles de representación de fuerzas radicales en varios países de la Unión Europea. Al mismo tiempo, el propio presidente Zelenski es de origen judío y ha perdido familiares en el Holocausto, un hecho que sitúa la acusación de nazismo en un terreno abiertamente propagandístico.
Lo más grave es que esta narrativa no solo reescribe la realidad política ucraniana, sino que banaliza el legado histórico del nazismo al convertirlo en etiqueta comodín para justificar una guerra de agresión. El riesgo es que, a fuerza de repetirse, el mensaje cale en segmentos de opinión pública poco informados, tanto dentro como fuera de Rusia.
Mensajes hacia Occidente: miedo nuclear y fatiga de guerra
Las declaraciones de Medvédev rara vez se dirigen únicamente a la audiencia rusa. Cada referencia a Hitler, Mussolini o a un futuro “Maidán sangriento” viene acompañada de advertencias veladas o explícitas a las capitales occidentales. En los últimos tres años, el ex presidente ha amenazado en varias ocasiones con usar armas nucleares tácticas si la OTAN permite a Kiev atacar en profundidad territorio ruso o si se envían tropas occidentales al frente.
Este tipo de mensajes busca explotar dos vulnerabilidades: la fatiga de guerra de las sociedades europeas y el miedo a una escalada fuera de control. Medvédev insiste en que cualquier derrota estratégica de Rusia podría desencadenar un conflicto nuclear, apelando a una especie de “mutua destrucción asegurada” invertida: no se trata de disuadir a Moscú de atacar, sino de disuadir a Occidente de seguir ayudando a Ucrania.
La consecuencia es clara: la discusión sobre nuevos paquetes de ayuda, especialmente los que incluyen misiles de largo alcance o sistemas avanzados de defensa aérea, queda contaminada por la amenaza permanente de represalias imprevisibles. Algunos gobiernos, sobre todo en Europa central y oriental, consideran que ceder a esta presión equivaldría a aceptar un veto nuclear ruso sobre las decisiones de la OTAN. Otros actores, más reacios al riesgo, temen que el margen para el cálculo racional se reduzca a medida que aumenta la intensidad de la retórica.
Impacto interno en Ucrania: propaganda, miedo y cohesión
¿Qué efecto pueden tener estas amenazas sobre la sociedad ucraniana? A primera vista, el intento de presentar la guerra como una elección personal de los dirigentes de Kiev parece destinado a alimentar la desconfianza interna y abrir grietas entre el poder político y la población. Al sugerir que “la continuación de la guerra es la continuación de sus vidas”, Medvédev intenta trasladar la responsabilidad del sufrimiento a la cúpula ucraniana, no al agresor.
Sin embargo, el diagnóstico sobre el terreno es distinto. Las encuestas publicadas durante 2024 y 2025 muestran que más del 70% de los ucranianos rechaza cualquier solución que implique ceder territorio a Rusia, incluso en un escenario de alto el fuego inmediato. Las amenazas de colgar a sus propios líderes en el Maidán tienden más bien a reforzar la percepción de que el objetivo de Moscú no es negociar, sino imponer un cambio de régimen.
Este hecho revela una paradoja: la retórica de Medvédev, pensada para quebrar la moral del adversario, puede estar contribuyendo a consolidar la sensación de lucha existencial en Ucrania. A la vez, ofrece al gobierno de Zelenski munición discursiva para sostener que no hay garantías creíbles de seguridad mientras figuras de primer nivel en Moscú sigan fantaseando en público con la ejecución de dirigentes ucranianos.