Medvedev eleva el pulso y amenaza con usar armas nucleares en Ucrania
La nueva advertencia nuclear de Dmitri Medvedev vuelve a situar a Europa en el borde del abismo estratégico. El vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia ha amenazado abiertamente con que Moscú podría “usar armas nucleares, incluidas las no estratégicas, contra objetivos en Ucrania y en países suministradores” si se confirmara, según sus servicios secretos, la entrega de tecnología nuclear occidental a Kiev. El mensaje, difundido en su canal de Telegram, marca un salto cualitativo en una retórica que parecía ya haber tocado techo. Lo más inquietante: la amenaza no se limita al campo de batalla ucraniano, sino que cita expresamente a Reino Unido y Francia, dos potencias nucleares de la OTAN. El resultado es un escenario donde la línea roja del conflicto —el tabú nuclear vigente desde 1945— vuelve a aparecer como variable negociable en el discurso del Kremlin.
Una amenaza directa que rompe el guion
Medvedev no es un agitador marginal. Es número dos del Consejo de Seguridad ruso, ex presidente y ex primer ministro, y habla siempre en un registro que el Kremlin nunca corrige del todo. Sus palabras, por tanto, se leen en las capitales occidentales como un ensayo general de la doctrina real de Moscú, aunque vayan envueltas en hipérbole propagandística.
En su último mensaje, el dirigente ruso sostiene que la información del Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) sobre la supuesta intención de Francia y Reino Unido de transferir tecnología nuclear a Ucrania “cambia radicalmente la situación”. Califica al Gobierno de Kiev de “régimen nazi” y presenta el escenario como una “transferencia directa de armas nucleares a un país en guerra”, al margen de cualquier tratado.
La declaración contiene varios elementos que inquietan a diplomáticos y analistas. Primero, introduce la idea de legitimar un uso “preventivo” de armas nucleares no estratégicas más allá de los supuestos oficiales de doctrina rusa, que contemplan esta opción si se percibe una amenaza existencial para el Estado. Segundo, extiende la amenaza a los países suministradores —Londres y París—, lo que abre la puerta, al menos en el plano retórico, a impactos fuera del teatro ucraniano.
El giro: acusaciones contra Londres y París
El eje del discurso de Medvedev es la supuesta intención de Reino Unido y Francia de ceder tecnología o incluso armamento nuclear a Ucrania. La fuente única de esa acusación es el SVR, el servicio de inteligencia exterior ruso, que ya ha difundido en el pasado documentos para sostener que París planeaba enviar un contingente terrestre a Ucrania o que ciertos países de la OTAN estaban considerando despliegues directos en el frente.
En este caso, Medvedev vincula esa presunta transferencia con una ruptura del equilibrio nuclear global: si Kiev accediera a capacidades nucleares, incluso limitadas, Moscú se consideraría autorizado a usar “cualquier tipo de arma nuclear” contra objetivos ucranianos que perciba como amenaza.
El relato es coherente con la estrategia comunicativa del Kremlin desde 2022: presentar cada paso de apoyo occidental como una escalada que justificaría una respuesta simétrica o superior. Primero fueron los misiles de largo alcance, luego los carros de combate y los aviones; ahora, el salto retórico se dirige a la esfera nuclear. La consecuencia es clara: convertir cada decisión militar occidental en un dilema existencial y, de paso, sembrar dudas en las opiniones públicas europeas.
Qué significaría romper el tabú nuclear
Desde 1945, ninguna potencia ha vuelto a usar armas nucleares en combate. Ni siquiera en los momentos más críticos de la Guerra Fría —la crisis de los misiles de Cuba en 1962 o los ejercicios Able Archer de 1983— se cruzó ese umbral. El tabú no es solo jurídico o militar: es político y moral. Romperlo en el contexto de la guerra de Ucrania tendría consecuencias incalculables.
La doctrina rusa distingue entre armas estratégicas —misiles balísticos intercontinentales, submarinos, bombarderos— y armas nucleares no estratégicas o tácticas, con menor potencia y alcance. Son estas últimas las que Medvedev menciona como herramienta potencial contra objetivos “que supongan una amenaza directa para Rusia en territorio ucraniano”. Un único dispositivo táctico, incluso de baja potencia, podría devastar una ciudad media o un importante nodo logístico.
La respuesta occidental ante un uso nuclear táctico no está escrita negro sobre blanco, pero los responsables de la OTAN han insistido en que habría una respuesta “devastadora” convencional. El riesgo de escalada es evidente: aunque nadie quiera una guerra nuclear total, el paso de la disuasión a la acción rompería décadas de certezas y abriría una cadena de decisiones bajo presión, con margen creciente para el error.
El marco legal: del NPT a la erosión del control de armas
Medvedev insiste en que su advertencia “no tiene que ver con destruir el Tratado de No Proliferación (TNP)”, pero el solo hecho de citarlo revela hasta qué punto la arquitectura de control de armas está bajo presión. El Tratado de No Proliferación Nuclear, abierto a la firma en 1968 y en vigor desde 1970, cuenta hoy con 191 Estados parte y es el pilar básico del régimen internacional contra la proliferación.
El TNP establece que solo cinco Estados —Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China— son “potencias nucleares reconocidas” y les obliga a no transferir armas nucleares ni ayudar a otros a conseguirlas. Acusar a Londres y París de entregar tecnología nuclear a un Estado en guerra supone, en la narrativa rusa, deslegitimar de raíz esa arquitectura.
La crisis llega, además, en un momento de desmantelamiento progresivo de los acuerdos de control entre Washington y Moscú. El tratado INF, que prohibía los misiles de alcance intermedio, cayó en 2019. Y el último gran instrumento vigente, New START, que limita las cabezas estratégicas desplegadas, expira en febrero de 2026 en medio de acusaciones mutuas y suspensión de inspecciones.
En paralelo, proliferan las sospechas sobre ensayos encubiertos y la modernización acelerada de arsenales, no solo en Rusia y Estados Unidos, sino también en China, que ha sido señalada recientemente por Washington por un posible test subterráneo en Lop Nur, extremo que Pekín niega.
La capacidad real del arsenal ruso
Más allá de la retórica, la amenaza se sustenta en una capacidad material. Los últimos análisis independientes sitúan el arsenal ruso en torno a 5.400–5.500 ojivas nucleares, de las que aproximadamente 1.700 estarían desplegadas en sistemas estratégicos y el resto en reserva o para uso táctico.
Rusia y Estados Unidos concentran en torno al 90% de las armas nucleares del planeta, lo que mantiene a ambos como los únicos actores capaces de desencadenar una destrucción mutua asegurada a escala global.
En el caso ruso, el elemento diferencial es un amplio arsenal de armas tácticas, diseñadas para su uso en el campo de batalla o contra infraestructuras críticas en teatros regionales. Esa categoría incluye desde misiles de corto alcance hasta torpedos, bombas aéreas o proyectiles de artillería dotados de pequeñas cargas nucleares.
El Kremlin nunca publica cifras detalladas, pero los analistas coinciden en que Moscú mantiene centenares de cabezas nucleares no estratégicas almacenadas y listas para ser adaptadas a distintos vectores. La doctrina oficial sostiene que su uso sería posible si la propia existencia del Estado ruso se viera amenazada. Medvedev, sin embargo, ha ido desplazando en sus declaraciones esa línea hacia supuestos mucho más amplios: pérdida de territorios ocupados, ataques a Crimea, o, ahora, hipotéticos movimientos de Londres y París.
Señales para la OTAN y para Kiev
El mensaje no va dirigido únicamente a la opinión pública rusa. Es, sobre todo, un aviso a las capitales de la OTAN y a Kiev. Al hablar de “países suministradores convertidos en cómplices de un conflicto nuclear”, Medvedev busca elevar el coste percibido de seguir armando a Ucrania y explotar las divisiones internas en Europa.
En algunas capitales europeas, la fatiga de guerra y el temor a una escalada han crecido a medida que el conflicto se alarga y los frentes se estancan. Cada vez que Moscú introduce la variable nuclear en el debate, obliga a los gobiernos a explicar a sus ciudadanos por qué seguir enviando armamento pesado no supone, en su opinión, cruzar una línea roja irreversible.
Para Kiev, la amenaza es doble. Por un lado, refuerza la percepción de que Rusia está dispuesta a casi todo para impedir que Ucrania recupere sus territorios ocupados. Por otro, sirve de argumento para insistir en la necesidad de garantías de seguridad más sólidas, que algunos en la capital ucraniana no dudan en equiparar a un futuro ingreso pleno en la OTAN.
Europa ante el nuevo chantaje estratégico
Para la Unión Europea, el mensaje de Medvedev llega en un momento de máxima vulnerabilidad geopolítica. La guerra en Ucrania se prolonga, Estados miembros clave afrontan ciclos electorales inciertos y el paraguas estadounidense mira ya hacia el Indo-Pacífico y la competición con China. En ese contexto, la amenaza nuclear rusa funciona también como un test de cohesión europea.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Asia consolida sus cadenas de suministro y América del Norte refuerza su autonomía energética, Europa sigue atrapada en un conflicto de alta intensidad en sus fronteras y expuesta a un chantaje nuclear que parecía enterrado en los años noventa. La pregunta de fondo es si la UE será capaz de articular una estrategia de disuasión creíble, capaz de sostener el apoyo a Kiev sin ceder al miedo ni caer en una escalada inadvertida.
El diagnóstico es inequívoco: cuanto más se erosiona el sistema de control de armas y más se banaliza la amenaza nuclear en el discurso político, más frágil se vuelve la seguridad europea. Las palabras de Medvedev no significan que el uso de armas nucleares sea inminente, pero sí que el Kremlin está dispuesto a jugar con ese límite para intentar modificar el cálculo de sus adversarios. La respuesta de Europa y de la OTAN determinará si esa estrategia tiene éxito o si, por el contrario, se refuerza el mensaje de que el tabú nuclear sigue siendo, pese a todo, inviolable.