Reino Unido y Francia, acusados por Rusia de querer armar a Ucrania con bombas nucleares
La inteligencia exterior rusa ha lanzado una acusación de enorme calado: según el Servicio de Inteligencia Exterior (SVR), Reino Unido y Francia estarían preparando el suministro de armas nucleares a Ucrania para garantizar una “victoria” sobre Rusia y fortalecer la posición negociadora de Kiev. El comunicado afirma que Londres ya trabaja en proporcionar componentes y equipos, mientras París se plantearía enviar ojivas TN75, procedentes del misil balístico submarino francés M51.1, y subraya que Alemania habría rechazado participar en esta operación. No hay por ahora confirmación independiente ni pruebas públicas que respalden estas afirmaciones, pero el mensaje encaja en una escalada retórica que vuelve a colocar el riesgo nuclear en el centro del conflicto europeo.
La nueva advertencia del espionaje ruso
El SVR sostiene que las “élites británicas y francesas no están dispuestas a aceptar la derrota” y que, por ello, estarían explorando un salto cualitativo en su apoyo a Ucrania: el uso del paraguas nuclear europeo directamente a favor de Kiev. En su versión de los hechos, Londres ya habría iniciado trabajos para suministrar componentes y equipos nucleares, mientras París valoraría transferir pequeñas ojivas TN75 que tradicionalmente han armado los misiles balísticos M45 y las primeras versiones del M51.1, el pilar de la disuasión estratégica francesa.
La acusación se formula en términos inequívocos. Moscú describe el supuesto plan como “una aventura peligrosa, contraria al derecho internacional y a los tratados de no proliferación”. El comunicado añade que Berlín habría declinado “con buen juicio” sumarse a la operación, poniendo distancia frente a sus socios atlánticos.
Lo relevante, sin embargo, no es solo la literalidad del mensaje, sino el contexto: Rusia es la potencia con más de 4.300 ojivas nucleares activas y unas 5.400 en total, según estimaciones recientes, mientras el Reino Unido mantiene alrededor de 225 cabezas y Francia unas 290, dentro de un arsenal global que supera las 12.000 armas nucleares en manos de nueve Estados. En ese tablero, cualquier insinuación de transferencia de ojivas a un país en guerra representa un salto de riesgo sistémico.
Un salto que vulneraría todos los tratados
Si se materializara algo remotamente parecido a lo que describe el SVR, estaríamos ante una ruptura frontal con el régimen internacional de no proliferación. El Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) prohíbe a las potencias nucleares transferir armas o control sobre ellas a Estados que no las poseen, y obliga a estos últimos a no adquirirlas bajo ninguna forma. Ucrania es, precisamente, uno de los casos emblemáticos de la renuncia voluntaria al arma atómica: tras la caída de la URSS, heredó el tercer arsenal nuclear del mundo y acordó entregarlo a Rusia a cambio de garantías de seguridad en el Memorándum de Budapest de 1994.
Ese pacto, hoy dramáticamente incumplido por Moscú tras la anexión de Crimea en 2014 y la invasión a gran escala en 2022, se basaba justo en lo contrario de lo que Rusia denuncia ahora: que Ucrania permanecería como Estado no nuclear, y las potencias —incluida la propia Rusia— respetarían su integridad territorial y se abstendrían de amenazas o uso de la fuerza.
La acusación de que Londres o París estarían dispuestos a entregar ojivas reales a Kiev implicaría no solo dinamitar el TNP, sino abrir la puerta a una cascada de proliferación en otros puntos del planeta. Es, por tanto, un salto que choca de lleno con la doctrina oficial tanto de Reino Unido como de Francia, donde las armas atómicas se conciben como instrumentos de disuasión suprema y no como piezas transferibles en un conflicto convencional.
El papel de Londres y París en el tablero nuclear europeo
Francia y Reino Unido son las dos únicas potencias nucleares de la Unión Europea (aunque Londres ya no forme parte del club comunitario) y mantienen desde hace décadas doctrinas de disuasión estrictamente nacionales. París ancla su fuerza de choque en submarinos armados con misiles M51, capaces de portar entre 6 y 10 cabezas múltiples TN75 o su sucesora TNO, mientras Londres concentra toda su capacidad en los submarinos de la clase Vanguard, armados con misiles Trident II.
Ambos países han reforzado en los últimos años su coordinación y han dejado claro que sus arsenales pueden actuar de forma complementaria como columna vertebral de la disuasión europea, sobre todo ante el deterioro del marco de control de armas tras el fin del tratado New START. Sin embargo, ni Londres ni París han sugerido en ningún momento que estén dispuestos a romper el tabú de la no nuclearización de Ucrania.
Las ayudas a Kiev se han centrado en armas convencionales de largo alcance, desde misiles de crucero Storm Shadow/SCALP hasta sistemas de defensa aérea. Para transformar esa cooperación en entrega de ojivas, sería necesario un giro político radical, tanto en las capitales implicadas como en la OTAN, que hasta ahora ha evitado incluso cualquier despliegue oficial de tropas de combate en territorio ucraniano.
Berlín se desmarca mientras crece el debate atómico
El comunicado ruso subraya que Alemania habría rechazado sumarse a la supuesta operación, una forma de introducir una cuña entre los aliados y presentar a Berlín como actor más prudente. Lo cierto es que el debate nuclear en Alemania lleva meses reactivado: sectores conservadores han sugerido incluso explorar fórmulas de nuclearización europea compartida, ante la incertidumbre sobre la garantía de seguridad estadounidense y el incremento de las amenazas rusas.
Sin embargo, tanto el TNP como el Tratado Dos más Cuatro de 1990 limitan estrictamente la posibilidad de que Berlín desarrolle su propio arsenal. De ahí que la discusión se articule en torno a dos ejes: reforzar la nuclear sharing de la OTAN —con bombas estadounidenses B61 desplegadas en suelo alemán— y explorar, a muy largo plazo, qué papel podrían jugar las fuerzas nucleares francesa y británica como paraguas europeo.
En ese contexto, la supuesta negativa alemana a participar en un plan de transferencia directa de ojivas a Ucrania encaja con la línea oficial de Berlín: apoyo militar intenso a Kiev, pero evitando pasos que pudieran percibirse como escalada nuclear directa frente a Rusia.
Desinformación, propaganda y presión sobre las capitales europeas
La acusación del SVR llega tras una larga serie de mensajes similares por parte de Moscú, en los que se han denunciado desde supuestos complots para organizar ataques de falsa bandera hasta planes ucranianos para detonar “bombas sucias”. En varios de esos episodios, organismos independientes y la Agencia Internacional de la Energía Atómica han desmentido las alegaciones rusas tras inspecciones sobre el terreno.
En informes recientes, plataformas europeas de seguimiento de desinformación han identificado un patrón recurrente: vincular a Reino Unido y, en menor medida, a otros aliados con operaciones encubiertas y escaladas buscadas deliberadamente para arrastrar a la OTAN a una confrontación directa.
Incluso sin pruebas que lo respalden, el mero hecho de introducir la idea de armas nucleares en Ucrania aumenta la presión psicológica y política sobre unas capitales europeas ya tensionadas por el coste económico de la guerra.
Un riesgo nuclear que los mercados ya descuentan
Aunque todavía no se ha producido una reacción brusca en los índices bursátiles, la experiencia de los últimos dos años muestra que cada pico de retórica nuclear se traduce en repuntes de volatilidad y en un movimiento defensivo de los inversores hacia activos refugio como el oro, la deuda de alta calificación o el dólar. No sería extraño que, si la narrativa rusa se intensifica o si Moscú acompaña estas acusaciones con nuevos ejercicios nucleares o despliegues en Bielorrusia, los mercados vuelvan a ajustar sus primas de riesgo.
En paralelo, los presupuestos de Defensa europeos siguen una senda ascendente. A raíz de la guerra, varios países miembros de la OTAN han anunciado planes para superar el umbral del 2% del PIB, y una parte creciente de ese gasto se dirige a capacidades de disuasión y defensa antimisiles. La consecuencia es clara: el conflicto ucraniano ha dejado de ser un episodio regional para convertirse en un factor estructural en la valoración de riesgos geopolíticos, con impacto sobre el coste de financiación soberana, las inversiones industriales y la planificación energética.
Si el relato de Moscú derivara en nuevos episodios de tensión —por ejemplo, advertencias explícitas sobre objetivos en territorio de la OTAN— la reacción en los mercados podría ser más abrupta que en los picos anteriores, en un entorno donde el marco de control de armas estratégicas ya ha quedado prácticamente desmantelado.
Europa entre la disuasión y la escalada
Las capitales europeas caminan sobre una línea extremadamente fina. Por un lado, necesitan demostrar que el uso del chantaje nuclear por parte de Rusia no obtiene recompensa alguna. Por otro, deben evitar decisiones que puedan interpretarse como el primer paso hacia una guerra nuclear limitada en el territorio ucraniano.
En el plano doctrinal, ni Londres ni París contemplan la cesión de control de sus armas a terceros Estados. El debate actual se mueve más bien en otra dirección: ¿hasta qué punto debe ampliarse el paraguas de disuasión para cubrir explícitamente a socios europeos no nucleares? Francia ha abierto tímidamente la puerta a discutir un papel más europeo de su arsenal, pero siempre bajo una premisa clara: el botón nuclear seguiría bajo mando francés.
El contraste con la narrativa rusa resulta demoledor. Mientras Moscú insinúa que sus adversarios estarían dispuestos a repartir ojivas, la realidad jurídica y doctrinal de la OTAN señala justo lo contrario: la proliferación nuclear sigue siendo una línea roja formal, incluso cuando el resto de las reglas del orden de seguridad europeo se han ido desdibujando.

