Merz admite que Alemania aún no puede defenderse
El canciller alemán vincula el rearme con la guerra en Irán, la factura energética y una posible revisión de impuestos y ayudas en pleno atasco industrial.
Alemania ya ha alcanzado el 2% del PIB en defensa que exigía la OTAN, ha reformado su marco fiscal y ha puesto en marcha un fondo extraordinario de 500.000 millones de euros para infraestructuras y transición climática. Y, aun así, Friedrich Merz ha decidido verbalizar el tabú que Berlín llevaba años aplazando: la primera economía europea sigue lejos de ser un país plenamente preparado para defenderse. La admisión no llega en un vacío político. Coincide con el shock energético provocado por la guerra en Irán, con nuevas dudas sobre inflación y con un debate abierto sobre alivios al transporte, cambios en el IVA y el coste de sostener simultáneamente seguridad, competitividad y Estado del bienestar.
Un diagnóstico sin maquillaje
Merz no está construyendo un relato improvisado. Desde su llegada a la Cancillería ha repetido que el objetivo de su Gobierno pasa por proteger la libertad, garantizar la seguridad y renovar la prosperidad de Alemania. En el Bundestag y en distintos foros internacionales ha insistido en que Europa sólo podrá afirmarse si se vuelve económicamente fuerte y capaz de defenderse, una fórmula que resume el nuevo consenso estratégico de Berlín: el poder militar ya no se puede separar del músculo industrial ni de la autonomía energética. Este hecho revela un cambio profundo en la cultura política alemana. Durante años, la República Federal confió en el paraguas atlántico, en la disciplina presupuestaria y en la interdependencia comercial como sustitutos parciales de una estrategia dura. Hoy ese modelo ha saltado por los aires. Cuando el canciller coloca la defensa en el centro del mandato, no está sólo hablando de tanques o munición; está reconociendo que la vulnerabilidad alemana es sistémica y que el país ha llegado tarde a casi todos los debates decisivos de la última década.
El coste de llegar tarde
Los números ayudan a entender la magnitud del giro. Según la OTAN, Alemania pasó de dedicar el 1,16% del PIB a defensa en 2014 al 2,00% en 2024, un salto notable sobre el papel, pero insuficiente para borrar años de inversión contenida, compras lentas y dependencia operativa de terceros. El contraste con otros socios resulta elocuente: Francia aparece en el entorno del 2,05% y Polonia escala hasta el 4,48% estimado para 2025, en una carrera de rearme mucho más acelerada. Berlín, en cambio, sigue atrapado en una lógica donde el dinero llega más deprisa que la capacidad de transformarlo en fuerza efectiva. El diagnóstico es inequívoco: un país no se vuelve defendible sólo porque apruebe partidas históricas; necesita industria, energía asequible, logística, personal y una administración que ejecute sin retrasos. A esa presión se suma el gigantesco programa inversor lanzado por el Ministerio de Finanzas: 500.000 millones en 12 años, con 300.000 millones reservados a la Federación y otros 100.000 millones para Länder y municipios. La dimensión del esfuerzo es histórica; la incógnita es si Alemania será capaz de convertirlo en resultados antes de que la amenaza vuelva a adelantarse.
La factura iraní
La otra mitad del problema llega desde fuera de Europa. Merz ha ligado el encarecimiento de la energía a una desescalada rápida en Irán porque sabe que Alemania sigue siendo una economía extraordinariamente sensible a cada perturbación del suministro. No es una exageración: en las últimas semanas, el crudo llegó a superar los 110 dólares por barril, mientras el gas europeo acumuló subidas de alrededor del 60% desde el inicio del conflicto, reabriendo el fantasma de un nuevo shock inflacionista. El BCE ya ha advertido de que el repunte energético introduce una incertidumbre “masiva” sobre la trayectoria de precios, incluso después de haber estabilizado la inflación cerca del objetivo del 2%. La consecuencia es clara: el Gobierno alemán puede estudiar ayudas puntuales, subvenciones al transporte o retoques fiscales, pero ninguna medida nacional resolverá por sí sola una crisis geopolítica que vuelve a castigar el corazón energético de Europa. Y ahí aparece la vieja debilidad alemana: una industria exportadora de alto valor que sigue expuesta a costes de energía que no controla y a rutas globales que otros pueden bloquear.
El margen fiscal se estrecha
El debate sobre la respuesta económica explica por qué Merz no ha cerrado la puerta ni a una subida del IVA ni a una eventual rebaja del impuesto sobre los alimentos, mientras su Ejecutivo sopesa también compensaciones como una mayor ayuda al transporte diario. La combinación parece contradictoria, pero en realidad retrata el dilema del canciller: contener el malestar social sin abrir un agujero presupuestario descontrolado. Bruselas prevé que el déficit alemán pase del 2,7% del PIB en 2024 al 3,1% en 2025 y al 4,0% en 2026, al tiempo que la deuda pública subiría al 65,2% el próximo año. Berlín ha asumido que la ortodoxia pura ya no sirve, pero tampoco puede permitirse un retorno a los grandes cheques generalizados de la crisis energética anterior. De hecho, el propio Gobierno ya había prometido más de 10.000 millones de euros en alivios para hogares y empresas desde comienzos de 2026. Lo que cambia ahora es el contexto: cada euro destinado a amortiguar la factura energética compite con la necesidad de rearmar, modernizar infraestructuras y sostener la cohesión social. El margen existe, sí, pero es mucho más estrecho de lo que sugiere la potencia financiera alemana.
Una economía que sigue sin arrancar
La admisión de Merz llega, además, en el peor momento posible para la estructura productiva alemana. La Comisión Europea prevé que la economía apenas avance un 0,2% en 2025 y rebote sólo un 1,2% en 2026, después de dos años de contracción y de un largo periodo de estancamiento que ha dejado al PIB real de 2024 prácticamente al nivel de 2019. Las exportaciones cayeron un 2,1% en 2024, y la inversión sigue penalizada por la incertidumbre, los aranceles y unas condiciones financieras todavía tensas. Incluso el mercado laboral ofrece señales mixtas: la tasa de paro rondaría el 3,6% este año, pero las vacantes han bajado hasta 1,06 millones, la mitad del pico de 2022. El contraste con otras etapas de la economía alemana resulta demoledor. Durante décadas, Berlín pudo aplazar decisiones estratégicas porque su máquina industrial compensaba casi todo. Hoy ya no. El rearme puede actuar como estímulo parcial, y el Bundesbank espera que el gasto en defensa e infraestructuras impulse con más claridad la actividad desde 2026. Pero eso no elimina la cuestión de fondo: Alemania quiere financiar simultáneamente seguridad, transición y competitividad con una base industrial que aún no ha recuperado el pulso.
El dilema del Estado del bienestar
Merz ha situado entre las prioridades de su Gobierno la defensa del bienestar en “tiempos difíciles”, pero el matiz importa. En sus intervenciones recientes ha dejado claro que la red social debe concentrarse en quienes realmente la necesitan, una formulación que anticipa reformas y filtros más duros. El mensaje político es nítido: Alemania no puede ampliar sin límite el gasto militar, absorber nuevos shocks energéticos y mantener intacto un modelo social construido para una etapa de crecimiento más robusto y energía más barata. La tensión no es sólo contable; es también ideológica. El canciller gobierna para 84 millones de ciudadanos y sabe que la legitimidad del giro estratégico dependerá de que la población perciba protección real en el día a día, no sólo promesas de seguridad en el frente exterior. Por eso el debate sobre el IVA, los alimentos o la movilidad no es accesorio. Es el termómetro social de una transformación mucho más amplia. Sin embargo, lo más delicado está por venir: si la factura del rearme se prolonga y la economía no acelera, la discusión sobre defensa derivará inevitablemente en una discusión sobre recortes, prioridades y límites del propio modelo alemán.
Europa mira a Berlín
La frase de Merz tiene un eco que desborda las fronteras alemanas porque Berlín no es un actor cualquiera. Es la mayor economía de la Unión Europea y, por tanto, el país del que depende buena parte de la credibilidad del nuevo proyecto europeo de seguridad. Cuando el canciller afirma que Europa sólo contará si es fuerte económicamente y capaz de defenderse, está fijando una doctrina que combina mercado interior, desburocratización, inversión y rearme. El contraste con otras capitales resulta revelador. Varsovia lleva años actuando como si la amenaza fuera inmediata; París nunca abandonó del todo su cultura estratégica; Berlín, en cambio, ha necesitado una acumulación de crisis —Ucrania, tensiones comerciales, Oriente Próximo y shock energético— para asumir el lenguaje de la potencia. La consecuencia es clara: si Alemania acelera, arrastra a Europa; si duda, la deja a medio camino entre la ambición y la impotencia. En ese sentido, la confesión del canciller no debilita a Berlín por sí misma. Lo que de verdad sería letal es que, después de admitir el problema, el país repitiera el patrón que tan bien conoce: grandes anuncios, calendarios largos y ejecución demasiado lenta.