Merz alerta: sin plan común para cerrar la guerra de Irán
Estados Unidos e Israel discrepan sobre la salida del conflicto mientras Europa teme un shock prolongado de energía y comercio.
La advertencia ha llegado desde Berlín, pero apunta directamente al corazón de la estrategia occidental en Oriente Medio. El canciller alemán, Friedrich Merz, ha expresado su preocupación porque no existe “un plan común” entre Estados Unidos e Israel para poner fin “de forma rápida y convincente” a la guerra en Irán, que entra ya en su segunda semana. Mientras Washington y Tel Aviv insisten en la necesidad de continuar las operaciones militares, en Europa crece el temor a una guerra sin horizonte claro y con un impacto económico que recuerda demasiado a los años 70: petróleo por encima de los 100 dólares, rutas estratégicas bajo amenaza y un riesgo creciente de estanflación.
Merz lo resumió con una frase que ha resonado en todas las capitales europeas: “Alemania no tiene ningún interés en una guerra interminable”. La preocupación no es solo moral o estratégica; es también contable. El bloqueo parcial del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del crudo mundial, ya está desordenando las cadenas de suministro y amenazando con una nueva ola de inflación energética en la eurozona.
Un frente militar sin hoja de ruta compartida
Las palabras de Merz llegan en el undécimo día de la guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, desencadenada tras los bombardeos que acabaron con la vida del ayatolá Ali Jamenei y devastaron infraestructuras clave en el país persa. Desde entonces, la ofensiva aérea conjunta ha golpeado refinerías, bases militares y centros de mando iraníes, mientras Teherán responde con misiles y drones contra Israel, bases estadounidenses y países del Golfo.
En paralelo, el discurso político en Washington se centra en que la operación estaría “muy adelantada al calendario” y sería “casi completa”, según ha repetido el presidente Donald Trump. Sin embargo, ni Estados Unidos ni Israel han presentado un esquema claro sobre cómo y cuándo terminar el conflicto, ni qué arquitectura de seguridad quedaría después en la región.
Ese es el vacío que señala Merz desde la Cancillería. El mensaje alemán apunta a que la ausencia de un “endgame” compartido abre la puerta a un escenario conocido: una campaña militar que se proclama corta, pero que termina enquistada durante años, con costes económicos y políticos que se disparan mucho más allá de Oriente Medio. Lo más grave, subrayan fuentes diplomáticas europeas, es que el diseño de la posguerra parece hoy un asunto secundario frente a una lógica puramente militar de “degradar capacidades” iraníes.
Europa ante el riesgo de una guerra interminable
La frase de Merz sobre la “guerra interminable” no es retórica. Viene precedida de varios avisos del propio canciller sobre el impacto económico de la escalada, al reconocer que “por supuesto la guerra dañará la economía” y que Europa no puede permitirse otro shock energético cuando aún no ha digerido las consecuencias de Ucrania.
En Alemania, el recuerdo del desplome industrial de 2022–2023 por la crisis del gas ruso sigue fresco. El diagnóstico en Berlín es inequívoco: un prolongado encarecimiento del crudo por encima de los 100–110 dólares el barril golpearía de lleno a la industria automovilística, química y metalúrgica, pilares del PIB alemán y del empleo en buena parte de Europa central.
El contraste con el discurso más triunfalista de Washington resulta demoledor. Mientras Trump habla de una operación “rápida” y “exitosa”, en las economías avanzadas se impone otra pregunta: ¿cuánto puede permitirse Europa pagar por esta guerra en términos de crecimiento, inflación y estabilidad social? La presión sobre Merz crece tanto desde las empresas energéticas y exportadoras como desde una opinión pública cansada de cadenas de noticias en guerra continua: Ucrania ayer, Irán hoy.
La consecuencia es clara: Alemania se ve empujada a un delicado equilibrio entre el apoyo político y militar a Estados Unidos e Israel y la defensa de sus propios intereses económicos, cada vez más vulnerables a cualquier sobresalto geopolítico.
El estrecho de Ormuz, nuevo epicentro del riesgo
Si hay un lugar donde se cruzan los intereses militares y económicos de esta guerra es el estrecho de Ormuz. Desde los primeros ataques, Irán ha amenazado con cerrar el paso a los petroleros, y ya ha limitado de facto el tráfico mientras el Golfo se llena de buques de guerra y drones.
Por ese corredor marítimo, estrecho y fácilmente bloqueable, pasa alrededor del 20% del petróleo que se consume en el mundo y una parte sustancial del gas natural licuado que abastece a Europa y Asia. Basta con que el flujo se reduzca un 30–40% durante unas semanas para que los precios internacionales se disparen, como ya apuntan las cotizaciones: el Brent llegó a rozar los 120 dólares antes de retroceder hacia la franja de los 95–100 dólares tras las primeras señales de intervención coordinada del G7.
En este contexto, la información de que Reino Unido, Italia y Alemania trabajan conjuntamente en medidas para apoyar la navegación comercial en Ormuz revela hasta qué punto Europa percibe el estrecho como un asunto de seguridad propia, no solo de solidaridad con Estados Unidos o Israel. La posibilidad de establecer convoyes escoltados, zonas de exclusión o corredores marítimos seguros ya está encima de la mesa, aunque con un riesgo evidente: que cualquier incidente convierta a buques europeos en objetivos directos de Teherán.
El shock energético: de la gasolina al riesgo de estanflación
El impacto inmediato de la guerra ya se siente en los surtidores y en los índices bursátiles. Los precios del petróleo han escalado desde niveles por debajo de los 70 dólares antes del asesinato de Jamenei hasta picos cercanos a los 120 dólares, estabilizándose después en torno a los 90–100. Este salto se está trasladando con rapidez a la gasolina, el diésel y los costes logísticos, reavivando el fantasma de una estanflación al estilo de los años 70: bajo crecimiento y alta inflación.
En la eurozona, donde la energía importada representa más de la mitad del consumo, un encarecimiento sostenido del crudo podría sumar entre 0,7 y 1 punto porcentual adicional a la inflación anual, según estimaciones de diversos servicios de estudios. Al mismo tiempo, la subida del coste de la energía restaría competitividad a las exportaciones industriales y reduciría el margen de maniobra de los bancos centrales, atrapados entre controlar los precios y no estrangular la actividad.
Este hecho revela una vulnerabilidad estructural que la guerra vuelve a poner en primer plano: Europa ha sustituido la dependencia del gas ruso por una dependencia igual o mayor de rutas marítimas altamente inestables. Si Ormuz se mantiene bajo amenaza y el conflicto se prolonga, el ajuste no será solo en precios, sino también en producción y empleo.
Merz, entre Washington y una opinión pública fatigada
La posición de Merz es especialmente compleja. Como canciller, ha respaldado la línea general de la Casa Blanca —incluida la legitimidad de los primeros ataques contra Irán—, pero al mismo tiempo se ha convertido en una de las voces europeas más insistentes en reclamar una “estrategia de salida creíble”.
La fatiga de la opinión pública alemana hacia nuevas aventuras militares fuera de Europa es palpable. Tras años de debate sobre el aumento del gasto en defensa y el envío de armamento a Ucrania, la idea de verse arrastrados a otro conflicto de alto coste y de objetivos difusos genera rechazo transversal. Los partidos de la oposición ya acusan al Gobierno de acompañar a Estados Unidos “sin exigir claridad” sobre los fines últimos de la guerra.
En este contexto, la advertencia de Merz sobre la ausencia de un plan común con Israel y Estados Unidos no es solo un comentario técnico: es también un mensaje hacia dentro, para marcar límites. Una cosa es apoyar la defensa de aliados; otra, asumir sin preguntas un conflicto abierto cuya duración, intensidad y consecuencias sobre la economía europea parecen hoy imprevisibles.